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lunes, 20 de octubre de 2014

...Había que destruir a Excalibur!!!




Primer Tranco

Todos los cooperantes españoles que resulten afectados por una enfermedad o lesión en el extranjero tienen derecho a ser repatriados urgentemente y cuentan con todas las garantías de ser atendidos y cuidados en España. Y cuando digo cooperantes, digo también misioneros y religiosos, cuya labor de ayuda en los países que padecen miseria es extraordinariamente relevante.

Esto no lo digo yo: lo dicen las Leyes españolas. Mi opinión al respecto –más bien, los matices de la misma- puede ser más o menos polémica; pero, en definitiva, asumo que, como españoles residentes en el extranjero, gozan de ese derecho y deben ser, como marca la Ley, repatriados.

En el caso del virus del ébola, la Ley no hace distingos: por muy agresivo que sea el virus y por mucho que en España, ni en el resto del mundo, no se disponga de un tratamiento que garantice la cura de esta infección mortal, los afectados por el mismo, siempre que sean españoles y que manifiesten su voluntad de ser repatriados para intentar curarse, serán traídos por el Gobierno de España con todas las medidas de seguridad posibles para el resto de la población.

Los misioneros Pajares y Viejo, ambos infectados, ambos religiosos, ambos repatriados y ambos fallecidos tenían, pues, todos los derechos a regresar a su país. Si los infectados hubieran pertenecido a las oenegés Médicos sin Fronteras, ACNUR o cualquier otra, habrían sido igualmente repatriados y tratados hasta su cura o su muerte. El riesgo para la población habría sido el mismo. Aunque me juego el cuello a que las protestas de la vergonzante izquierda (la melancólica y la extrema) no habrían tenido lugar. El hecho de que hayan sido dos religiosos ha azuzado los viejos fantasmas anticlericales de los que aún se nutre nuestra penosa izquierda española, tan obsoletos como ridículos hoy día.

La habitación del último misionero fallecido no quería recogerla ni limpiarla nadie; nadie del personal sanitario del Hospital Carlos III. Una voluntaria, Teresa Romero, de hermoso nombre español, dio un paso al frente; le pusieron un traje de astronauta en carnavales que tenía las mangas cortas; le explicaron en un cursillo acelerado -a la española: como se suelen hacer aquí las cosas- qué era lo que no debía hacer. Y veinte minutos después, convertida en una experta en gestión de crisis infecto-contagiosas, entró a recoger y limpiar la habitación en donde el misionero había muerto tras grandes padecimientos.

Teresa se tocó la cara con los guantes al quitarse el traje de astronauta. Se ve que alguna sustancia húmeda le tocó las mucosas. Y se infectó. Luego, se fue a su casa y comenzó sus vacaciones. Se empezó a sentir febril y decidió, conjuntamente con su marido, un médico, dormir aparte de éste. Por si acaso.

Como no mejoraba, fue a su médico de cabecera. No se atrevió a decir “hola, soy la auxiliar de enfermería que ha estado en contacto con el padre Viejo, recientemente muerto a causa del ébola en el Carlos III. Soy la que ha limpiado la habitación del misionero tras su muerte”. Y, claro, la médico le recetó Paracetamol y la mandó a casa. 

Teresa regresó a su hogar; pero también fue a depilarse, como si tal cosa! Y luego empezó a sentirse mucho peor. Una ambulancia la llevó de nuevo al hospital y, por fin, la ingresaron. Le hicieron los análisis y… Bingo! Tenía el ébola! Poco después, su marido, Javier Limón, médico, decide ingresarse cautelarmente.

Lo que vino después: medios de comunicación rabiosos; tuiteros alarmistas; calumniadores calumniando; políticos reprochando a políticos; y el Consejero de Sanidad (menudo pájaro!) metiendo la pata hasta las trancas y poniendo de manifiesto qué significa no haber entendido nada acerca de qué sea la Política.

La Ministra Ana Mato, tocada por la trama Gürtel –de la que aún no se ha repuesto-, balbucía datos y posibilidades; e, incapaz de establecer un Comité científico de urgencia con un experto que dirigiera toda la operación, tuvo que ser sustituida (qué vergüenza!), in media res, por la mismísima Vicepresidente del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, cuya resolución y capacidad –qué hace esta mujer en el PP?- le permitieron dar los pasos adecuados (más vale tarde que nunca!) para intentar meter la situación en cintura y que no muriera toda la población española en un mes (aunque aún no sabemos aún qué va a ocurrir en las próximas semanas).

En mitad de este argumento de película alarmista norteamericana, la Comunidad de Madrid, cuyo consejero, Javier Rodríguez (otro nombre netamente español, aunque menos hermoso), ya había manifestado toda suerte de sandeces e inconveniencias, decide entrar en la casa de Teresa Romero, en donde estaba tranquilamente Excalibur, el perro del matrimonio, al que su dueño, antes de ingresarse voluntariamente para que lo aislaran hasta que se vea si está o no infectado, le había dejado unos cubos con agua, la bañera también llena de agua y comida en abundancia. Pobre animal! La Comunidad de Madrid, como decía, decide entrar en el piso de Teresa y Javier para sacrificar al perro, sin saber si está o no infectado; sin detenerse a reflexionar si sería mejor analizarlo antes. Javier se entera y graba un vídeo con el móvil, desde su aislamiento, pidiendo que no sacrifiquen a su perro; lo publica y… arde Troya! Pérez-Reverte incendia las redes con su genial tuit: “Propongo poner el perro en observación y sacrificar a la ministra. No hay color.”

Corre la voz en Twitter y se levanta, en cuestión de minutos, una campaña espontánea que quiere evitar a toda costa el sacrificio de Excalibur: dueños de perros y gatos; animalistas (qué será eso?); buenistas y perroflautas de todo jaez se concentran a las puertas del domicilio de Teresa Romero y Javier Limón para hacer frente a los asesinos de perros enviados por la Consejería de Salud de Madrid y escoltados por los cuerpos de Seguridad. Un follón de mil demonios que se salda con unos cuantos detenidos y con Excalibur camino del ara sacrificial.

Esa misma tarde, nos enteramos por Twitter (por qué otro medio, si no?) de que han sacrificado e incinerado al pobre Excalibur. Pobrecillo! Y se monta la de Dios es Cristo en las redes! #SalvemosaExcalibur se convierte en trending topic mundial!!! Todo el planeta Tierra está pendiente del sacrificio de un perrillo de Alcorcón!!! La indignación de Occidente es total: la inoperancia española a la hora de atajar una crisis sanitaria que puede acarrear gravísimas consecuencias acaba haciendo mártir a un pobre animal doméstico al que ni siquiera se le ha hecho un simple análisis de sangre!!! Spain is different. Por desgracia. Todavía.



Segundo Tranco

Excalibur era la espada del rey Arturo, como ustedes sabrán. Una espada que, según la leyenda artúrica, estaba incrustada en un yunque, y éste en una roca de mármol. Era imposible sacarla de donde estaba. Sólo aquél que estuviera marcado por el Destino para llevar a los habitantes a unirse en una gran nación, podría arrancarla de allí.

El resto de la leyenda ya lo conocen: Arturo, que acude como escudero de su hermano Kay, olvida la espada de éste en su casa y busca una espada que la sustituya, pues Kay se ha presentado a luchar por el derecho a intentar arrancar la que está incrustada en el yunque. Inocentemente, Arturo encuentra cerca de donde se están celebrando las justas una espada clavada en una masa del bosque. La arranca sin esfuerzo y se la lleva a su hermano. De inmediato, todos reconocen que esa espada es Excalibur y obligan a Arturo a volverla a clavar y a volverla a arrancar de allí, cosa que vuelve a hacer ante los atónitos ojos de todos.

Lo proclaman rey, aunque algunos señores feudales se niegan a reconocerlo como tal. Arturo, entonces, comienza una serie de guerras locales y acaba con la resistencia de los nobles levantiscos, consiguiendo así unificar el Reino y establecer leyes y normas que darán origen a muchos años de paz y prosperidad.

Hasta aquí, la leyenda. Por descontado, los historiadores están divididos: unos creen que es sólo una leyenda; otros, hablan de un tal Artorius, un general romano establecido en Britania que comandaba un ejército sármata; algunos dicen que era un tal Gowind no-sé-cuántos, un rey del siglo II d.C., conocido por su arrojo y su inteligencia en el combate como Arth-gur (el hombre-oso); este Arth-gur existió realmente y realizó gestas memorables. En cualquier caso, lo que me interesa no es la documentación historiográfica (siendo apasionante, que lo es!), sino el significado de Arturo y de su Excalibur.

El rey Arturo representa el primer intento serio del pueblo que actualmente conocemos como inglés (británico, más exactamente) para unificar un gran territorio que caminaba lleno de conflictos, dotarlo de Leyes y articularlo como una Nación; una Nación en la que tuvieron cabida los britanos, los anglos, los sajones, los jutos, y en menor medida los celtas y los latinos; y todo esto mucho antes de que los invadieran los normandos, ya en el siglo XI.

Arturo es la voluntad conciliadora; la inteligencia unificadora que desprecia lo inútil de las guerras intestinas que a nada llevan más que a la parálisis económica y social. Arturo arranca la espada Excalibur como quien arranca el inmovilismo y la pereza social de todo un pueblo para blandirla como espuela que aguijonee la propia estima como Nación. Arturo sobrepasa los rencores locales, las luchas feudales caprichosas e insufla en sus súbditos el espíritu de la Ley, que a todos iguala. La Mesa Redonda no es más –ni menos- que el símbolo de la voluntad del líder de vivir entre iguales a costa de otorgar derechos a sus contemporáneos. Un escándalo!

Excalibur es la herramienta que simboliza la Auctoritas; la espada mágica que contiene la energía vital capaz de dotar de contenido a un pueblo, de unificar y articular las diversas culturas del momento en aras de un espíritu común. Cuando Arturo perdió su espada, el Reino cayó en la Oscuridad. Es decir: una vez perdida la Auctoritas, comienza a hacerse uso de la Potestas, que, en mi opinión, es sinónimo de Caos.

Tercer Tranco

La situación que vive España, mi nación, se sostiene porque desde hace tiempo, mal que bien, pertenecemos y estamos ligados con hilos invisibles a un concepto superior que es Europa. De no ser así; de haber permanecido con moneda propia –la peseta!- y sin los derechos y obligaciones que se derivan de compartir destinos políticos con esa idea compleja y de difícil realización que es la Comunidad Europea, la situación que vive España en estos momentos habría ya estallado en forma de una nueva guerra civil u otro conflicto de graves consecuencias para todos.

Porque lo que ocurre en España, mi país, es de una gravedad y una complejidad que a cualquier observador internacional le hace llevarse las manos a la cabeza: un Estado que contiene 17 mini-Estados con toda su parafernalia y todo su gasto; éstos, a su vez, llevan 30 años manejando el dinero público a oscuras y sin posibilidad de vigilancia ni control alguno. Muchas de estas 17 repúblicas monárquicas (porque ésta es la situación, por muy absurda que parezca) han construido y mantienen una Administración paralela a través de la cual financian el partido político que gobierna dicha región y, merced a la ausencia absoluta de control del gasto público (la Administración paralela no tiene funcionarios, sino contratados arbitrariamente elegidos!), se llevan enriqueciendo políticos, altos cargos, directivos, sindicalistas, alcaldes, diputados, etc. desde hace nada menos que tres décadas! …El pueblo, mientras, ve fútbol.

La Justicia, durante estas tres décadas (la Treintena Negra, como yo la llamo), ha vuelto la cara hacia otro sitio por la sencilla razón de que hay jueces del Tercer y Cuarto turnos (nadie me pregunte qué narices significa eso!) que han accedido a la Judicatura no por oposición, sino por designación. Por designación… de los partidos políticos!!! Se deben, pues, a éstos! Al igual que las Cajas de Ahorro, que fueron pobladas y gestionadas por políticos de carné; en todas las Comunidades Autónomas. En todas! Y han arruinado, con su interesada gestión, a los españoles. Nos han llevado a la quiebra como país.

Los casos de corrupción son innumerables, infinitos; las cifras de lo que nos han robado a los españoles son astronómicas! Los medios de comunicación, subvencionados (cuando no directamente comprados!) por grupos mediáticos nacidos en el seno de los grandes partidos, pasan de puntillas ante cadáveres calcinados y hediondos sin mencionarlos.

Mientras tanto, la superioridad de la raza catalana es expresada en innumerables demostraciones de capacidad organizativa; la amenaza de secesión comienza a ser un hecho: el Gobierno de Cataluña, financiado por el Estado español, crea una novísima Historia de España, difunde un eslogan exitoso (Espanya ens roba) y concentra todas sus fuerzas institucionales y mediáticas (pagadas con el dinero de mis impuestos) en proclamarse víctima y sentirse superior, simultáneamente: la misma estrategia que puso en práctica Adolf Hitler; sólo que éste sí se basaba en el penoso trato que habían recibido los alemanes tras el ominoso Tratado de Versalles, mientras que los nacionalistas catalanes fundamentan toda su animadversión en una Realidad Paralela que jamás existió.

Con una falsa Democracia, que no permite una verdadera representatividad del ciudadano; con una Ley Electoral que castiga al español medio y favorece al votante nacionalista; con una Constitución que, única en el mundo, establece marcadas diferencias entre españoles (el Fuero Navarro; la singularidad catalana; el Concierto vasco); con una Ley de Partidos que blinda a éstos contra cualquier intento de instauración de una verdadera Democracia; con un Tribunal Constitucional que ha atentado contra la unidad de España en numerosas ocasiones; con una Justicia que sistemáticamente protege a los ladrones de cuello duro; con unos bancos que, pese a haber sido rescatados una y otra vez con el dinero de todos, siguen sin dar crédito a los emprendedores; con una izquierda enferma que presenta como lo más cool del momento a unos discapacitados políticos que babean ante la figura hinchada de Hugo Chávez; con una derecha en cuclillas en un rincón, preguntándose entre balanceos insanos quién soy, quién soy; con unos nazis disfrazados de guays cuyo fuero interno grita yo soy catalán y por lo tanto soy superior a ti; con unas instituciones vascas, pagadas por todos los españoles, que sienta en los escaños de su Parlamento a etarras mal reciclados; y, enfín, con un Gobierno estupefacto que se pregunta cada día para qué sirve la mayoría absoluta, aparece el virus del ébola en Madrid y al lumbreras de turno no se le ocurre otra cosa que sacrificar a un pobre perro. Sin analizarlo. Sin mediar palabra. Sin piedad. Sin explicaciones.


Tranco Final

Quién arrancará la espada Excalibur del yunque opresivo que conforma la estructura partidista y partitocrática española? Qué Arturo luminoso y certero podrá blandir a Excalibur para traer a los españoles una nueva Ley Electoral? Qué nuevo Artorius podrá abrir un proceso constituyente del que resulte una joven Constitución que separe definitivamente los poderes y arranque de sus entrañas los privilegios supuestamente históricos como se arrancó el derecho de pernada?

España necesita un nuevo Arturo que acabe con los nobles levantiscos, con los nacionalismos, con las miserias regionales, con la corrupción que emana inevitablemente de la ausencia absoluta de separación de Poderes; un líder político que comprenda que la instauración del control entre los diferentes Poderes garantiza la limpieza en las Instituciones. España necesita entender que la desconfianza es el concepto sobre el que se sustenta la verdadera Democracia, que aún no conocemos! Los españoles tienen que volver a encontrarse con su Nación; y no porque ésta haya sido la más extensa y poderosa del Orbe en su momento, sino porque tienen derecho a sentirse españoles, como los franceses se sienten franceses y los norteamericanos, norteamericanos.

Pero, de momento, no sólo no aparece en el horizonte figura alguna comparable a la de Arturo, sino que nuestros miserables políticos, nuestros políticos pequeños han entrado como una horda de bárbaros en el bosque, y como su incompetencia manifiesta no les ha permitido arrancar la espada Excalibur, la han rociado con gasolina y la han calcinado.

La supervivencia de todos éstos se basa en que no haya una Excalibur que blandir, ni un Arturo que la arranque de la piedra! Que hayan sacrificado a ese pobre perro sin dar tiempo a análisis alguno no sólo constituye un acto de despotismo sin precedentes (un perro es un miembro de la familia), sino que establece una curiosa sincronicidad: había que destruir a Excalibur como fuera!


Eduardo Maestre


Jerez de la Frontera.
12 de Octubre de 2014. 
Día de la Hispanidad.

jueves, 22 de mayo de 2014

Otro insulto a los andaluces.



Ya he denunciado en ocasiones la insistencia en insultar a los andaluces en la televisión. Y, una vez más, me siento ante el teclado para denunciar un nuevo insulto a este desgraciado pueblo sin defensores que es el pueblo andaluz.

En una nueva serie de Antena 3, cuyo título es Sin identidad, se expone una especie de nueva versión, modernizada y algo descafeinada, de El Conde de Montecristo. En esta ocasión, es una mujer la que busca venganza; su apellido, para que no quede duda del paralelismo con la obra de Dumas padre, es Dantés.

Mercedes Dantés, encarnada en la bellísima Megan Montaner, se percata, ya con 26 añitos, de que es hija adoptada; y busca a su madre con gran afán. Pese a los obstáculos que encuentra en su búsqueda (un convento en el que las monjas llevan décadas vendiendo recién nacidos a gente con pasta; intereses políticos; jueces y abogados comprados, etc.), Mercedes Dantés encuentra a su madre, Fernanda, encarnada por una Victoria Abril metida en formol.

Hasta aquí, no hay nada que decir. El problema, como siempre, es que esta tal Fernanda ha sido puta toda la vida; recientemente, regenta un bar de pueblo junto a su hija asmática. La hija tiene un novio: un macarra excarcelario; un chorizo violento. Todos son andaluces. Todos, de un supuesto pueblo de Jaén.

Al margen de que el acento de los supuestos jiennenses es mucho más de Sevilla capital (del extrarradio de Sevilla, me atrevería a decir) que de Jaén (cualquier andaluz distingue a la primera palabra si el que habla es de Andalucía Oriental u Occidental!), lo triste de todo este asunto es que, una vez más, los andaluces sólo aparecemos en las series de Antena 3 (y de Telecinco; y de Cuatro; y de la Sexta...) si hace falta sacar a una puta, a un chorizo, a un macarra, a un traficante o a un gilipollas.

No hay manera de ver a un andaluz, en una serie, haciendo un papel serio o en un rol protagonista! Siempre le confían el clásico personaje cortito de entendederas; o banal, o frívolo, o torpe. Y esto, en el mejor de los casos: la mayoría de las veces, como ya he dicho, los andaluces aparecen en estas series (y en casi todo el cine español) dando vida al repugnante mundo del hampa. Como si aquí en Andalucía no hubiera hombres y mujeres trabajadores y gente normal!

Nos han relegado a aparecer como chorizos, sinvergüenzas, vagos y putas. Y, efectivamente, en Andalucía hay chorizos, sinvergüenzas, vagos y putas!!! Como en toda España!!! O es que no hay ladrones en Cataluña? O es que no hay putas en Bilbao? O es que no hay sinvergüenzas en Valladolid?

Por qué no se atreven a ponerles a estos personajes, para variar, un claro acento catalán? A que no recuerdan ustedes a un vasco haciendo de traficante en ninguna serie? O a una catalana haciendo de puta? Claro que no! Bien que se cuidan, en estas empresas de producciones televisivas, de no mosquear a los vascos ni a los catalanes! Siempre nos tienen a nosotros, los andaluces, para ponernos el pie en el cuello subliminalmente!

Hasta en los dibujos animados, los personajes más abyectos tienen acento claramente andaluz; vean, si no, el infame personaje Cletus, de la maravillosa serie Los Simpsons! Cletus y Brandine, su compañera, son dos paletos norteamericanos que viven amancebados y llenos de hijos analfabetos en el extrarradio de Springfield; representan lo más alejado de la civilización; son incestuosos, abominables y repulsivos. Y qué acento han elegido, para su doblaje? Catalán? Vasco? Gallego? Vallisoletano? Aragonés? Noooo! Tienen acento andaluz!!! Claaaaro!! Cómo no? Lo más abyecto de la sociedad norteamericana sólo puede ser entendido en toda su plenitud, al verterlo al español, si está acompañado de un claro acento de Andalucía.

Y nadie protesta!!! No hay ni un político andaluz que ponga el grito en el cielo! Ni una asociación en defensa de la dignidad de los andaluces! Nadie. Un silencio cósmico y resignado, que indica aceptación e indolencia, es toda la respuesta. Incluso habrá andaluces a los que este sistemático insulto les hace gracia!

Así que, de nuevo, una choni asmática y resentida; su novio, un chorizo carcelario y violento; y la madre de la choni, una puta acabada y greñuda con más pinta de homeless yanqui que de deshauciada española, concentran dentro de sí mismos todo el lumpen español; y todo ello, adobado con un fortísimo acento andaluz occidental (pese a situar la acción en Jaén), para que no se nos olvide a los andaluces que somos la hez de la tierra, la escoria de España; para que no se les olvide al resto de los españoles que lo más abyecto de nuestro país sigue residiendo en Andalucía, esa tierra casi africana en la que no hay defensores de la dignidad, ni voces que se alcen contra este insulto constante; ni políticos que velen por nuestro amor propio como ciudadanos; ni instituciones que guarden la imagen de un pueblo que un día fue el centro del mundo.

Nada: sólo resignación y silencio. Y muchas putas, chorizos y descerebrados llenando las series y el cine español de un hediondo e irrespirable acento andaluz.

martes, 20 de mayo de 2014

Mi Rey, mis negocios.



Vaya por delante que no soy monárquico; que creo que una República es algo más sano y moderno, más inmediato al ciudadano que una Monarquía. Pero soy persona de orden (que se decía antes) y acepto la situación del Estado español sin aspavientos ni banderas, y con la esperanza de que en algún momento encontremos un punto de inflexión incruento en el que virar hacia un modelo más acorde con nuestro tiempo. Dicho lo cual...

Me parece fantástico que el Rey Don Juan Carlos viaje a los países árabes acompañando a los empresarios españoles con el fin de romper el hielo musulmán y hacer de pontífice (que tiende puentes) entre éstos y aquéllos. Es magnífico que estos musulmanes, hipermillonarios hasta la náusea, sólo quieran recibir en sus geométricas y doradas estancias a personas de sangre real. Ello hace que nuestro Rey sirva a su país como mediador, relaciones públicas y embajador. Para algo práctico debía servir la Monarquía! No sólo como tótem para nostálgicos de épocas pretéritas!

Estupendo, pues. Pero...

Cuando mi Rey acompaña a empresarios españoles a estos países medievales lo hace para que estos hombres de negocios sean recibidos, atendidos y escuchados sin peligro de que cualquier jeque de éstos les manden cortar la mano izquierda por un descuido comiendo cordero. Don Juan Carlos actúa de escudo protector, de guía espiritual y de abogado de almas, pues hace décadas que entabló amistad con estos tiranos del medioevo; o con los padres de éstos; y le conceden su confianza por la sencilla razón de que es un Rey. Un Rey europeo, para más inri. Un Rey de los de antes!

Pero cuando mi Rey lleva de la manita a estos mercaderes a hacer negocios "para España", mi Rey lleva en el bolsillo de su carísima chaqueta la Soberanía de los españoles: mi porción de Soberanía nacional. Don Juan Carlos soporta en su ajada columna vertebral la Soberanía de todos los españoles, y, cuando mete la mano en el couscous saudí mientras gasta una broma real, además de estar contribuyendo a que los dineros saudíes se los embolsen los constructores españoles, está comiendo couscous soberanamente; es decir: todos los españoles nos concentramos en esa porción de couscous que el monarca se embucha en su real garganta.

Por lo tanto, somos todos los españoles, representados en la egregia figura de nuestro Rey, los que abrimos el camino a estos empresarios para forrarse con el AVE a la Meca, con la construcción de la-Mezquita-más-grande-que-vieronlos-Siglos o con la ampliación del Metro de Abu Dabi.

Y eso me parece bien. Me alegra que los españoles hagamos negocios boyantes en todo el planeta. Y, seamos pragmáticos: aunque haya que taparse las narices; porque para estrechar la mano de aquéllos que aún obligan a las mujeres a ir tapadas de arriba abajo; para firmar acuerdos económicos con quienes no han levantado un dedo contra la lapidación a las mujeres adúlteras; para llegar a acuerdos con quienes no dudan de la bondad de ahorcar a las mujeres musulmanas que se han casado con un cristiano, hay que tener estómago, eh?

Seamos prácticos; seamos racionales; apoyemos a nuestros empresarios: muy bien. Pero si van con un sherpa real que les abre el camino para que puedan coronar estos ochomiles complejísimos, deben aceptar que es el Pueblo Soberano Español el que, a través de la figura del Rey Juan Carlos, les está abriendo las puertas de las alcobas de estos jeques antidemocráticos y absolutistas.

Por lo tanto, y siguiendo con la lógica empresarial, estos hombres de negocios, estas empresas ciclópeas, estas constructoras megalíticas deben dar algo a cambio a los españoles. Es decir: nosotros les prestamos al Rey, que es lo mismo que prestarles nuestra Soberanía, para que den un uso de Él (de Ella); un uso claramente beneficioso para sus planes empresariales. Muy bien. Pero creo que no está claro aún qué recibimos los españoles a cambio de esta cesión utilitaria de nuestra Soberanía común.

Alguien sabe si estas empresas tienen firmado con el Estado español algún convenio de intercambio de beneficios? Es decir: nuestro Rey les sirve de mamporrero en los bussines, y, a cambio, esas empresas se comprometen a construir algún centro cívico? Algún hospital infantil? Alguna Universidad? O campos de deporte; o parques y jardines? O se comprometen a financiar la investigación contra el cáncer? Enfín... Algo?

Me suena a mí que no. Y de nada nos sirve que alguien diga que los beneficios de esas megaconstrucciones son ingresados en cuentas bancarias españolas; o que Hacienda recibe su parte proporcional al final del Ejercicio anual. No, por Dios! Porque eso se da por sentado! Faltaría más! Lo que nos quedaba es que esos miles de millones de euros fueran a parar a paraísos fiscales que no tributaran a la Hacienda española!

Me refiero a que, además de tributar (yo tributo, tú tributas, etc.), estos empresarios claramente beneficiados por mi Rey, por mi Soberanía, deben dar, a cambio, algo que redunde en beneficio de aquéllos en quienes la Soberanía reside. Y no sólo la tributación a Hacienda; ni que el capitalazo ganado se mueva por los bancos españoles (que ya eso no es como antes! Porque no dan crédito alguno!), sino que se comprometan por escrito y ante notario a devolver al pueblo español parte del inmenso beneficio que la presencia y mediación de nuestro Rey les ha permitido ganar. Y que, sin ese pontificado real, jamás (que quede claro: jamás) habrían logrado.

Dicho lo cual, creo que estamos en condiciones de exigir a estos empresarios de alcance internacional no sólo que cumplan la Ley fiscal y tributen en España (que eso se les supone!), sino que agradezcan nuestra cesión de la Soberanía edificando para los españoles, aportando capital para la investigación, construyendo colegios, carreteras, hospitales o centros geriátricos. Porque algo han de dar a cambio.

Y si no, que no cuenten más con el Rey Juan Carlos -con mi Rey- para hacer negocios; porque están utilizando mi Soberanía sin mi permiso!

lunes, 7 de abril de 2014

Los hilos, sí; la marioneta, no!


No grabo vídeos desde hace cinco meses por prescripción facultativa; esto es: que mi médico me prohibió grabarlos para que no me fuera al otro barrio de una subida de tensión. Le hice caso, claro! Pero últimamente me rondan de nuevo los demonios y me entran ganas de ponerme ante la cámara para hablar de algunos asuntos de la actualidad política que claman al Cielo y requerirían un comentario algo más profundo que el que por desgracia solemos leer y escuchar en los periódicos o en las tertulias radiofónicas y televisivas, llenas de lugares comunes y corrección política estomagante; a veces, verdaderos insultos a la inteligencia de algunos de nosotros; la mayoría de las ocasiones, de un sopor y una previsibilidad insufribles.

Uno se pregunta si no hay en España más que uno o dos comentaristas interesantes, capaces de levantar la costra de la noticia y hundir los dedos en la masa pegajosa del asunto para extraer el corazón del hecho noticioso y mostrarlo a los ciudadanos aún palpitante y sanguinolento! Y si no el corazón, al menos un hígado graso, un páncreas húmedo o un pulmón aún henchido! O un bazo! Qué menos que un bazo!

Pero no; todos los medios de comunicación se quedan como la liebre ante los faros del coche que la va a atropellar: paralizados; hipnotizados; extáticos. En alguna tertulia, ocasionalmente, algún comentarista roza el análisis y rasca un poco la corteza de la noticia para presentar facetas que nadie más presenta. Por desgracia, no es lo habitual. Por ello, las noticias -cuyo número es abrumador en España, hoy- se quedan en una sucesión de hechos inexplicados, y dejan a los ciudadanos contemplando una historia sin reflexión: una historia sin Historia.

Mariano Rajoy, Presidente del Gobierno español, no acaba de nombrar candidato para las elecciones europeas; no se decide; no acierta; no quiere; se retuerce panza arriba lanzando zarpazos de silencio olímpico, ese silencio sideral que Rajoy alimenta como el que alimenta a su kéfir.
Por más que los medios presionan; por más que la solitaria Elena Valenciano, esa estadista que quiere convertir Europa en una nueva Andalucía (Abderramán nos asista!) quiera zurrarse la badana con un contrincante del PP, no hay modo: Rajoy la mantiene hibernada, congelada en el Tiempo; el barbudo de Santiago la ha convertido, a fuerza de ausencias, en una Atenea que dispara flechas a la oscuridad. La candidata socialista es una novia plantada el el altar de la campaña, el verso anhelante de un pareado fallido, un manantial de soledades gongorinas.

Pero ni los periodistas, ni los políticos de la Oposición, ni los comentaristas -paniaguados o no- de las tertulias pasan en sus comentarios más allá de la sorpresa, de la indignación o de la tendencia insufrible a dar consejos que, al cabo, son brindis al sol. Nada; ni uno de ellos le mete mano a lo que oculta esta situación aparentemente anómala: que la campaña de las europeas hace semanas que comenzó y que el partido que gobierna en España (y con mayoría absoluta!) aún no ha designado al candidato.

En mi opinión, la Democracia en España no existe; no ha existido nunca. Y si existe, es una Democracia discapacitada; es decir: que cumple deficientemente las funciones normales que deberían exigirse a un sistema democrático. Ni los diputados emergen de modo natural de su Distrito; ni pueden ser revocados por sus electores en caso de que incumplan aquello por lo que fueron elegidos por éstos; ni los votos de los ciudadanos valen igual (véanse la abultada presencia de los representantes nacionalistas); ni las distintas regiones que constituyen el Estado gozan de los mismos privilegios (véanse el Fuero navarro y el Concierto vasco); ni los Fiscales de Distrito son elegidos por los ciudadanos; ni existe separación alguna (ni siquiera por cuestiones estéticas!) entre el Poder Legislativo y el Ejecutivo; y no hablemos ya de la inexistente independencia del Poder Judicial!

La gente que últimamente habla en voz alta (que no es poca, aunque no se saque nada en claro) pide a gritos listas abiertas. Pero qué son listas abiertas? Para qué, listas abiertas? De nada nos sirven estas listas si las siguen confeccionando las modistillas en los talleres asmáticos que hay en las trastiendas de cada partido político!
Otra cuestión sería que se eligiera un Diputado por cada 100.000 habitantes! Como en Yankilandia! O que pudiéramos elegir un Presidente y permitiéramos a éste elaborar su propio y meditado Equipo de Gobierno! Pero eso no va a ocurrir, de momento; porque para ello habría que modificar a fondo la Constitución; abrir un proceso constituyente de tomo y lomo en el que los actuales partidos y el propio sistema partitocrático, tras beber el sake y componer su poema de despedida, se hicieran el harakiri por el bien de la ciudadanía. Pero -insisto- esto no va a ocurrir!

Es, por lo tanto, de tal magnitud el poder acumulado por los partidos políticos; llega a tantos niveles sociales, económicos, antropológicos y políticos su capacidad de articular la Realidad que ya no les hace falta siquiera un candidato, una persona de carne y hueso en la que depositar el sumatorio de voluntades programáticas del partido! Hemos transitado, de modo imperceptible, del héroe que capitaneaba las batallas, del Enrique V del día de San Crispín ("Nos, pocos; nos, felices pocos...") a la ausencia de líder!

Ya sabíamos que los candidatos presentados por los partidos como mascarón de proa hace décadas que no están ahí por méritos propios; bástenos recordar el carisma de elementos como Zapatero, Aznar, Chaves, Griñán, Montilla, Zaplana, el propio Rajoy, la inefable Susana Díaz... Entre todos ellos, y capturándolos en el mejor y más inspirado día de su vida política, no llegarían a destilar ni una gota de carisma y capacidad de modificar el curso de la Historia! Gente sin genio, sin la personalidad arrebatadora que debería exigírsele a un líder de masas al que, al fin y al cabo, se le entrega nada menos que la posibilidad de cambiar el curso de nuestras vidas!

Lo sabemos. Somos conscientes de que los candidatos que presentan los distintos partidos suelen ser gentecilla de la cuerda, medradores que llevan esperando años, hombres y mujeres con una asombrosa capacidad para doblar la espalda en reverencias apasionadas ante el apparatchik de su partido mientras que, paradójicamente, muestran una inflexibilidad marmórea ante los devaneos cuánticos de una Realidad cada vez más compleja.
Sabemos que casi ninguno de estos candidatos salidos del vientre del partido ofrece nunca un perfil decidido, valiente, arrojado, comunicativo y contundente. Lo sabemos. Pero, al menos -y hasta ahora-, todos los partidos habían tenido la delicadeza de presentar sus candidatos para, así, mantener en los ciudadanos la ilusión óptica de que elegíamos una personalidad concreta, con sus aciertos y errores.

Sin embargo, ya no hace falta concurrir a unas elecciones presentando un candidato! Ya, a las claras y sin tapujos, un partido, el Partido Popular, abriendo brecha en las costumbres y abanderando con claridad una actitud descarnada y de crudísimo mensaje ha decidido poner las cartas sobre la mesa y comenzar una campaña tan trascendental como lo es la de las elecciones europeas (en donde sí que nos jugamos los cuartos!) dejando claro que da lo mismo quién sea su representante, pues en ningún caso éste va a tomar iniciativa alguna que no esté dictada desde dentro de su partido.

Éramos conscientes de que se habían acabado los líderes. Pero nadie aún había dejado tan a las claras esta espantosa realidad. El Partido Popular, a través de Mariano Rajoy, ha firmado el Acta de Defunción del líder político. Ninguno de sus miembros más destacados (Cospedal, Sáenz de Santamaría, Arenas, Fons, Floriano, etc.) ha abierto el pico instando al Presidente a nombrar ya al Elegido, siquiera sea por cuestiones estéticas! Todos se callan.

Y lo que es peor: también calla la Oposición! Y cuando afirmo que los socialistas callan no lo digo porque no critiquen la ausencia de candidato al que atacar y descalificar, sino porque la crítica que hacen es a la demora en la designación, no a la barbaridad que supone que, sin candidato aún, ya haya comenzado la campaña. No he escuchado a ningún socialista (ni comunista, ni de UPyD, ni a nadie!) denunciar que el sistema de partidos encriptados permita concurrir a una lid electoral sin haber quintaesenciado en la persona física de alguien las voluntades políticas que se recogen en un programa político! Porque denunciar tal situación (inédita, que yo sepa) significaría denunciar al propio sistema partitocrático que nos inunda a todos.

De manera que hasta es posible que el PP gane las elecciones europeas haciendo una campaña sin candidato; y altamente probable que Rajoy lleve hasta el límite el suspense hitchcockiano que ha logrado con su silencio cósmico; y que, habiendo creado una expectativa sin precedentes, logre dar una gran publicidad a su candidato cuando por fin lo nombre, haciendo de éste un Mesías involuntario, alguien que, sin necesidad de decir nada interesante, arrase en las elecciones y se lleve por delante a una Elena Valenciano que se quedará para vestir santos socialdemócratas.

La gente es así! El Pueblo vota a cabezazos! Y en este teatrito electoral, por vez primera tenemos no un títere sin cabeza, sino una cabeza sin títere; Rajoy y su aparato sólo nos permiten ver los hilos, pero no la marioneta, dejando claro que a nadie interesa ya una personalidad carismática, un hombre libre, un carácter independiente y emprendedor. A nadie interesa ya un Enrique V, un Cid Campeador, un Cavour, un Bismarck, un Churchill. Mientras menos carácter tenga el hombrecillo, mejor para el Partido! Y si es posible que el candidato sea el Hombre Invisible, tanto mejor! Así queda claro, de una vez por todas, que los candidatos que nos presentan, todos sin excepción, no representan a ciudadano alguno.
Por fin lo han dejado claro: lo esencial no es la marioneta, sino los hilos que la mueven.


lunes, 24 de marzo de 2014

Suárez: Prometeo liberado!


Voy a cumplir 52 años en junio. Ello me permite hablar de Adolfo Suárez con la única ayuda de mi memoria. Sé quién fue; qué significó para España y cómo fue tratado por sus colegas políticos: por todos sus colegas, correligionarios o no.

Vaya por delante mi desacuerdo y casi desazón por el remedo de Democracia que gastamos en España; ya casi tengo asumido -bien que a regañadientes- que moriré sin haber vivido en plena Democracia: ni el sistema de partidos, blindado con listas herméticas (crípticas!), representa al Pueblo; ni ese caos lleno de parches que es nuestra Ley Electoral permite una verdadera representatividad de las distintas corrientes políticas que pululan por España; ni la desmesurada importancia con la que por desgracia cuenta el voto nacionalista deja ver el bosque; ni los Poderes están separados un maldito milímetro; ni nuestra Constitución, que otorga fueros y conciertos a territorios privilegiados, permite la verdadera igualdad entre los ciudadanos; ni ningún español puede soñar -como sí sueñan los norteamericanos- en que su hijo llegue a ser un día Presidente por su propia valía personal y política.

Dicho lo cual, no puedo callar lo que siento ante el despliegue de medios sin precedentes dedicado a la crónica de la muerte anunciada de Adolfo Suárez González, ese megaespañol que acaba de morir hace más de once años.

Suárez -esto ya lo saben hasta los niños de pecho- fue el alquimista que extrajo del crisol de una España a la que le olían los pies una especie de piedra filosofal gracias a la cual los españoles pudimos soñar que ejercíamos nuestra Soberanía. Como un Prometeo de la Ávila profunda, Suárez robó el fuego a los dioses del tardofranquismo para entregarlo a los hombres de la España de los 70. En mitad de un universo de pana y patillas, Suárez, elegante como un modelo del cortinglés, escaló la ladera de un Olimpo trufado de sables y arrancó una llama viva que entregar a los españoles.

Ese fuego no era la Democracia, pero en la densa tiniebla que envolvía a España, alumbró como si lo fuera. Y con esa débil luz caminamos a tientas desde hace más de tres décadas. Insisto: no es Democracia lo que tenemos en España; pero en aquella época terrible de lo que se ha dado en llamar la Transición, nadie se atrevía a hacer más sin alentar una asonada; nadie podía legalizar al Partido Comunista sin temer un levantamiento militar; nadie parecía estar capacitado para expedir el certificado de defunción del Movimiento. Nadie, salvo Adolfo Suárez.

Las mujeres lo adoraban, yo no me explicaba por qué! A mí me parecían más guapos algunos actores de cine! Pero las mujeres, todas, lo querían como marido; o como yerno. Su encanto personal era innegable; la televisión lo trataba con cariño. Suárez hablaba a la cámara y parecía que te lo estaba diciendo a ti: a ti, personalmente, sentado a tu lado, en el sofá de tu casa!

Mi padre, un volteriano esencial que durante la década de los 60 guardaba en casa libros prohibidos que intercambiaba con Don Fernando Becerra, mi maestro de 3º de Primaria (El Capital, de Karl Marx; Democracia, de Giscard DÉstaing; y otros cuyos títulos apenas pude entrever), estaba muy preocupado por Suárez; pensaba que en cualquier momento se le podía escapar de entre las manos la poca agua que sacaba con trabajos infinitos de ese mar embravecido que era la España postfranquista. Mi padre, que jamás fue de izquierdas, anhelaba la llegada de la Democracia como si de una epifanía se tratase: admiraba a ese hombre perfectamente trajeado y de raya impecable en su pelo peinadísimo; lo seguía y velaba por él. Y si mi padre, un hombre que elegía para leer en los sopores de las tardes de Chipiona breves tratados de Álgebra o la obra de Balmes, concedía tanta importancia a los afanes de ese señor de perfecto castellano que aparecía a diario en los telediarios, es que ese señor debía ser importante!

Y lo era. Vaya si lo era! Suárez se encaramó a codazos y sonrisas por encima del ruido de sables, de los más de cien muertos al año por ETA y los GRAPO, de la terrible matanza de Atocha, de la ultraderecha española, del Opus Dei, de la pedantería socialista, de la dureza comunista y del abotargamiento infinito que los españoles del común padecíamos. Subió por esa pared llena de aristas que era la situación política de una España brutal y robó el fuego a los dioses de la intolerancia. Un fuego débil, pero que iluminó a los españoles para salir del espanto de la Dictadura. Yo lo vi. Yo lo viví desde el sofá de mi casa, día a día; yo preguntaba a mi padre qué era lo que estaba pasando, y mi padre me lo explicaba.

Pero luego, cuando los españoles ya disfrutábamos de las primeras luces y sombras producidas por ese fuego robado a los dioses, la ira de los mismos se volvió contra quien nos lo había entregado; y por cometer hybris fue condenado a padecer la traición de sus correligionarios. Adolfo Suárez había sobresalido por encima de los demás hombres; había demostrado sin dudas de ningún género que valía más que cualquiera de sus coetáneos; que era más astuto, más decidido, más valiente y más seductor que todos los de su entorno. Y eso... Eso no se perdona en España!

Sus propios compañeros de la UCD lo ataron a una columna para cada día comerse sus hígados; la oposición socialista, que sin la labor de orfebre de Suárez jamás habría soñado con ocupar un solo escaño en el nuevo Congreso de los Diputados, lo machacó; los periodistas, que por fin disfrutaban de libertad de expresión, le atizaban de lo lindo. Un marasmo de águilas y buitres carroñeros se lanzaron a alimentarse de sus entrañas, como un nuevo Prometeo de Cebreros. Y Suárez, sin poder soportarlo más, después de luchar hasta la extenuación contra los suyos, acabó dimitiendo como Presidente del Gobierno.

Quién puede medir el profundo dolor que experimentaría un hombre así? Cómo calibrar el sufrimiento intensísimo que debió padecer alguien que, en pago a su heroica condición, a su capacidad de libertador recibe sólo la traición, el desprecio, el escarnio público y la burla? No podemos imaginar la altura de la pena que este gran hombre, este verdadero prócer, llegó a experimentar. Qué pueblo, sino el pueblo español, puede pagar así a sus héroes?

Yo creo firmemente que uno elige la enfermedad que le acaba dando la muerte. Suárez eligió el Alzheimer. Porque el Alzheimer supone la desmemoria, la posibilidad de olvidar. Estoy convencido de ello! Sólo con la ausencia de memoria se puede combatir tanto dolor, tanta amargura! Bien es verdad que quienes lo sufren acaban olvidando quiénes son sus propios hijos; pero también se olvidan de las traiciones, de los desplantes, del inmenso desprecio; se olvidan, en suma, del dolor consciente que provoca la contemplación de aquella miríada de hombres mediocres que lo abatieron con puñaladas certeras, en unos idus de marzo inacabables.

Dicen que fue Hércules quien lanzó una flecha al águila que a diario devoraba las entrañas de Prometeo, liberando a éste de su castigo olímpico. A Adolfo Suárez, el Prometeo abulense, lo liberó el Alzheimer, una enfermedad más poderosa que el propio Hércules. Y gracias al progresivo olvido, a la disfunción de la memoria, este enorme político pudo sobrevivir al dolor que provocan los desagradecidos, a la traición de sus correligionarios, al desprecio de los inútiles y al ostracismo al que le condenó en vida un pueblo de hombres tibios, de gente indiferente, de políticos mediocres, de periodistas paniaguados y, en definitiva, de hombres pequeños.

Y por más que ahora le hagan odas y ditirambos; por más que le cambien el nombre al aeropuerto de Barajas; por mucho que lo glosen y llenen las calles de España con su nombre sencillo y contundente, yo no puedo olvidar que Suárez, gracias al Alzheimer, y transformado por fin en Prometeo liberado, pudo olvidarse de España.

martes, 11 de febrero de 2014

El tren de los locos.


Lo que va a ocurrir con la pretendida independencia de Cataluña no va a poder llamarse propiamente un choque de trenes, porque para que tal catástrofe ocurriera deberían encontrarse en la misma vía dos trenes distintos, en sentido contrario y a velocidades de desastre. Y en la vía catalana (lo que se ha dado en llamar tal majadería) sólo hay un tren: el de Artur Mas, gobernado por el gólem Junqueras con peor mano que la que tenían para tales menesteres los hermanos Marx.

Sólo hay un tren: el desaforado tren de los independentistas, alimentado con el carbón de una delirante Nóva História (así lo escriben los paniaguados del Govern!) en la que resultan ser de origen catalán desde Leonardo da Vinci hasta Cristóbal Colón; desde Miguel de Cervantes hasta la bandera norteamericana!!! Un delirium tremens pagado con el Fondo de Liquidez Autonómica, el FLA, que se extrae del bolsillo de todos los españoles!

Un solo tren que circula sin control sobre unos raíles que sólo los separatistas ven: unos raíles colocados sin atornillar sobre un suelo rústico que nadie ha cartografiado. Un tren de enfermos mentales graves tras cuyas ventanas tapiadas se proyectan, pagadas con dinero del Estado español, imágenes irreales de un inminente Estado catalán adscrito como por ensalmo a Europa, al euro, a la OTAN y al espacio Schengen!

Qué locura! Europa diciéndoles que no en todos los idiomas oficiales; Bruselas diciendo que está hasta la coronilla de Artur Mas y su erre que erre; las multinacionales yéndose de Cataluña como refugiados sirios a los que se les ha abierto un pasillo para huir del horror; la banca internacional clausurando cuentas... Y los delincuentes políticos de ERC y CiU vociferando por la única ventanilla del tren -la de la locomotora- que en noviembre de 2014 serán un Estado independiente!!!

Por otra parte, no hay un tren que vaya en sentido contrario; ningún Presidente de Gobierno tiene potestad para cambiar la Constitución por sí solo; ningún partido. Y parece que la Oposición está por la labor de no apoyar al tándem Mas/Junqueras en ningún sentido. O sea: que no hay acción en sentido contrario; no se está trabajando para contener a los independentistas; no se están produciendo enfrentamientos explícitos con estos iluminados, sino que se les está dejando hacer sus fiestecitas, colocar sus banderitas cubanas con la color cambiada, celebrar sus tricentenarios conmemorando la Nada, anunciar la llegada de los habitantes de Andrómeda y abrir sucursales en todo el Globo como antes abrían tiendas de paños de Tarrasa. Pero no ha habido ninguna prohibición; ningún veto; ninguna coerción; ningún obstáculo. El tren del independentismo catalán corre a sus anchas por un espacio virtual, surcando un limbo político del que jamás podrán salir hasta que no choquen con la estación término de la Realidad. Y eso ocurrirá este mismo año 2014.

Porque en noviembre de este año celebrarán esa consulta ilegal; la organizarán, aunque sea con urnas de cartón, y la llevarán a cabo. Y harán toda suerte de enjuagues: hasta que los magros números que obtengan (porque no votará ni el 40% de los convocados) les permitan proclamar, contra toda evidencia de pucherazo, la independencia de Cataluña. Esto ocurrirá a la mañana siguiente del recuento de esta farsa, si no la misma noche de su celebración.

Y es entonces cuando el tren de la secesión arremeterá con su fuerza descomunal contra los topes de acero y hormigón armado de la estación término, llevándose quizás por delante el andén, las puertas de acceso al vestíbulo del Estado y casi las de salida a la calle de la Realidad. Habrá probablemente decenas de muertos; y quizás, centenares de heridos. Pero el tren se habrá detenido por fin. Y los escombros los recogerá el Estado español, como siempre.

La Autonomía catalana (pues es sólo eso: una Autonomía más de la Nación española) será suspendida. En su lugar se pondrá un Govern provisional bajo la atenta mirada del Estado español y de observadores internacionales. Mas, Junqueras y sus cómplices y acólitos serán detenidos y juzgados por graves delitos contra el Estado español, la Unión Europea y otros tratados; y sus vidas habrán entrado en una espiral de años (quizás, décadas!) visitando Juzgados y Tribunales. Cataluña caerá en una depresión económica y social sin precedentes. Y con los años, España logrará recuperarse de la catástrofe.

La estación término, que no es otra que la Constitución española (con todos sus defectos), será reparada: sus andenes volverán a abrirse a los ciudadanos; y se instalarán tiendas de souvenirs y kioskos de prensa como los que había antes del accidente. Y en los españoles quedará el mal recuerdo de un tren enloquecido que arremetió contra la Realidad: un tren gobernado por locos.

Pero jamás se hablará de un choque de trenes; porque será sólo un tren, uno sólo, el que se reviente contra los topes de la estación: el tren de los locos.


miércoles, 21 de agosto de 2013

Elysium: una oda a la Seguridad Social


Acabo de ver Elysium, la película de Matt Damon y Jodie Foster. Bueno, en realidad es de Neill Blomkamp, su director y guionista; pero los que no sabemos nada de cine acudimos a las salas si nos gustan los actores. A mí me gustan casi todas las películas en las que sale Matt Damon; y muchas de las de Jodie Foster; los efectos especiales me pirran; y las hipótesis futuristas o de sociología-ficción me encandilan. O sea...

Me veo obligado a contarles el argumento de dicha película y el final de la peli (que es muy previsible, todo sea dicho); si no, el título de este artículo sería incomprensible. Así que si algún lector quiere disfrutar de la película íntegramente, le conmino a que deje de leer en este preciso instante. Porque les voy a resumir Elysium en cinco párrafos. Procedo:

Elysium es una megaconstrucción espacial que orbita a poca distancia de la Tierra. Una especie de rueda gigantesca en cuyo círculo externo se han construido mansiones de lujo, jardines de ensueño, piscinas, barrios exclusivos, etc. Y todo ello dentro de una atmósfera artificial que permite vivir como se viviría en la Sierra de Guadarrama: aire limpio, hermosa luz del Sol y vida de ensueño. La directora general (ministra, la llaman en la película) de todo este complejo espacial es una terrible y durísima Jodie Foster, que no se anda con zapaterismos a la hora de proteger el estatus y los privilegios de los multimillonarios que allí viven.

La particularidad de Elysium, sin embargo, no es lo bien que viven sus afortunados habitantes; y es que allí, cada potentado (porque allí sólo tienen cabida los potentados) tiene en su casa una maquinita fantástica que, en cuestión de segundos, les cura el cáncer, les suelda las fracturas y hasta les reconstruye la cara en caso de politraumatismo facial severo!!! Esto es: los hace, técnicamente, inmortales.

Ni que decir tiene que en la Tierra lo están pasando canutas con la superpoblación, la miseria, las enfermedades y el tráfago terrible de una vida al límite. Corre el año 2154. Ciudades superpobladas, hospitales hasta las trancas, carencia de medicamentos, índice de paro real por las nubes y mala alimentación hacen de la Tierra un purgatorio cuando no un infierno. En ocasiones, parten hacia Elysium una especie de pateras aeroespaciales llenas de pobre gente que aspira a introducirse en las mansiones de los habitantes de la estación el tiempo suficiente como para tumbarse en la maquinita y curarse de sus males.

Matt Damon es un exconvicto rehabilitado que trabaja en una especie de fundición; por un cúmulo de despropósitos, se ve obligado a intentar llegar a Elysium para curarse de una muerte inminente. En su epopeya, el guionista y director nos da un paseo por el lumpen, por los hospitales públicos, por las fábricas y sus condiciones de contratación; pasa por las empobrecidas viviendas de la gente, por los mercados, por las inmensas zonas de chabolas. Y lo que presenta ante nuestros ojos no se diferencia prácticamente en nada de nuestra situación hoy día -especialmente en los barrios marginales de cualquier ciudad del mundo-, salvo en el sospechoso color del agua del grifo, la extrema falta de higiene en las calles y la impiedad de unos policías androides que ni entienden los juegos de palabras, ni están dispuestos a dejarse convencer.

Después de muchas vicisitudes, grandes dosis de violencia descarnada y unos efectos especiales maravillosos -qué puedo decir? Soy esclavo de los fuegos artificiales!-, Damon consigue reiniciar el sistema que da energía a Elysium, con la tremenda consecuencia siguiente: el programa que dirige la estación espacial para multimillonarios acaba por reconocer como ciudadanos de Elysium a toda la Humanidad. Acto seguido -y éste es el final de la película- se envían naves-hospital a la Tierra, con cientos de maquinitas milagrosas controladas por androides-médicos, para curarnos a todos. Sanidad pública!!! Gratis!!! Y de la más alta calidad!!!

Un escalofrío de pura catarsis recorrió mi cuerpo cuando, en la secuencia final, se abren las naves enviadas desde Elysium y se contemplan las hileras de máquinas curalotodo al servicio del pueblo. En serio: se me saltaron las lágrimas! Comprendí, en ese momento, que los asistentes a la proyección habíamos presenciado no una simple película de ciencia-ficción; no un film comercial más o menos engagé con el padecimiento de los desharrapados; no: habíamos sido los privilegiados espectadores de la Gran Oda a la Seguridad Social!!!

Neill Blomkamp ha compuesto, ha filmado un Canto General a la Sanidad Pública, un ditirambo al derecho que todos los seres humanos deberíamos tener a ser curados de nuestras enfermedades si hay medios técnicos para ello. En Elysium los había. Y de sobra! Por ello, la tesis de la película es que no hay razones para escatimar la curación a los enfermos. Max, interpretado por Matt Damon, es una suerte de Prometeo que sacrifica su vida a cambio de entregar a los hombres el fuego de los dioses. Comete hybris, y paga con su vida; pero libera a la Humanidad de las miserias de la enfermedad: entrega la luz a ésta; la libera de la Oscuridad.

También me ha parecido ver una parábola sobre el appartheid. No en vano, Blomkamp es sudafricano; de Johannesburgo. Con 34 añitos que tiene, habrá vivido situaciones muy intensas, imposibles de ocultar en la película. Es evidente que, pese a ser blanco y afrikáner, estamos ante un cineasta comprometido con las clases desfavorecidas, que en su país de origen llegaron a representar el epítome de los oprimidos.

Hasta aquí, la película. A partir de este punto, una reflexión.

Que un liberal miserable como yo sienta que se hace justicia en la secuencia final de la película es lo que me llamó la atención. Y es lo cierto: en todo momento, sentí como una repugnancia hacia los que vivían en Elysium; no tanto por haberse procurado un edén de pago fuera del alcance del resto de los habitantes de la Tierra como por impedir el acceso a esas máquinas extraordinarias capaces de curar una leucemia en estado terminal en cuestión de segundos, sin más gasto en electricidad que el que necesitaría un escáner para copiar un documento! Que un enemigo declarado del Estado-Padre-Intervencionista, como yo, considere de justicia la expropiación de esas máquinas para que todos -todos- tengan la oportunidad de curarse, me llevó a pensar que, poco a poco, se ha ido abriendo paso en la sociedad de nuestro tiempo una Idea hasta convertirse en una Creencia.

Ortega y Gasset distingue con claridad (qué no distingue con claridad este incomparable genio español?) entre ideas y creencias: las ideas son aquellos pensamientos formulados por individuos y que forman parte del conjunto de temas que se pueden discutir acaloradamente en un bar de copas; e incluso exponerse en sesudas conferencias; pero no constituyen todavía el corpus social. Las creencias, sin embargo, son conceptos no necesariamente religiosos -por lo general, no lo son- que están tan implícitos en la conducta humana en una época determinada, que ni siquiera son discutibles. Ejemplos de las primeras podrían ser la verdadera libertad de expresión, la igualdad de los hombres ante la Justicia, el reparto de los alimentos entre todos los pueblos de la Tierra: conceptos por los que algunas personas luchan denodadamente pero que por desgracia aún no están integrados en el ADN de la sociedad actual. Ejemplos de las segundas (en nuestra sociedad occidental de finales del siglo XX y principios del XXI) podrían ser la repugnancia por el canibalismo, el rechazo al incesto, el respeto a la inocencia en la infancia: violar cualquiera de estas creencias supone la muerte social inmediata del transgresor.

Las ideas son conceptos nuevos, plagados de aristas, que ruedan a lomos de la vanguardia social hasta que acaban por pulirse lo suficiente como para encajar en los usos y maneras de una sociedad determinada. Las creencias son el aire social en el que nos movemos, que no vemos pero respiramos; y son innegociables.

Que la Sanidad Pública sea un derecho universal ha pertenecido hasta ahora, con claridad, al universo de las Ideas; de las ideas socialistas. Y no me refiero a los socialistas que en España abrevan junto al resto de políticos en el pesebre obsoleto del afán mediático, sino al Socialismo prístino, completamente desvinculado hace décadas, para nuestra desgracia, de cualquier gran sacerdote de la progresía española.
Es la Sanidad gratuita un desiderátum que, en el programa de cualquier postulante de izquierda, debe formar parte del organigrama de puntos indiscutibles, pero que en la práctica aún está por implantar como una necesidad esencial a la vista de todos. El afán de ser atendido gratuitamente por profesionales de la Medicina cualificados, y a que pongan a nuestra disposición los últimos adelantos de la Ciencia, es un derecho que en la mayor parte del planeta aún está por aplicar: véase cualquier serie norteamericana (incluidos los Simpsons) para corroborar este extremo.

Pero si la Humanidad en su conjunto tiene pretensiones de navegar a otros planetas y expandirse a largo plazo (es decir: triunfar del Apocalipsis), ya va siendo hora de que aceptemos la salud como un derecho irrenunciable. Los distintos Estados han de aplicarse en corregir el gasto público hasta cubrir sin regateos la cobertura médica a todos los ciudadanos. Si ha habido dinero para pagar sueldazos a políticos, dietas millonarias, subvenciones a sindicatos, a partidos; si hay dinero para pagar Administraciones paralelas inútiles, los chalés de miles de cuñados insaciables, viajes y fiestas sin fin para los usurpadores de los cargos públicos, etc. etc. es que hay presupuesto de sobra para ofrecer una Sanidad infinitamente más digna a los ciudadanos.
Y es que recortar gastos en políticas superfluas, en administraciones paralelas, en fantasmas burocráticos inútiles se hace urgente; porque el pueblo llano, la masa común, la gran mayoría de los pequeños y medianos empresarios, y hasta las capas intelectuales han abierto ya sus poros más sensibles para asumir como una creencia lo que hasta hace poco ha sido una idea. Y gobernar contra las ideas es posible: de hecho, eso es lo que hacen todos los Gobiernos. Pero gobernar contra las creencias es, literalmente, un suicidio.

Y si yo, un liberal galopante, siento en lo más hondo de mis capas sociales internas que la sanidad gratuita no es una idea, sino una creencia; que no es la Luna a la que aspiramos, sino el aire que respiramos, es que claramente hemos roto una pared y empezamos a descubrir que, tras los cascotes caídos y el polvo que enrarece el aire, se empiezan a dibujar habitaciones que desconocíamos.

Deberíamos pasar a descubrirlas.


jueves, 9 de mayo de 2013

Varias tallas más.

En el último año y medio (desde que Rajoy ganó las elecciones con mayoría absoluta), España ha sufrido cambios profundos; no tanto en su situación económica -los números; la cábala financiera- como en el elenco de nuevos personajes que pueblan el escenario social, entendiendo el término personajes como esos nuevos conceptos que se manejan con una familiaridad, a veces, pasmosa: prima de riesgo; rescate; objetivo de déficit; deuda pública; troika; apalancamiento; desapalancamiento... O esos otros, aún más vaporosos: derecho a decidir; paz social; afectados por la hipoteca; escracheremodelación del Estado; devolución de las competencias; reforma de la Ley Electoral; República...

En la controversia clásica entre los lingüistas partidarios de que el pensamiento es anterior al lenguaje y aquellos otros que afirman que es el lenguaje el que construye el pensamiento, yo, desde mi primera clase en la Facultad de Filología, emocionado y aterrorizado a la vez por asistir a un encuentro masivo ante un profesor lejano y vivaz que nos proponía asomarnos al abismo, me decanté sin lugar a dudas por la segunda concepción del pensamiento. El viejo Humboldt, superviviente del Siglo de las Luces, lo explicaba maravillosamente: la adquisición de conceptos nuevos enriquece el pensamiento del Hombre; y con éstos, como nuevas herramientas, puede acceder a otros conceptos más complejos; así, la capacidad de profundizar en sistemas de pensamiento cada vez más elaborados permite al ser humano tomar decisiones, vivir su vida, emocionarse y crecer en muchas más direcciones -radialmente- que si manejara sólo los rudimentos básicos de una comunicación elemental.

Estos personajes en forma de conceptos que han enriquecido el lenguaje de los españoles durante este convulso año y medio, también han hecho crecer nuestra comprensión del mundo, del país en el que vivimos: han modificado nuestra percepción de España.

Ya sabemos todos que la prima de riesgo es un concepto que ya existía antes del cambio de Gobierno; incluso que existía antes de los primeros signos de la Gran Crisis. Pero no había dado el salto mortal que salva el barranco existente entre la jerga financiera y el lenguaje de la calle. La prima de riesgo, para el imaginario colectivo de los españoles, sencillamente no existía. Ahora no sólo existe, sino que existe mucho: está en las conversaciones de café con tostada en los bares; cada telediario, cada corte informativo de la radio nos informa detalladamente de la prima de riesgo española como si de la salud de un moribundo Jefe del Estado se tratara: está mejor; ha recaído; se le ha complicado con una neumonía...

No somos los mismos. No somos los mismos españoles ahora que hace un año y medio. Nuestra Soberanía ha sido puesta contra la pared en un callejón oscuro y, con una navaja arañándole el cuello, tiene que dejarse manosear, lamer lascivamente por alguien semioculto entre tinieblas; alguien que no nos va a asesinar, pero que no piensa retirarse hasta quedar satisfecho a base de extrañas solicitudes: reducir el déficit; recortar el gasto público; bajar la altura de las olas en nuestras costas; disimular el sofoco del sol mediterráneo...

A velocidad de vértigo, las ideas reformistas recorren la Península de extremo a extremo: la estructura del Estado ya no nos gusta; las Comunidades Autónomas se nos muestran de repente como una losa, como una maldición bíblica, como una inmensa mala yerba que hay que arrancar de raíz! La Ley Electoral ha quedado obsoleta; los ciudadanos no nos vemos representados en estos partidos políticos que en escasos treinta años han pasado de ser los héroes de nuestra modélica Transición a un puñado de bandidos. Los sindicalistas tienen que caminar por la calle levantándose la solapa de la chaqueta de pana, por miedo a ser linchados a manos de los trabajadores. La representación parlamentaria se contempla, en suma, como una parodia insultante: "no nos representan!", gritan las multitudes enfurecidas. Miles de perroflautas y de gentes del común se citan para cercar y asediar el Congreso, una y otra vez. Hombres y mujeres que son la imagen de la desesperación se dan la muerte a sí mismos ante la inminencia del desahucio.

En poco menos de año y medio han surgido toda suerte de plataformas, colectivos, lobbys, grupos de presión ciudadana: el 15M, la PAH, STOP Desahucios, Reconversión, Foro de la Sociedad Civil, Partido X, Escaños en Blanco, La Resistencia, Atrapa, DENAES, Jóvenes sin Futuro... Todos estos movimientos significan un anhelo de representación parlamentaria dignificante; algunos de ellos derivarán sin duda en partido político. Pero con qué Ley Electoral podrán sembrar su trigo? Con la misma Ley paródica y ya insultante que rechazamos en masa? Qué futuro les espera a tanto ciudadano deseoso de que haya verdadera Democracia, verdadera Política en España? Serán fagocitados individualmente por estos partidos ciegos que se niegan a rehacer por completo una Constitución desgarrada? Exasperados, ¿se pasarán al lado oscuro de la Fuerza y engrosarán las hordas que a sangre y fuego quieran arrasar no sólo el decorado sino el escenario, las bambalinas y hasta el patio de butacas?

No llega a seis meses el tiempo en el que Cataluña ha plantado públicamente sus pretensiones secesionistas con una claridad que en cierto modo es de agradecer. En mitad de la tormenta económica, los separatistas catalanes, perseguidos por un tropel de delitos contables que maquillan los jueces comprados que en el Condado abundan, huyen hacia delante y lanzan un guante a la cara misma del Estado. El Gobierno, entre pacato y ensimismado, no tiene siquiera la dignidad mínima que se requiere para recoger el guante; y, envainándosela, permite que el resto de los españoles sea insultado un día y otro; permiten que estos delincuentes fiscales y secesionistas nos llamen ladrones a diario en todos los medios de comunicación: dentro y fuera de España. No hay respuesta. No hay amor propio. Sólo silencio administrativo. Y estupor.

Es orgánicamente imposible que el mapa emocional de los españoles no haya cambiado drásticamente en este año y medio. Si, como dicen, la necesidad obliga a evolucionar, los españoles puede que seamos el pueblo que más rápida y profundamente esté evolucionando en todo Occidente. Nuestra idiosincrasia en cierto modo constructiva (el mayor banco de donación de órganos del mundo, que es el español, así lo atestigua) nos está permitiendo no llegar a revueltas sangrientas ni a violentas catarsis explosivas pese a la articulación organizada de las algaradas por la izquierda melancólica. Y con la derecha no hay nada que temer: la democratización medular a la que ha sido sometida durante estos últimos treinta años, profunda y visceral, permite que no se aliente al Ejército a hacer ruido de sables desde los despachos de los industriales; y si algún empresario añorante del franquismo se hubiera atrevido a hacerlo, de inmediato habría sido marcado como un apestado por el Ejército mismo.

Es imposible, como digo, que los españoles no seamos el pueblo que más ha aclarado sus ideas en estos últimos dieciocho meses. Con grandes pérdidas económicas; con altas piras funerarias en las que hemos sacrificado decenas de privilegios que hasta hace poco disfrutábamos. Nos han tildado de frívolos, de derrochadores, de vivir porencimadenuestrasposibilidades; hemos entregado la cuchara; nos hemos bajado los pantalones; hemos dejado de producir, de vender, de comprar, de viajar, de percibir las pagas extra, de tener una atención sanitaria mínima. Despedimos a nuestra juventud en aeropuertos desconchados, quizás para no verlos más.

Pero en ningún momento hemos dejado de reflexionar acerca del origen de nuestra desgracia. En ningún momento hemos apagado la luz de la débil pero digna antorcha que aún portamos en la mano, como un Filípides agonizante. Y con esa penumbra leve -que es casi tiniebla- hemos vislumbrado qué es lo que queremos para nosotros mismos y para nuestros hijos; y para los hijos de sus hijos. Y lo que queremos es detener esta máquina atascada que a cada vuelta de engranaje tose, humea y barrunta espantos de tristeza.

Queremos cambiar la Constitución de arriba abajo. Devolver las competencias esenciales al Estado. Desmontar ordenada pero irreversiblemente la macro estructura llena de aristas del experimento autonómico. Dejar de gastar decenas de miles de millones al año en políticos que realmente, verdaderamente, con la sonrisa eginética que otorga la certeza absoluta no necesitamos. Queremos cambiar la Ley Electoral de la raíz a las puntas. Elegir Diputados de Distrito: uno por cada 100.000 habitantes. Aplicar con todas las garantías la feliz y diamantina Separación de Poderes, verdadero bebedizo que acabará con la corrupción sistémica que padecemos. Necesitamos, es urgente, abolir las desigualdades entre los españoles: derogar el Fuero navarro y el Concierto vasco; que todos los ciudadanos sin excepción contribuyan al amejoramiento de la Nación. Queremos disminuir drásticamente el número desorbitado de municipios. Anhelamos, por dignidad también para ellos, quitarle el aforamiento a los políticos. Nos urge tipificar el Golpismo, el Fundamentalismo, el Terrorismo y el Nacionalismo como los cuatro grandes delitos de Estado que son. Y, agradeciendo los servicios prestados al Rey Don Juan Carlos, quizás declarar la República; sin más miedo que el de que nos quieran retrotraer a los oscuros años en que nos vimos obligados a tomar aquellas decisiones provisionales que hoy conocemos como la Transición.

En año y medio hemos crecido exponencialmente. Corremos el riesgo de parecer una raza de gigantes democráticos. Los políticos que ahora nos dirigen parecen, a nuestro lado, las figuritas de un portal de Belén tardofranquista.
Seamos serios: a la ropa con la que nos vistieron a los españoles durante la Transición le han estallado todas y cada una de las costuras. Llevamos las vergüenzas al aire; los músculos al sol. Creemos, y no nos cabe duda alguna de esto, que ya ha llegado el momento de cambiar de vestuario. Porque la verdad es que necesitamos varias tallas más.

Eduardo Maestre