Número de atrevidos lectores:

viernes, 15 de junio de 2012

Rumbera


Desde que me mudé al centro de Sevilla no cojo el coche así me maten; voy al trabajo en autobús; a la compra, a pie; y a determinados puntos de la ciudad, en bicicleta. Cuando ya la cosa se pone complicada, pillo un taxi y problema resuelto.
Ayer cogí un taxi a primera hora de la mañana -antes de las 9- para ir a un asunto. El taxista llevaba la radio puesta; en la pantalla digital del sintonizador se podía leer, en grandes letras, qué canal de radio estábamos escuchando: RUMBERA.

No sé si este canal se llama Rumbera Radio, Rumbera FM, Rumbera en la Onda o simplemente Rumbera; el caso es que la música que programaban aquella mañana era salsa: ondulantes sones apuntalados por el tumbao del bajo y salpimentados por una sección de metales que, por su dulce sonido, parecía extraída del mismísimo corazón de Glenn Miller.

Pasamos entre la estallante estatua del Cid y la antigua Tabacalera, que es desde hace décadas la Facultad de Derecho; había más tráfico del que últimamente suele haber, pero era fluido. El sol, desde esa temprana hora, ya estaba dando muestras de querer ser hijo adoptivo de Sevilla. Al pasar entre la Glorieta de Bécquer y el teatro Lope de Vega, por las ventanas abiertas del taxi entraba el aroma de los árboles exóticos del Parque: un aroma de un dulzor caníbal que, fijado en la nariz, me empujaba a contemplar el teatro como si fuera un templo medio oculto en algún rincón del Amazonas.

Luego, el taxi enfiló la avenida de La Palmera hacia el Campo del Betis, y toda la amanecida luz del río inundó el coche. Rumbera nos regaló una canción de Camela, ese familia desestructurada cuya voz femenina, prehumana, se empeña en hacer hiato en todos los diptongos: vïolencia; caüsaste; renïega. Algún coche de caballos iba en dirección contraria: hacia el barrio de Santa Cruz. Los motoristas, como un enjambre de cascos baratos, se empeñaban en tapar los semáforos.
Al pasar junto al Líbano, los barrenderos fluorescentes procuraban quitar del suelo los vasos de plástico, las bolsas de la botellona nocturna y las latas de cerveza baratas; Rumbera entraba en un éxtasis tonal entregándonos, desollada, a Gloria Estefan, cuya voz desgarradora pero amable nos aseguraba que su tierra era linda, que su tierra era bella. En las cercanías de la avenida Reina Mercedes, donde están situadas las Facultades de un buen número de carreras universitarias técnicas, pude ver cómo atravesaban de un lado a otro de la avenida jóvenes mujeres con carpetas grandes; barbudos muchachos con tubos en donde guardar planos, proyectos fin de carrera o fin de curso; universitarios con gafas y pantalones pirata; todos caminando hacia su Facultad, andando mientras se despertaban.

Y de repente me percaté de que algo pasaba; quiero decir: me di cuenta de que algo no pasaba; algo no estaba pasando desde hacía diez minutos. Iba en el taxi, por el medio de mi ciudad, y veía los bares abiertos, la gente yendo a sus trabajos, a sus oficinas, a sus colegios, a sus negocios; los universitarios caminando hacia las aulas de la Facultad; los barrenderos limpiando y los cocheros dejándose arrastrar por sus caballos en busca de turistas. Qué era esto? A qué venía esa sensación de actividad, de energía urbana, de ciudad reventando por vivir? Qué elemento nuevo venía a ponerme delante de las narices el brillo inexplicable de esta ciudad sin límites; la vida repentina de esta Sevilla tan vapuleada?

Buscando atropelladamente en la piel del cerebro, di con la clave! Este aluvión de sensaciones productivas era debido a la ausencia de las tertulias radiofónicas! La no presencia de los comentaristas económicos bastaba para poder disfrutar de la luz de la mañana! La radio que sonaba no era la SER, ni Onda Cero, ni la Cope, ni RNE. Era Rumbera! Rumbera, que acertaba en cada momento a colocar la canción más adecuada! Sólo música bailable! Nada complejo; nada denso: sólo música!

Hice la gestión para la que fui y, al regresar, cogí otro taxi. En éste, la radio hablaba de la economía europea, del euro y de la madre que lo parió. Los colores de la ciudad, al regresar, y pese a estar el sol más alto que antes de las 9, casi no lucían; las personas a nuestro alrededor carecían de actitud: se limitaban a desplazarse, como muñecos mecánicos. El Parque de María Luisa no olía a nada, y se hacía evidente que el caballo del Cid estaba hecho del más frío bronce.
Me bajé huyendo del taxi, casi sin recoger el cambio por no sufrir más esos análisis tremendos que hacían los contertulios radiofónicos de no sé qué cadena. Subí a mi casa y cogí el carrito de la compra para ir al mercado de la Puerta de la Carne, que está al lado de donde yo vivo (una suerte!). Le puse al móvil los cascos y, de camino al mercado, busqué y busqué Rumbera; no tuve mucho éxito al principio, pero en una de esas vueltas al dial de la radio del móvil ...la trinqué! Allí estaban la Encarni y la Toñi: Azúcar Moreno; cantando no sé qué nimiedades del amor.

Me dije: "Rumbera: ya te tengo!" Y, escuchando a Azúcar Moreno, entré en el mercado, en donde me esperaban los olores picantes de la carne adobada, la inminente fetidez del pescado, la dulzura del melón, la pregunta llena de prevención de las señoras mayores: "es usted el último?" Y, en suma, la vida productiva que no entiende de finanzas: la vida real, llena de olores, sabores y texturas. Rumbera señalándome los puestos llenos de frutas, de tomates, de lechugas-roble; la familia siciliana del enorme puesto de la recova mostrándome con una mirada de soslayo que hoy sí hay croquetas de cola de toro; Rumbera, que si esta tarde vi llover, vi gente correr y no estaba yo; la luz del glorioso mediodía sevillano entrando como rompimientos de Gloria por entre el armazón de Eiffel del techo del mercado; la vida entera viviéndose a sí misma; el tendero de las gafas de pasta, preguntándome si me voy a llevar hoy los chicharrones de Cádiz, que están para creer en Dios. Pues claro que me llevo los chicharrones! Porque quiero llevármelos! Porque Rumbera me lo permite! Porque Rumbera me deja vivir!


-------------------------------------------------------------------------------
Si te ha gustado el artículo, suscríbete a mi blog
y compártelo: es importante para mí
y me ayudará a crecer.


Gracias, lector o lectora.


sábado, 9 de junio de 2012

Una posguerra sin bombas.



Dónde están los cultivos de tomate calcinados? Dónde, los campos de patatas destruidos? Llevamos acaso cinco, seis o siete años de alguna ignorada sequía que haya acabado con nuestras cosechas? Han muerto de alguna peste bíblica las vacas, los cerdos, los animales de las granjas españolas?
Nos han reventado los puentes en alguna guerra? Las carreteras españolas acaso han sido bombardeadas, destruidas? Han sido borrados del mapa por algún cataclismo los aeropuertos, los puertos marítimos y las vías férreas? Hemos sufrido alguna epidemia mortal que haya diezmado la población dejando sólo supervivientes mutilados?
Acaso el océano mar nos ha aplastado, lanzando sobre nuestro territorio tsunamis apocalípticos que hayan convertido en escombros la mitad de nuestra costa? Han llegado quizás los barcos mercantes a parar al techo de la Mezquita de Córdoba? La cadena volcánica que nos atraviesa ha rugido y bramado arrojando sobre nuestras cabezas desvalidas toda la ceniza del estómago ardiente de la Tierra?

No! No, por cierto!

Entonces, si no hemos sufrido años de sequía, inundaciones, terremotos brutales, tsunamis, pestes, cataclismos, epidemias ni guerras; si en estos últimos siete años no hemos perdido las cosechas ni han muerto nuestros animales, a qué viene este rechinar de dientes, este rasgar de vestiduras, este rosario de la aurora?

Las épocas de crecimiento, hasta hace no muchos años, surgían de los períodos de paz continuada; el pueblo trabajaba y la tierra producía; las industrias florecientes lo eran por el tesón de sus empresarios y por la productividad de los trabajadores. No habiendo guerra, ni catástrofes ni espantos, sólo cabía esperar mejoras en la vida de cada uno; en nuestras manos estaba, en estos períodos florecientes, construir nuestro futuro.

Pero esto que está ocurriendo desde hace unos años y que hoy nos estalla en la cara cada mañana, cada mediodía almorzando nada tiene que ver con no haber echado de comer a las vacas, o no haber regado los tomates; no es el resultado de una guerra feroz ni de una cadena de tsunamis apocalípticos. Esto que ocurre y que tiene al nuevo Gobierno de España con ojeras oscuras y corriendo sobre alfombras de pasillo a pasillo; esta calamidad que se nos ha venido encima no es el producto de que usted y yo no hayamos acudido cada día a nuestro trabajo, puntuales, duchados y con espíritu laborioso.

No. Esto es otra cosa.

Alguien que no daba clases en mi conservatorio y que no controlaba los ciclos del cultivo de patatas; alguien que no patrullaba vestido de verde por las carreteras y que no pasaba consulta en el ambulatorio de su barrio decidió arriesgar en su negocio los valores abstractos que supone un producto financiero. Como él, otros hombres que no abrían cada mañana los escaparates de su tienda de electrodomésticos ni apretaban las tuercas en una cadena de montaje decidieron arriesgarse igualmente. Total: eran valores abstractos!

En el universo de las finanzas, la virtualidad tiene la facultad de ser real; porque la Realidad del concepto Finanza es, en sí, una Entelequia, un Valor de Cambio, algo conceptual : un débito, un rédito, una acción. Son números que se mueven en colores y que se han vuelto orgánicos por un prurito de Voluntad: la voluntad del agente de Bolsa. Este maravilloso y caótico universo está íntima, musculosa, sanguíneamente relacionado con la Banca. Son un totum revolutum; son la pinza y el ojo y la concha del cangrejo.
Y lo que en las finanzas ocurre, ocurre porque hay unos hombres de carne y hueso que hacen cositas. Ninguno de estos hombres pasa la noche de guardia en su farmacia; ni se lleva exámenes de Historia a su casa para corregirlos. Ninguno de ellos conduce un taxi durante catorce horas al día, ni se sube a un escenario a tocar el violín. Ganan dinero virtual que luego traducen en objetos perecederos. Juegan al Risk con nuestros virtuales ahorros, con nuestras nóminas abstractas y puntuales. Y hace unos años sacaron los pies del tiesto y se arriesgaron a hacer lo que un verdadero hombre de empresa jamás habría hecho: jugarse el tipo con virtualidades futuras.

No pidieron consejo ni permiso; fueron adelante con los faroles; y cuando se les vino el cielo encima de sus cabezas, exigieron a sus conocidos -los políticos- que les echaran un capote. Así lo hizo el gobierno de Zapatero, después de haber despilfarrado las arcas estatales durante cuatro años en florilegios pedantes llenos de miembros y miembras. Luego, los que han llegado al Poder (sic) hace unos meses no han hecho más que aplicar medidas leoninas, castigos decimonónicos y palos en la espalda dictados por gobiernos y lobbys extranjeros.

Mi sueldo ha sido recortado tres veces; he dejado de dar mis modestos conciertos porque no hay ayuntamiento, asociación ni entidad cultural que pueda permitirse pagar una actuación; he creado la única orquesta minimalista que hay en España y ninguna universidad nos puede contratar, pese a lo que les gustaría, porque no hay dinero. No puedo ni pensar en irme de viaje, y mis compras de libros han sido reducidas a la nada: he vuelto a releer los que tenía, que son muchos.

Pero no he sido yo el que dejó de ir a su trabajo puntualmente; ni el que se arriesgó con el dinero de todos. Sin embargo, somos los músicos, los profesores, los taxistas, los carniceros, los médicos, los empresarios reales, los operarios y los oficinistas los que hemos sido condenados a repartirnos el peso del castigo que deberían sufrir unos pocos -poquísimos!- sobre las espaldas de todos.

Ya es tarde para evitar esta injusticia. Todos estamos ligados a nuestro modelo de Sociedad. Desde Rousseau, esto es lo que hay. De acuerdo. Y no me queda otra que agarrarme los machos y esperar los años que hagan falta para que afloje la galerna. Todo lo sufriré. Todo. Y sin echarme a la calle a quemar contenedores; para qué? Más gasto? No.

Pero todo lo sufriría con mejor ánimo si por los mismos púlpitos desde donde se nos cuenta cómo está la cosa (la radio; la tele; la prensa) viera pasear cada día a cinco tíos de éstos camino de Alcalá-Meco; cada semana cuarenta financieros, cada uno sentado al revés sobre una mula y con un capirote pintado de llamas; cada mes, doscientas cincuenta y siete personas, entre brókers, ejecutivos de la Banca y políticos implicados: todos ellos a la cárcel; con nombres y apellidos publicados; y deshonradas sus familias hasta la cuarta generación.

Todo estaría dispuesto a sufrirlo sin alzar la voz ni la hoz si comenzara a ver un reguero diario de culpables identificados, estigmatizados y condenados a varios años de prisión. Porque es mucha la furia contenida diariamente, y sería bueno y regenerador para el espíritu del Pueblo comprobar cómo se hace Justicia; y los políticos deberían ir organizando ya un Nüremberg en la madrileña calle de García Gutiérrez. Sólo hay que designar un Tribunal especialmente designado ad hoc. Porque no debe ser muy difícil averiguar el nombre y los apellidos y el domicilio fiscal de estos irresponsables. Sinceramente, creo que ya ha llegado la hora de hacerlo, porque ellos han sido los verdaderos criminales de este terremoto sin escombros, de este tsunami sin olas y de esta posguerra sin bombas.


-------------------------------------------------------------------------------
Si te ha gustado el artículo, suscríbete a mi blog
y compártelo: es importante para mí
y me ayudará a crecer.


Gracias, lector o lectora.



lunes, 4 de junio de 2012

Ni Iglesia, ni mar, ni Casa Real.

En el siglo XVI ya era costumbre entre los españoles decir que, en España, había sólo tres vías por las que llegar, si no a hacer fortuna, al menos a huir del hambre: "Iglesia, o mar, o Casa Real". Es decir: o uno entraba por el sacerdocio a vivir del estipendio eclesiástico, del que la mayoría de los que lo intentaban no superarían jamás el rango de sacerdote raso, quedando los obispos, arzobispos, prelados y cardenales sólo para aquéllos cuyo linaje fuera aristocrático; o se hacía a la mar como grumete aspirante a conseguir la propia mercadería, pasando calamidades y penurias, sorteando piratas, turcos y demás morralla marinera hasta acabar estableciéndose como comerciante; o entraba a servir al Rey como soldado, sufriendo tardanza en las pagas, incomodidades y enfermedades, si no la muerte; porque servir al Rey en su propia casa, siendo camarero o secretario, estaba vedado a quienes no fueran, como poco, condes.

Lo dice Cervantes en la Primera Parte de Don Quijote, por boca del Cautivo, uno de los personajes que alargan -más que ensanchan- con su peripecia personal la divina novela: Iglesia, o mar, o Casa Real. Y esto lo dice Cervantes en 1605! Es decir: aún no había llegado con toda su crudeza el declive económico y social español! Tendrían que transcurrir más de 50 años para que la poderosa influencia del Imperio hispano quedara barrida de la faz de Europa.
Aún así, a los machacados españoles de 1660, con todo su espanto a cuestas, aún les quedaban tres salidas para huir del hambre: la carrera eclesiástica, la mercadería de ultramar -pirarse a las Indias Occidentales- o servir al Rey.

 Pero qué nos queda a nosotros? Qué alma de Dios (y nunca mejor dicho) querrá abrazar hoy la carrera eclesiástica, cuando a los curas de pueblo casi no les da el mísero sueldo para comer? Quién querrá estudiar años y años de Teología para luego tener que competir con las oenegés, cuyos miembros, además de estar mejor vistos, disfrutan libremente de los placeres del sexo? Quién quiere hoy día dedicarse al Comercio? Viendo cómo las empresas pequeñas han sucumbido, las pocas medianas que quedan agonizan y hasta las grandes chapalean en un lodo financiero inexplicable, quién se atreverá a hacerse empresario en esta España teledirigida desde el Norte de Europa? Y no hablemos ya de la Casa Real! Suponiendo que no se instaure la República de aquí a dos años (bastará con que el Rey diga alguna inconveniencia para que se le quiera linchar definitivamente), quién querrá servirle? O, traduciendo y adaptando la frase manierista: quién querrá alistarse al Ejército español? Un ejército constituido prácticamente por inmigrantes suramericanos ante cuya visión en formación entran ganas de gritar, como Trillo, "Viva Honduras!" Un ejército al que Zapatero descafeinó para hacernos creer que en sus jeeps llevaban los mundos de Yupi allá donde fueran; un ejército mal pagado que, con estos recortes definitivos que se avecinan, empezarán a pensarse para qué me metí yo aquí?

Busco y rebusco y no acierto a encontrar qué alternativas actualizadas nos quedan a los españoles para dar la espalda al hambre que se nos avecina, que ya está aquí en cientos de miles de hogares. Qué otras salidas? Quizás el pequeño mercado por internet, que consiste en menudeo: ventas personalizadas de productos manufacturados por uno mismo. O bien, meter los arreos en dos maletas e irse de España a cualquier otro país. O multiplicarse y hacer pequeños trabajos que den poco dinero, pero muy variados: llevarles las maletas a los turistas; servir copas; pescar barbos en el Guadalquivir; limpiar la candelería de las Hermandades a tanto el candelabro.

Para mí, que además de español soy andaluz y de Sevilla (la ciudad del paro y del orgullo); que, para más inri, soy músico y ando herido con el estigma del interino, lo que me queda es fabricarme un aleluya de cartón e irme por los caminos recitando coplas de ciego a cambio de un guiso recalentado.
Y Dios quiera que no me asalten los maleantes! Porque ésta va a ser la peor época de la Historia de España: mucho peor que la de la Decadencia a la que nos llevaron los tres Felipes (II, III y IV); para colmo, nuestro próximo rey será otro Felipe!

Qué panorama! Enormes, las semejanzas con el Siglo XVII. Sólo que, en esta ocasión, a los españoles no nos quedan ni Iglesia, ni mar, ni Casa Real.

Vale.


-------------------------------------------------------------------------------
Si te ha gustado el artículo, suscríbete a mi blog
y compártelo: es importante para mí
y me ayudará a crecer.


Gracias, lector o lectora.

miércoles, 28 de marzo de 2012

La huelga a ti debida.



Ya llega, José Luis, el día aciago
en que el gesto que tienes se congele;
y ese rictus inepto de mal mago
se muestre tal cual es, pues que no suele
mostrarse. ¡Dios, qué hastío; qué empalago
cada mueca que hacías por la tele!
¡Ahora se mostrará tu verdadera
cara de bobo, lacio y pejiguera!

Pues que aunque seas cadáver, y aunque huelas
peste feroz política y te escondas;
aunque ya te rodeen cuatro velas
y no tengamos que oír las trapisondas
con que a tus feligreses te camelas
a través de El País y de las ondas,
un último homenaje ahora te hacen
aquéllos que de tu pesebre pacen.

De marzo, el veintinueve, se convoca
un paro general en toda España:
huelga total que rompe y descoloca
la imagen española; y que empaña
el trabajo de todos; que desboca
la tensión del enfermo y de su entraña,
pues España está enferma, y necesita
huelgas cual Supermán la kriptonita.

La excusa oficial es la reforma
laboral que el gobierno de Mariano
(después de constatar que no había forma
de que los sindicatos den la mano
a la empresa, de sus zapatos horma)
ha urdido pese a todo; y por lo sano
quiere cortar; y que, con blanca magia,
cese de nuestras arcas la hemorragia.

Pero esta huelga que estalla cuando apenas
lleva cien días aquél contra el que estalla
en el Gobierno… ¿Qué es? ¡A duras penas
podrán hacernos creer que esta batalla
se libra contra el héroe de Micenas,
viendo que es contra Argos -que ahora calla-
contra quien, ciertamente, se encamina
la huelga general que se avecina!

Pues todo esto es por ti, oh, Zapatero:
todo el rencor guardado en tus zapatos;
la envenenada tinta en tus tinteros;
la inepcia en tu regir; los malos tratos
infligidos a España y sus obreros
-que ahora avergüenzan a los sindicatos-
se giran, se encabritan y, a tu muerte,
te gritan para, así, desvanecerte.

Esta huelga es por esos ocho años
de miembros y de miembras; de ominosas
decisiones tomadas; por los daños
causados a las gentes laboriosas.
Esta huelga es por no tener redaños
y no llamar por su nombre a las cosas
cuando aún había remedio y medicina:
cuando aún era crisis y no ruina.

Esta huelga que estalla a quemarropa
es por haber tirado por el suelo
el nombre de tu tierra por Europa;
pues mostraste tener mucho más celo
no en nadar, sino en guardar la ropa
de tu propio partido a contrapelo
mientras dilapidabas, entre oles,
la hacienda y vida de los españoles.

Esta convocatoria diamantina
-como jamás los sindicatos vieron-
da muestras de una vida repentina
que en ocho años no hubo (aunque tuvieron
la masacre social en su retina:
pero a pestañear no se atrevieron).
¡Nuevos Lázaros sindicales que ahora, juntos,
cobran vida tras ocho años difuntos!

Tú, que les diste cargos y alcaldías
nuevamente a asesinos, con la ayuda
del tal Pascual -¡que malos sean sus días!-;
que a la Ley amordazas y haces muda,
y por ver esta huelga dejarías
a tu propia Nación rota y desnuda,
¿cómo puedes pensar que te conviene,
si es contra ti esta huelga que ahora viene?

Porque estos sinsabores que tenemos
y que van a marcar nuestro camino
son fruto de tu espanto y lo sabemos;
son hijos de tu afán loco y cansino,
¿Cuánto, José Luis, gritar debemos
para que nos escuches, astifino?
¿Te bastará con esta España entera
yendo a esta huelga tardía y aún postrera?

Has destrozado España, ex presidente;
nos quitaste la luz y la alegría;
la dignidad, acaso; y malamente
sobrevive la España que porfía
en recobrar su aliento nuevamente
y en levantarse digna cada día.
…Mas, muerto tú, quizás hallemos vida;
aunque sea en esta huelga a ti debida.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Siente un banquero a su mesa.


Se empieza a enfriar el Sur de España; pero a enfriarse de verdad, no como en noviembre, ese mes en el que uno ve los telediarios y se admira de cómo en Ávila, en Huesca y en Logroño ya están con medio metro de nieve mientras que en Sevilla andamos con una rebequita y ya nos está sobrando a mediodía. No: ahora sí que se siente el frío aquí en el Sur.

Las mañanas cubren de una niebla húmeda y viscosa las hectáreas vacías y despobladas que las constructoras han dejado en barbecho especulativo. Puedo pasear a Aquiles, mi perraco -que es buenísimo-, dejándolo suelto por los solares baldíos de Bormujos; Aquiles salta feliz, corriendo sin temor a que lleguen los aparejadores, los capataces, las excavadoras, los encofradores ni los ferrallistas: en España, de momento, no se construye más.

Llega el frío verdadero; por lo tanto, se acerca la Navidad. Y pese a que la vienen anunciando, como ya es costumbre, desde principios de noviembre, no es hasta estos días fríos cuando empieza a olerse.

Ya queda poco para el sorteo de la Lotería del 22 de Diciembre, pistoletazo oficial e irreversible de las fiestas navideñas. El 22 de Diciembre, único día del año en que el telediario sólo da buenas noticias, relegando por un día la crónica de sucesos en que se han convertido ya, desde hace años, todos los informativos.

Suena la salmodia responsorial de los niños de San Ildefonso, esos niños que son como un crisma de Unicef: un chino, un negro y un latino, todos mirando de frente, cantando las cifras de la Lotería, que es como un introito a la Navidad, la gran fiesta católica que, por ello mismo, comienza como debe ser: con una adoración al dinero y a los bienes materiales en forma de chaparrón de millones.

Pero, ojo: que todos nos zambullamos en el espíritu verdadero de nuestra fiesta más querida y actuemos casi automáticamente (gastando al límite de lo que tenemos, y aún más allá de lo prudente; comiendo como si fuéramos a hibernar tres meses; bebiendo como si nos pudiéramos trasplantar el hígado a finales de enero); que en estas fechas, digo, nos abandonemos a una bacanal de adoración a la Materia en todas sus formas y a la Sensualidad en todas sus variantes no debe hacernos olvidar que hay gente que lo está pasando mal.

Sí, amigos: hay personas que lo están pasando muy mal desde hace ya mucho tiempo; y que tiemblan ante la inminente llegada de la Navidad, porque en estas fechas se acentúa su sufrimiento, se subraya su soledad. Son los marginados, los olvidados por la Gracia; son los prisioneros de las circunstancias económicas que, si de alguna manera a todos nos afectan, a ellos los han crucificado. Sí, amigos: son los banqueros.

No podemos volver la espalda a quienes, por haber confiado en muchos de nosotros concediéndonos unas hipotecas infladas mucho más allá de lo razonable, ahora se ven así; porque nuestros banqueros en ningún momento pensaron que estaban corriendo un riesgo. Fuimos nosotros, en cierto modo, los que, ladinamente, les ocultamos nuestra verdadera situación laboral y económica, haciéndoles creer que podríamos afrontar el pago no sólo de un piso, sino de la compra de un mobiliario nuevo y hasta de un coche; y todo ello dentro de la misma operación hipotecaria.

Les engañamos. Sí: les engañamos; y después, muchos de nosotros no hemos podido (o no hemos querido) cumplir con los compromisos adquiridos. Hemos dilapidado ese dinero (que es como decir su confianza) en gastos superfluos: irnos de copas; tomar tapas; ir al cine; comprarnos algún par de zapatos más de los estrictamente necesarios; empastarnos algún diente; incluso ha habido gente que se ha puesto fundas!!! Pero a dónde hemos llegado? Qué chorreo de dinero ha sido éste?

No, amigos; no podemos volver ahora la cara. Estas personas llevan ya casi tres años intentando achicar agua del heroico barco en el que viajan. Nuestro Estado español les ha inyectado cientos de miles de millones de euros en varias ocasiones; pero no ha sido suficiente. Y que nadie me diga que ése es nuestro dinero! Sí! ...Y qué? Es nuestro dinero el que el Gobierno ha entregado a estos banqueros; sí. Pero repito: y qué? Acaso lo habéis notado en vuestras nóminas? Acaso alguna vez habéis suspirado por ese 25% de nuestro salario bruto que durante años, mes a mes, llevamos entregando al Estado? No mintáis! Porque, pese a ser sustanciosa, nadie ha notado esa merma del salario en su día a día. No me vengáis ahora con que esos cientos de miles de millones de euros entregados a los bancos es dinero público! De acuerdo! Ya sé que esos cientos de miles de millones de euros son nuestros, sí; pero también los banqueros, en cierto modo, son parte de nosotros!

Acaso los banqueros no respiran? Acaso no beben agua para calmar su sed? Es que no aman, como nosotros? Es que no lloran en algún rincón oscuro de sus despachos cuando nadie los ve? Acaso alguien puede asegurar que los banqueros no sufren? Quién tendrá tan mala sangre como para no apiadarse ahora de estos hombres bienintencionados que confiaron en nosotros?

Amigos: no sólo el Estado español, sino el Banco Central Europeo ha vuelto a inyectarles sumas fabulosas; una y otra vez; una y otra vez, en una sangría interminable. Pero de nada sirve, porque los Mercados (que, al fin y al cabo, son también ciudadanos de a pie, como nosotros) no los dejan levantarse de la derrota a la que entre todos los hemos llevado.

Y ahí andan, hundidos, vagando por entre los pasillos alfombrados del Congreso, buscando quien los vuelva a ayudar; pagándose de su bolsillo costosísimos viajes a Bruselas; implorando a unos y otros; contemplando cómo todos les volvemos la cara y les rehuimos los ojos; pasan por nuestro lado, anhelantes, y notan con dolor cómo a su paso, repentinamente, cesan nuestras animadas conversaciones.

No puedo sufrir más esta ignominia! No puedo soportar más tan injusta situación! Esta Navidad, al menos en mi casa, va a ser una verdadera fiesta cristiana! Voy a sentar a mi mesa a un banquero! Y voy a procurar que no se sienta un invitado, sino uno más de la familia! Le pondré por delante dos raciones de pollo (ya no me da el sueldo de interino para cordero) y, para aliviar su sed, abriré cava extremeño (está a un precio magnífico y sabe igual que los cavas catalanes); freiré el doble de patatas congeladas! Y abriré la caja de mantecados del Lidl sólo para él. Porque mi conciencia no me permitiría pasar otra Navidad cerrando las puertas de mi casa y de mi corazón a quien hace pocos años confió en todos nosotros.

No voy a ser yo el que deje a los banqueros solos en Nochebuena. Voy a sentar a mi mesa al menos a uno; y mientras se bebe mi cava y se come mi pollo y mis polvorones, agradeceré al Niño Jesús la oportunidad que me da la Navidad de resarcir, de alguna manera, todo el daño que les hemos hecho.

Feliz Navidad!

jueves, 23 de junio de 2011

No alcanzo a ser español.



No sé qué quieren los acampados ex acampados del 15 M. No sé bien lo que les indigna que no me indigne a mí. No sé qué fluido glacial les levanta el culo del asiento para ponerse a caminar en masa por las calles de Madrid, Barcelona o Sevilla. No sé qué gente forma esa masa.

Pero sí sé que no son los perroflautas ni los melendis ni los abertzales euskaldunos o terralliures; ni los Obloquegalegos con las rastas por la plaza del Obradoiro comiendo fuego. No son éstos: éstos son viejas glorias del vandalismo; son los herederos de los bárbaros del norte; se comen los hígados de sus víctimas, brindan con chacolí y reciben subvenciones cuando los del PNV tienen el Poder. No: éstos no son los del 15 M.

La otra noche me desperté a eso de las 5 de la mañana soñando en voz alta y diciendo que "lo siguiente es la Universidad y los conservatorios". Mi amada María dice que soy pedante hasta soñando, y puede que tenga razón. Soy pedante, sí, pero me preocupa tanto el asunto del Movimiento del 15 de Mayo que no puedo desprenderme de todo lo que me sugiere.

Soy lector acérrimo de Ortega y Gasset; su preocupación por Europa, por ser europeo a través de llegar a ser español es una preocupación trasladada a mi pobre universo personal. Para Ortega, ser español no es tarea sencilla, como no lo fue (según él) llegar a ser alemán para los alemanes. Según el genial madrileño, los alemanes estuvieron más de 50 años pugnando por llegar a ser alemanes; y esa tarea, en el primer cuarto del siglo XX, aún no estaba realizada en España.

Luego, con la división ideológica y la Guerra Civil (y esto es de mi cosecha: no se culpe a Ortega de esta opinión) se echó a perder la oportunidad de ser español. Los 40 años de franquismo nos llevaron al otro polo de la españolidad, a mi entender. Restaurada la Democracia, el sentimiento de culpabilidad y el prurito de debilidad por los nacionalismos impidieron sentar las bases para comenzar a españolizar España, llegando a extremos insufribles como lo son el terrorismo vasco -apoyado y financiado por las instituciones autonómicas de Euskadi-, la insolidaridad catalana, y, ya en última instancia, el Gran Desastre Económico, cuyo responsable último, en mi opinión, es el Partido Socialista Obrero Español con Zapatero, Blanco y Rubalcaba a la cabeza, triunvirato que pasará a la Historia de la Política Internacional como la peor combinación posible de miopes sociales que dio al traste con una gran nación como lo podía haber sido España.

No me han dejado ser español desde que nací: vine al mundo en la etapa última del franquismo; canté el Cara al Sol en el polideportivo Chapina, con 6 añitos y vestido con calzonas negras y camiseta amarilla de tirantas junto a cinco mil niños más, atemorizado y perdido entre profesores temblorosos porque a lo lejos, en un catafalco como el que le ponen al Papa, estaba Franco, que resultó ser un puntito blanco sobre un fondo oscuro.

Luego, con 15 años y granos en la cara, vino la Democracia acompañada del terrorismo en la tele. Nos avergonzábamos de ser españoles en el instituto, en la facultad, en la tuna, en los bares, en el conservatorio. Nos acostumbramos a que los catalanes y los vascos nos escupieran sobre los textos cervantinos; nos hicieron creer desde el Gobierno que éstos del Norte tenían fuero juzgo, hechos diferenciales y deuda histórica. Como andaluz, sólo me quedó despotricar en los bares y pedir perdón por comerme las eses. Vi pasar la Expo 92 por mi lado, sin afectarme para nada de provecho salvo para ver subir los precios de la cerveza y las tapas; luego la vi ajarse poco a poco, y de lejos contemplé cómo la maleza se comía los edificios de esa isla ajena en donde algunos ganaron tanto dinero a mi costa.

Tengo casi 50 años (uf...) y nunca he podido ser español. No me han dejado los nacionalistas, ni los socialistas, ni los del PP, ni los de Izquierda Unida. En la Constitución Española hay cláusulas, letras pequeñas que mantienen desequilibrios flagrantes, injusticias históricas, desprecios manifiestos hacia una gran parte de mi Nación. Los tribunales no tienen vendas en los ojos, sino microscopios de alta precisión. La prensa, el Periodismo, es desde hace décadas un apéndice de los partidos políticos mejor organizados.

Siento que pronto llegaré al fin de mis días y que no habré podido realizar el sueño de Ortega y Gasset: llegar a ser español. Porque para ello debo sentir, saber, constatar que vivo en una Nación libre, en la que mi voto vale lo mismo que el de un vasco o un catalán; que mi Nación recauda los mismos impuestos en Sevilla que en Pamplona; que con mis impuestos no se va a premiar a los ejecutivos de la Banca que nos llevaron al Desastre; que puedo votar a representantes que conozca -aunque sea de oídas- sin someterme al hermetismo de las listas cerradas.

Los sindicatos y los partidos, en efecto, no me representan; pero no porque no me fíe de sus intenciones, sino porque, al estar instalados en el Poder desde hace tantos años, son un organismo al margen del devenir social real. Un buen día, la Vida se abrió paso al margen de éstos que negocian por mí en Bruselas tan torpemente. No siento que sintamos lo mismo. No me siento comprendido cuando deposito mi trozo de papel impreso en una urna. Sé, cada vez que voy a votar, que voy a morir sin ser español. Lo sé. Lo siento en mis entrañas, y me recorre una pena caliente, mezcla de reproche y cansancio.

No somos franceses; ni alemanes; ni polacos. Pero tampoco somos españoles: no alcanzamos a serlo. No nos dejan serlo. Y no nos dejan alcanzar a ser españoles precisamente desde el Poder. Desde el Poder Legislativo no me dejan ser español; desde el Ejecutivo, menos aún; y no digamos ya desde el Judicial! Un sistema parlamentario trasnochado y lento, lleno de injusticias y desmanes, paraliza mi querencia, mi ansiedad vital por alcanzarme a mí mismo en mi españolidad!

Indignado? Confundido? Atrapado en una mole de mármol inmóvil? ...No sé cómo definir mis sensaciones cuando veo a las señoras mayores que abren el tupper con tortilla en las manifestaciones del 15 M; a los arquitectos de 40 años que han cerrado el estudio y se han echado a acampar con los demás; a los postuniversitarios de barba negra y florida como Carlomagno, que hablan con la serenidad de la resignación a los frívolos medios de comunicación para intentar expresar qué es lo que no quieren.

No sé qué me hace despertarme a las 5 de la mañana despotricando contra la Universidad y los centros de enseñanza, amenazante, profético, despeinado, advirtiéndoles de que van a ser los siguientes. Los siguientes? Es que acaso se ha conseguido algo antes?

No sé qué ocurrirá; sólo sé que aún no soy español. Y por más que no me quieran creer mis amigos portugueses, ingleses o italianos cuando se lo cuento, sé que moriré sin llegar a ser español; porque no me lo han permitido nunca en mi país.

jueves, 2 de junio de 2011

Rubatero, Zapalcaba


Me cae bien Rubalcaba, no lo puedo negar. Me da la pinta de hombre de mundo, listo y con un sentido del humor profundamente desarrollado. No lo niego: me cae bien. Lo distingo claramente de Zapatero, ese hombre deshuesado cuyos trajes, siempre grandes, dejan ver a las claras que, como Agilulfo (el héroe de la novela de Calvino), no hay nadie dentro de él.

Los distingo aún a los dos; por la expresión de la cara: mientras que Zapatero permanece siempre en un rictus de hombre congelado por una glaciación repentina, Rubalcaba defiende su mentón mientras habla, agachando la testa como Lady Di, pero con la expresión prevenida de un Provincial de los Jesuitas que escuchara, escéptico, a un prelado del Opus Dei.

Zapatero fragmenta los discursos; sus pausas dentro de la sintaxis despiezan la información que pretende estar dando y llenan el púlpito de alas implumes, de molleja y vísceras vertidas, de muslos con la piel erizada, de pechugas atadas por la piel; de piezas descoyuntadas, inconexas, que, con mucho trabajo y echando mano de la Gestalt que todos llevamos dentro, aún dejan ver un pollo.

Rubalcaba tiene, usa, maneja una sintaxis enérgica, una imagen contundente; su velocidad de articulación permite agolpar los conceptos en un carnaval barroco de yuxtaposiciones potentes; cántabro, químico, rápido, esdrújulo.

Mi Gobierno (soy español, de momento) se está fundiendo como lo harían los temas comerciales en manos de un experto diyei (dj, para los más jóvenes; disc jockey, para los puristas; pinchadiscos, para los nostálgicos): una canción se está acabando, y en sus compases finales se mezcla con la siguiente; y, por unos segundos, emerge un cataclismo de tonalidades, pulsos y timbres que nos hace desear que se acabe ya de instaurar el nuevo corte para continuar el baile sin necesidad de detener la propia voluntad que nos hace bailar.

Zapatero se calvifica, condensa su discurso; Rubalcaba se estira y añade a su mirada una indefensión de alumna teresiana. Zapatero empieza a bajar el mentón y a unir las manos al hablar; Rubalcaba comienza a volcarse de pierna a pierna, un vuelco cada período de frase.

Zapatero se rubalquiza; Rubalcaba se zapatea. Ambos han asistido, impertérritos, al derroche sobrehumano que esquilmó las arcas del Estado, a la negación de la crisis denunciada por todos, a la resurrección de una ETA agonizante.

Rubatero se zabalquiza; Zapalcaba se rubatiene. Los dos han permitido que las constructoras nos desfonden, que los bancos nos esquilmen; ambos, fundidos en un crisol de debilidad, han premiado a los banqueros y animado después a los del ladrillo; han conseguido que la imagen de España sea cada día un punto más pequeño en el horizonte del olvido.

Rubatero se zapaltea; Zapalcaba se rubaturba. Ambos han bebido chacolí con los estomagantes de Sortu, con los hiperpaletos de Bildu; ambos han alentado a los jueces del terror a abrir las compuertas de la escoria, y ahora se empiezan a aterrorizar de la que se nos vendrá encima a los demás.

Rubatero? Zapalcaba? No veo ahora los límites de uno y los contornos del otro. Dos enormidades de Poder; dos caras de un Jano de parálisis; Pajín, Pajín, sigues ahí? Miembros y miembras, hombres y hombras... Sí: está; están los mismos; siempre están ellos y ellas; siempre Pajín; siempre Pepiño; siempre Chaves con su espanto.

El quince eme somos nosotros: Zapalcaba y Rubatero; Rubatero y Zapalcaba. España aguanta lo que le echen! Pueden con todo, estos españoles! Zapateémoslos! Rubalcabemos con ellos! A las zapatiestas! A las rubaldrías! Uuuuuh! Nadie sospechará que somos la misma dentadura, el mismo fungi-fungi, el mismo rechinar de dientes! A las urnas! A las casas! Zapalcaba! Rubatero! Rubicante! Zapalmundio! Zapachinche! Rubillanto! Zapatín! Rubín! ...Chimpún!