Lo que conocemos como Italia no es sólo el contorno caprichoso en forma de bota, rodeado de aguas mediterráneas y recortado por unas fronteras al norte con Francia, Suiza, Austria y Eslovenia; ni podemos llamarla Italia porque nos sigan llegando noticias rocambolescas de Berlusconi, ese güisquero cada día más parecido al inolvidable Al Capone de Robert de Niro en Los Intocables de Eliot Ness. Italia, aunque hubiera sido destruida por el terremoto más terrible de la Historia; aunque sus palacios asombrosos, sus iglesias bellísimas, sus ruinas romanas erguidas hubieran sido destrozadas y diseminadas en un marasmo de piedras indefinibles; aunque sus obras de Arte inigualables y sus extraordinarios teatros hubieran desaparecido, aún podría seguir siendo llamada Italia. Sencillamente porque, pese a los cientos de miles de muertos, aún conservaría el concepto de Estado y, cómo no (y pese a perder para los restos esa cúpula de Miguel Ángel), la integridad conceptual de la Iglesia Católica.
Pero si Italia, con toda su Historia a cuestas (que, gracias al Derecho Romano, es nuestra Historia: la de Occidente), y manteniendo sus calles abiertas, sus fuentes barrocas, sus tiendas de moda y su gastronomía, siguiera por esa línea triste por la que marcha desde hace décadas y acabara borrando las lindes del Estado y las sustituyera definitivamente por las leyes de la Maffia y la Camorra; si Italia abandonara su orgullo por acoger dentro de sí al Estado Vaticano -que tanto interés tiene por seguir siendo víscera animada del Lacio-, Italia no tendría derecho a tener nombre propio. Sin Estado, sin Iglesia (es decir: sin contrato social y sin miedos organizados), caería de lleno en la ley de la selva, convirtiéndose, de facto, en un territorio prenominal (de pre-nomos; en el sentido lato del término: anterior a las normas morales o políticas).
Lo primero que me llamó la atención del espantoso terremoto que ha sufrido lo que se conoció como Haití fue, además del horror de la muerte y el espanto de aquéllos que han sobrevivido, que los edificios del Parlamento y la Catedral habían sido destruidos absolutamente. Los haitianos, además de haber sufrido la muerte repentina de entre doscientos y trescientos mil compatriotas; además de haber perdido sus casas y sus pobres enseres; además de encontrar destrozados sus puentes, sus carreteras, su aeropuerto y sus pocos hospitales, se han quedado sin Gobierno y sin Iglesia. No hablo figuradamente; digo que físicamente han perdido su Parlamento y su iglesia Catedral. El Presidente del Gobierno haitiano se ha librado por los pelos; y nada sabemos de sus autoridades eclesiales. Cientos de políticos han desaparecido bajo los escombros, y el Estado haitiano ha sido descabezado por un temblor de tierra brutal. No hay autoridades políticas; no hay gobierno provisional. Sólo hay espanto, sed, saqueos y cadáveres en descomposición.
España, con su relajadísima política colonial, permitió que en las calas de La Española se instalaran bucaneros, filibusteros y piratas de todo jaez, principalmente franceses. Luego, Francia exigió que esas poblaciones de habla francesa (todas ellas dependientes de la piratería y el contrabando) tenían derecho a declararse ciudadanos franceses. España cedió a Francia el territorio en un tratado. Luego, los esclavistas franceses llenaron la isla de africanos, y los machacaron como sólo lo saben hacer los franceses; y, claro, los esclavos acabaron rebelándose. Finalmente, hace doscientos años, tras una guerra sangrienta, los esclavos proclamaron su independencia de Francia y crearon el Estado de Haití, que ha sido paradigma de desorganización, crueldad entre ellos mismos y espantos dictatoriales hasta antesdeayer.
En los últimos 60 años, los haitianos han acabado con la casi totalidad de sus bosques, dejando el territorio prácticamente desertificado; las lluvias terroríficas de hace pocos años han sido una consecuencia de esta deforestación inusitada. Y la debilidad del terreno, a costa de este desastre natural, ha multiplicado las consecuencias del terremoto. En definitiva: una cadena de catástrofes que podían haberse minimizado de haber tenido un plan de vida, una organización política mínima.
Pero no ha sido así. Ahora, hay trescientos mil cadáveres sin nombre, cuya memoria desaparecerá cuando mueran aquellos que los recuerdan, pues no hay un Estado que organice un censo. No hay siquiera una Iglesia que escriba sobre pequeñas cruces de madera los afrancesados nombres de los muertos; ni siquiera hay madera para hacer cruces. Los haitianos que han muerto no podrán ser recordados por sus nombres; ni siquiera podrán estar oficialmente muertos, pues no hay un organismo que pueda dar fe de la propia desgracia; no existe ya un órgano administrativo que pueda asegurar que ya no están entre los vivos.
Haití creó el concepto de zombi, con esa práctica cruel que consistía en hacer pasar por muerto a quien tan sólo está envenenado, con el fin de desenterrarlo la misma noche de su entierro y volverlo a la vida: a la vida física, claro, pues las funciones cerebrales quedaban destrozadas para los restos. Estos pobres desgraciados, estos zombis auténticos, eran utilizados como mulas de carga en las plantaciones, anulada su voluntad y alejados de sus familias. A veces, alguno escapaba involuntariamente y se descubría la artimaña. Ahora, los supervivientes a la catástrofe, vagan como zombis entre los escombros, en estado de shock y sin saber hacia dónde dirigir sus pasos, pues no hay un lugar que pueda mejorar su condición; ni siquiera la muerte, porque morir –allí, hoy- no garantiza la propia desaparición, ya que para morir de verdad hace falta tener un Estado; o, al menos, una religión organizada.
Los Estados Unidos han enviado tropas, pese a Francia y sus paños calientes. Ojalá, cuando comiencen las reuniones al más alto nivel para decidir qué hay que hacer en la parte occidental de la isla destrozada (no me atrevo a llamarla Haití), además de enviar medicinas, alimentos, mantas, y luego arquitectos, ingenieros, médicos y organizadores sociales, decidan dotar a los pobres supervivientes de un Estado; la Iglesia sobra, desde mi punto de vista, y no sería un mal experimento que desapareciera institucionalmente; pero el Estado… El Estado es lo único que permite conocer a los territorios por su nombre propio. Haití deberá ser renombrada. Porque Haití, desde el 12 de enero de este año 2010, no tiene Estado; y, por lo tanto, Haití no tiene nombre.
Eduardo Maestre.
miércoles, 20 de enero de 2010
lunes, 11 de enero de 2010
Matadme ya, por Alá!
Hace unos pocos años, atravesar el aeropuerto de Heathrow era ya una pesadilla: controles constantes; cámaras que conseguían fotografiarte con aspecto carcelario; cinturones fuera, cinturones dentro; monedas, reloj, móvil para arriba; monedas, reloj, móvil para abajo…
Se recrudeció, sin embargo, hace ahora un año; y en el mismo aeropuerto de San Pablo, el de Sevilla, me echaron para atrás un bote de fijador. Tan tajante fue la comedieta que viví, con una mujer policía como partenaire, que ella misma me recomendó echar un pegote de fijador en una servilleta del bar del aeropuerto y guardar el engrudo, a fin de poder peinarme cuando llegara a mi destino a media mañana. Y allá fui yo, volando sobre la piel de España, con un pegote de Giorgi Extra Fuerte enfangando tres servilletas superpuestas, dentro de mi neceser, amenazando con pringar todo mi equipaje. Por fortuna, y gracias a que la mujer policía se quedó mi bote de fijador nuevo y enterito, el avión se libró de estallar en pleno vuelo.
Ahora, gracias al enfermo mental que intentaba meterse fuego en las babuchas para destruir el mundo, ese grandísimo hijo de puta cuyo inquietante nombre es Tarik Raja, las cosas se han puesto de un color caoba insufrible. Ya se frotan las manos los fabricantes de escáneres con Rayos X, y hay que limpiarles la baba que anega las mesas de sus despachos, pues ven venir mugiendo las vacas gordas desde Sri Lanka. Nos van a desnudar sin quitarnos la ropa; vamos a mostrar las mollas para nuestra vergüenza; y además, habrá que renunciar a llevar vinos, botes de perfume, el indispensable fijador para los que tenemos el pelo de los cinco Jackson Five juntos; hay que decir adiós a las cremas de queso o a cualquier producto líquido o untuoso. Ítem más: habrá igualmente que deshacerse por unos momentos de las monedas, el móvil, las llaves, las gafas, el riñón artificial, la prótesis de cadera y, si uno forma parte del equipo directivo de la Delegación Cultura de la Junta de Andalucía, el alargador de pene.
Merece la pena este calvario? Porque lo que está claro es que Occidente no se va a convertir al Islam de hoy para mañana, pese a la política sacrificial de Zapatero (ahora, para nuestro bochorno, Presidente de la Unión Europea: Dios mío, qué vergüenza; ahora sí que vamos a ser la rechifla de Europa!), dispuesto sin arrepentimiento alguno a convertirnos en corderos silenciosos que estiren el gaznate sin poner pegas para celebrar un Ramadán sin límites.
No: no nos vamos a convertir al Islam. Cómo vamos a hacer algo así? Si no somos ni para ir a misa los domingos! Si la Misa del Gallo es ya una cosa de catequistas! Si estamos iniciando el camino a la libertad interior, por fin: cómo vamos a convertirnos al Islam? Porque no debemos olvidar que el objetivo de los fundamentalistas no es otro que ése: o nos convierten, o nos aniquilan. No lo digo yo, sino Alcaeda (disculpen que lo escriba en castellano: la q, seguida de a, no me acaba de cuadrar; especialmente viviendo cerca de Alcalá, habiendo ahorrado de pequeño en una alcancía y pudiendo comprar alcachofas en el mercado de abastos o en la misma Alcaicería).
Y si es evidente que no nos vamos a convertir al Islam, y cada viaje en avión (y pronto en tren; y luego en barco: ya lo verán) va a suponer un suplicio, un retraso de tres horas, un temor constante a ser descubiertos sin tener nada que ocultar; si cada embarque va a suponer decir adiós a mis afeites, a mis vinos, a mis quesos de pasta blanda; si además de convertirme en un nuevo Houdini (quítate el cinturón sin soltar el abrigo, póntelo, vuélvetelo a quitar, pon ahí tus objetos, corre, que se va la bandeja, dónde cojones están mis gafas), tengo que acabar enseñando mis vergüenzas a tres funcionarios uniformados, pues qué quieren que les diga: prefiero correr el riesgo de estallar por los aires.
Aunque, viendo el derrotero que está tomando esta guerra mundial encubierta; y sabiendo –como sé- que todo es susceptible de empeorar, me imagino un futuro inminente en el que subirse a los autubuses urbanos supondrá un suplicio parecido, lleno de pantalones cayéndose y mollas a la vista de todos; coger el Metro (aunque sea el de Sevilla, que es como el de los clicks de Famóbil) para ir desde Mairena del Aljarafe hasta Plaza de Cuba supondrá un calvario de tres horas como sospechoso habitual y trece minutos de recorrido real. Las empresas de seguridad fomentarán la construcción de mezquitas, y desplazarse será un martirio que ríase usted del de San Sebastián; empezarán a crearse movimientos sociales que decidan ir desnudos para tardar menos en sus desplazamientos, y empresas que alquilarán capotes grandes que los usuarios más pudibundos dejarán a pie de autobús; las farmacéuticas desarrollarán unos medicamentos que nos harán más resistentes a los nocivos efectos de los Rayos X, y las muertes producidas por los terroristas islámicos se aceptarán como se aceptan hoy los accidentes de tráfico.
No quiero vivir así, de rodillas, enseñando mis partes nobles, abandonando mi fijador y mis botellas de rioja a la rapiña de los funcionarios de los aeropuertos; no quiero vivir con tanto miedo a estos enfermos mentales que ocultan el cuerpo y castran la espontaneidad de sus mujeres. Prefiero, hasta que estallen las próximas babuchas conectadas a un explosivo, vivir en libertad. Y si en pleno corazón de Occidente ya no se puede aspirar a eso, desde este momento les grito a estos desgraciados que acaben ya conmigo.
Matadme ya, por Alá!
Eduardo Maestre.
Se recrudeció, sin embargo, hace ahora un año; y en el mismo aeropuerto de San Pablo, el de Sevilla, me echaron para atrás un bote de fijador. Tan tajante fue la comedieta que viví, con una mujer policía como partenaire, que ella misma me recomendó echar un pegote de fijador en una servilleta del bar del aeropuerto y guardar el engrudo, a fin de poder peinarme cuando llegara a mi destino a media mañana. Y allá fui yo, volando sobre la piel de España, con un pegote de Giorgi Extra Fuerte enfangando tres servilletas superpuestas, dentro de mi neceser, amenazando con pringar todo mi equipaje. Por fortuna, y gracias a que la mujer policía se quedó mi bote de fijador nuevo y enterito, el avión se libró de estallar en pleno vuelo.
Ahora, gracias al enfermo mental que intentaba meterse fuego en las babuchas para destruir el mundo, ese grandísimo hijo de puta cuyo inquietante nombre es Tarik Raja, las cosas se han puesto de un color caoba insufrible. Ya se frotan las manos los fabricantes de escáneres con Rayos X, y hay que limpiarles la baba que anega las mesas de sus despachos, pues ven venir mugiendo las vacas gordas desde Sri Lanka. Nos van a desnudar sin quitarnos la ropa; vamos a mostrar las mollas para nuestra vergüenza; y además, habrá que renunciar a llevar vinos, botes de perfume, el indispensable fijador para los que tenemos el pelo de los cinco Jackson Five juntos; hay que decir adiós a las cremas de queso o a cualquier producto líquido o untuoso. Ítem más: habrá igualmente que deshacerse por unos momentos de las monedas, el móvil, las llaves, las gafas, el riñón artificial, la prótesis de cadera y, si uno forma parte del equipo directivo de la Delegación Cultura de la Junta de Andalucía, el alargador de pene.
Merece la pena este calvario? Porque lo que está claro es que Occidente no se va a convertir al Islam de hoy para mañana, pese a la política sacrificial de Zapatero (ahora, para nuestro bochorno, Presidente de la Unión Europea: Dios mío, qué vergüenza; ahora sí que vamos a ser la rechifla de Europa!), dispuesto sin arrepentimiento alguno a convertirnos en corderos silenciosos que estiren el gaznate sin poner pegas para celebrar un Ramadán sin límites.
No: no nos vamos a convertir al Islam. Cómo vamos a hacer algo así? Si no somos ni para ir a misa los domingos! Si la Misa del Gallo es ya una cosa de catequistas! Si estamos iniciando el camino a la libertad interior, por fin: cómo vamos a convertirnos al Islam? Porque no debemos olvidar que el objetivo de los fundamentalistas no es otro que ése: o nos convierten, o nos aniquilan. No lo digo yo, sino Alcaeda (disculpen que lo escriba en castellano: la q, seguida de a, no me acaba de cuadrar; especialmente viviendo cerca de Alcalá, habiendo ahorrado de pequeño en una alcancía y pudiendo comprar alcachofas en el mercado de abastos o en la misma Alcaicería).
Y si es evidente que no nos vamos a convertir al Islam, y cada viaje en avión (y pronto en tren; y luego en barco: ya lo verán) va a suponer un suplicio, un retraso de tres horas, un temor constante a ser descubiertos sin tener nada que ocultar; si cada embarque va a suponer decir adiós a mis afeites, a mis vinos, a mis quesos de pasta blanda; si además de convertirme en un nuevo Houdini (quítate el cinturón sin soltar el abrigo, póntelo, vuélvetelo a quitar, pon ahí tus objetos, corre, que se va la bandeja, dónde cojones están mis gafas), tengo que acabar enseñando mis vergüenzas a tres funcionarios uniformados, pues qué quieren que les diga: prefiero correr el riesgo de estallar por los aires.
Aunque, viendo el derrotero que está tomando esta guerra mundial encubierta; y sabiendo –como sé- que todo es susceptible de empeorar, me imagino un futuro inminente en el que subirse a los autubuses urbanos supondrá un suplicio parecido, lleno de pantalones cayéndose y mollas a la vista de todos; coger el Metro (aunque sea el de Sevilla, que es como el de los clicks de Famóbil) para ir desde Mairena del Aljarafe hasta Plaza de Cuba supondrá un calvario de tres horas como sospechoso habitual y trece minutos de recorrido real. Las empresas de seguridad fomentarán la construcción de mezquitas, y desplazarse será un martirio que ríase usted del de San Sebastián; empezarán a crearse movimientos sociales que decidan ir desnudos para tardar menos en sus desplazamientos, y empresas que alquilarán capotes grandes que los usuarios más pudibundos dejarán a pie de autobús; las farmacéuticas desarrollarán unos medicamentos que nos harán más resistentes a los nocivos efectos de los Rayos X, y las muertes producidas por los terroristas islámicos se aceptarán como se aceptan hoy los accidentes de tráfico.
No quiero vivir así, de rodillas, enseñando mis partes nobles, abandonando mi fijador y mis botellas de rioja a la rapiña de los funcionarios de los aeropuertos; no quiero vivir con tanto miedo a estos enfermos mentales que ocultan el cuerpo y castran la espontaneidad de sus mujeres. Prefiero, hasta que estallen las próximas babuchas conectadas a un explosivo, vivir en libertad. Y si en pleno corazón de Occidente ya no se puede aspirar a eso, desde este momento les grito a estos desgraciados que acaben ya conmigo.
Matadme ya, por Alá!
Eduardo Maestre.
martes, 13 de octubre de 2009
Nos lo merecemos.
Desde el salta la reja, almonteño de Carrero Blanco, hace ya... buf... casi cuarenta años, vengo siendo bombardeado -nunca mejor dicho- con los crímenes de ETA. Toda mi vida, casi, he sido obligado a contemplar -a diario- la carrera desquiciante de ese reducto españolísimo que se echó a perder a finales de los sesenta como se echa a perder el que entra en una secta, se pone una túnica celeste y se cree a pies juntillas que vendrán de Saturno a recogerlo media hora antes del Apocalipsis: me refiero al País Vasco.
He escrito que son españolísimos porque son los únicos españoles que ya estaban aquí antes de los fenicios y de los romanos; de los árabes y de los godos; antes de los Austrias y de los Borbones. Fueron la columna vertebral de las guerras carlistas (más españoles, imposible) y los creadores de los requetés, poco después tan afectos al Franquismo. Sin ir más lejos, Sabino Arana, carlista acérrimo, evolucionó dos pasos esta ideología y fundó el PNV con sus despojos. La ikurriña no es otra cosa que una mezcla de la cruz carlista con la bandera del Reino Unido, nación tan querida por los vascos a finales del XIX.
Decía que llevo toda la vida escuchando hablar de una región enferma, cuyos virus esporádicamente han matado, en estas últimas décadas, a un millar de personas, la mayoría de ellas ajenas a los devaneos de la secta etarra. Conozco sus argucias, sus devaneos a la hora de condenar cada atentado; reconozco la estética carcelaria abertzale, con esos pelados broncos sin flequillo, como de refugiados esperando a Sión; capto enseguida esos silencios repentinos al entrar en un bar de Guipúzcoa; me repugna esa actitud pedante que cada comunicado independentista ha tenido estos últimos treinta años, pedantería imbuida de la seriedad que le confiere -claro!- una pistola encima de la mesa.
He visto furgonetas de la Guardia Civil ardiendo; cuerpos destrozados derramándose por las calles de Bilbao; autobuses calcinados a diario; cajeros automáticos ennegrecidos; secuestrados recién puestos en libertad, expuestos a la luz del día y al terror de la propia supervivencia tras meses de tortura; edificios destruidos; negocios esquilmados; exiliados vascos renegando de su patria chica; políticos acobardados; policías resignados; jueces dejando inexplicablemente en libertad a asesinos confesos; víctimas andaluzas; viudas extremeñas; huérfanos castellanos; funerales madrileños; lendakaris con cara de póker dejándose rozar la cara por los pies de un espatadantzari vestido de blanco impoluto, sabiéndose, ambos, a salvo de peligro.
Llevo cuarenta años, casi, escuchando lo enfermo que está el País Vasco; viendo la enfermedad en la cara de sus representantes políticos; reconociendo la psicosis en el gesto de los lendakaris, la enfermedad en el rostro de sus parlamentarios, el dolor en el de las víctimas -silenciadas desde la máquina del PNV.
Llevamos casi cuarenta años (como con Franco se llevaron mis padres) sometidos a un bombardeo de información diario acerca de los vaivenes emocionales de un grupo de ultracatetos con megaboinas. Y ahora que parecen estar mejorándose las cosas, no hay ni una noticia de los vascos.
Joder! Pues me encantaría saber algo del enfermo! La verdad es que me interesa su salud: si resulta que después de 36 años por fin se le aplica la única medicina (la Democracia verdadera) que puede sacarle del cretinismo profundo al que ha estado sometido, me encantaría tener noticias suyas! Sobre todo porque le estamos pagando el tratamiento desde hace cuatro décadas sin que se le haya aplicado hasta ahora! Y no sólo lo hemos pagado con nuestros impuestos, sino también -y sobre todo- con nuestras lágrimas y con la sangre de nuestros familiares, de nuestros policías, nuestros guardias civiles, militares, políticos y demás gente de a pie; con nuestras lágrimas y nuestra rabia contenida. Y con nuestras manos, ya para siempre blancas desde Miguel Ángel Blanco hasta hoy.
Tenemos derecho a ser bombardeados ahora con un millar de partes médicos en donde se nos cuente cómo anda el enfermo. Estamos en condiciones de exigírselo a los medios de comunicación. Creo que nos lo merecemos.
He escrito que son españolísimos porque son los únicos españoles que ya estaban aquí antes de los fenicios y de los romanos; de los árabes y de los godos; antes de los Austrias y de los Borbones. Fueron la columna vertebral de las guerras carlistas (más españoles, imposible) y los creadores de los requetés, poco después tan afectos al Franquismo. Sin ir más lejos, Sabino Arana, carlista acérrimo, evolucionó dos pasos esta ideología y fundó el PNV con sus despojos. La ikurriña no es otra cosa que una mezcla de la cruz carlista con la bandera del Reino Unido, nación tan querida por los vascos a finales del XIX.
Decía que llevo toda la vida escuchando hablar de una región enferma, cuyos virus esporádicamente han matado, en estas últimas décadas, a un millar de personas, la mayoría de ellas ajenas a los devaneos de la secta etarra. Conozco sus argucias, sus devaneos a la hora de condenar cada atentado; reconozco la estética carcelaria abertzale, con esos pelados broncos sin flequillo, como de refugiados esperando a Sión; capto enseguida esos silencios repentinos al entrar en un bar de Guipúzcoa; me repugna esa actitud pedante que cada comunicado independentista ha tenido estos últimos treinta años, pedantería imbuida de la seriedad que le confiere -claro!- una pistola encima de la mesa.
He visto furgonetas de la Guardia Civil ardiendo; cuerpos destrozados derramándose por las calles de Bilbao; autobuses calcinados a diario; cajeros automáticos ennegrecidos; secuestrados recién puestos en libertad, expuestos a la luz del día y al terror de la propia supervivencia tras meses de tortura; edificios destruidos; negocios esquilmados; exiliados vascos renegando de su patria chica; políticos acobardados; policías resignados; jueces dejando inexplicablemente en libertad a asesinos confesos; víctimas andaluzas; viudas extremeñas; huérfanos castellanos; funerales madrileños; lendakaris con cara de póker dejándose rozar la cara por los pies de un espatadantzari vestido de blanco impoluto, sabiéndose, ambos, a salvo de peligro.
Llevo cuarenta años, casi, escuchando lo enfermo que está el País Vasco; viendo la enfermedad en la cara de sus representantes políticos; reconociendo la psicosis en el gesto de los lendakaris, la enfermedad en el rostro de sus parlamentarios, el dolor en el de las víctimas -silenciadas desde la máquina del PNV.
Llevamos casi cuarenta años (como con Franco se llevaron mis padres) sometidos a un bombardeo de información diario acerca de los vaivenes emocionales de un grupo de ultracatetos con megaboinas. Y ahora que parecen estar mejorándose las cosas, no hay ni una noticia de los vascos.
Joder! Pues me encantaría saber algo del enfermo! La verdad es que me interesa su salud: si resulta que después de 36 años por fin se le aplica la única medicina (la Democracia verdadera) que puede sacarle del cretinismo profundo al que ha estado sometido, me encantaría tener noticias suyas! Sobre todo porque le estamos pagando el tratamiento desde hace cuatro décadas sin que se le haya aplicado hasta ahora! Y no sólo lo hemos pagado con nuestros impuestos, sino también -y sobre todo- con nuestras lágrimas y con la sangre de nuestros familiares, de nuestros policías, nuestros guardias civiles, militares, políticos y demás gente de a pie; con nuestras lágrimas y nuestra rabia contenida. Y con nuestras manos, ya para siempre blancas desde Miguel Ángel Blanco hasta hoy.
Tenemos derecho a ser bombardeados ahora con un millar de partes médicos en donde se nos cuente cómo anda el enfermo. Estamos en condiciones de exigírselo a los medios de comunicación. Creo que nos lo merecemos.
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Pago yo.
Es evidente que la mayoría de nosotros estamos fuera del foro en el que se cuecen los dineros. No me refiero a los dineros que resultan de montar un negocio de trajes de novia o abrir un restaurante; ni siquiera a los pingües beneficios que supone dedicarse al pop -aún- bajo los auspicios, claro, de alguna discográfica internacional (que ya son dineros). No. Los dineros de los que hablo son los que se derivan de las grandes operaciones comerciales; aquéllos cuyas cifras se me antojan astronómicas: los de las petroleras; los de los grandes bancos; los que se manejan con la connivencia de los despachos estatales. De esos foros, digo, estamos excluidos la mayoría de los mortales.
Hace unos pocos años -cuatro o cinco- las bolsas marcaban máximos históricos cada diez días; las constructoras, con la aquiescencia de los ayuntamientos, no daban abasto; se construía hasta encima del agua. Yo he conocido a más de un albañil que estaba ingresando, de tanto trabajo que había, seis mil y hasta ocho mil euros mensuales (en su mayor parte, en dinero negro); me preguntaba cuánto cobraría entonces un capataz; y, sobre todo, qué beneficios tendrían los constructores. E imaginando la sideral cifra de estos dineros cósmicos, tutelados por los bancos, me aterrorizaba apocalípticamente cuando pensaba en el volumen de negocios bursátiles que estaríamos alcanzando, la mayoría de ellos cocinados desde la rama cabalística hipercafeinada que supone el acorbatado gremio de los brokers.
Llovió algo más de lo esperado, un arroyito corrió insistentemente entre los pies de barro del Golem hipertrófico en que se había convertido la economía occidental, y éstos se quebraron, dando al traste con el monstruo. El 11 de Septiembre de 2008 (día fatídico, y de nuevo en Yankilandia) quebró el banco Lehmann Brothers, símbolo de estas dudosas y oscuras ingenierías paraeconómicas, jodiendo la economía mundial en pocas semanas. Lo demás, ya lo saben ustedes: quiebras en cadena; cierre masivo de empresas y negocios (pequeños y medianos, que son los verdaderamente fundamentales); descenso en picado del consumo; y destrucción masiva de puestos de trabajo.
Aquí, en España, nuestro particular folclore coloreó la situación otorgándole tintes de verbena. El Gobierno, tras negar la evidencia durante meses, reaccionó tarde y mal. Cuando lo hizo, fue a través de inyecciones brutales de capital (nuestro capital) a los bancos y cajas, principales responsables de la crisis; y luego, perdonando y condonando a las constructoras, y contratando a mansalva a los otros corresponsables e instaurando el tristísimo Plan E, que consiste en abrir zanjas por las mañanas para volverlas a cerrar por las tardes, convirtiendo a cada albañil en una insospechada Penélope, esperando a un Ulises que no llegará jamás.
Y una vez invertida -y esquilmada- una parte importante de las arcas del Estado en salvar de la quema a los bancos y a las constructoras (los verdaderos malos de la película), nuestro Gobierno decide que los dineros que les faltan para cuadrar el balance de esta ruina, provocada por su imprevisión y su debilidad, los va a sacar subiéndonos los impuestos a los que nada hemos tenido que ver con estas prácticas -los excluidos de los grandes beneficios- hasta cifras leoninas. Yo ya pago el 25% de mi sueldo en impuestos directos; pago impuestos indirectos por haber llenado el depósito de gasoil de mi coche para ir a trabajar, durante años, de una ciudad a otra; y por fumador (que lo he dejado hace mes y medio), he pagado millones en impuestos; y por vivir en Sevilla, la Ciudad de los Impuestos; y por tener un coche viejo; y por ser propietario (jajajaja... Propietario!) de un piso pequeño. En definitiva: pago impuestos por vivir.
Pero, por lo que se ve, no han sido suficientes los impuestos que he pagado; no hemos contribuido lo necesario como para que el Estado creara y mantuviera un cuerpo específico de vigilancia que nos defendiera de los grupos macroeconómicos y sus piratas; una Policía Económica que nos salvaguardara de los desmanes de la Banca, las constructoras y los tahúres de la Bolsa, cuya lujuria desenfrenada, tras permitirles amasar fortunas cósmicas, cifras irreales, nos ha sumido a todos en esta tristeza de pequeños locales de barrio cerrados y colas soviéticas ante las puertas del INEM.
Ahora, además de pagarles a estos cabrones la juerga, la coca, las putas y el champán, hay que pagarles la resaca y el ibuprofeno. No importa; guárdense sus carteras, queridos especuladores: pago yo.
Hace unos pocos años -cuatro o cinco- las bolsas marcaban máximos históricos cada diez días; las constructoras, con la aquiescencia de los ayuntamientos, no daban abasto; se construía hasta encima del agua. Yo he conocido a más de un albañil que estaba ingresando, de tanto trabajo que había, seis mil y hasta ocho mil euros mensuales (en su mayor parte, en dinero negro); me preguntaba cuánto cobraría entonces un capataz; y, sobre todo, qué beneficios tendrían los constructores. E imaginando la sideral cifra de estos dineros cósmicos, tutelados por los bancos, me aterrorizaba apocalípticamente cuando pensaba en el volumen de negocios bursátiles que estaríamos alcanzando, la mayoría de ellos cocinados desde la rama cabalística hipercafeinada que supone el acorbatado gremio de los brokers.
Llovió algo más de lo esperado, un arroyito corrió insistentemente entre los pies de barro del Golem hipertrófico en que se había convertido la economía occidental, y éstos se quebraron, dando al traste con el monstruo. El 11 de Septiembre de 2008 (día fatídico, y de nuevo en Yankilandia) quebró el banco Lehmann Brothers, símbolo de estas dudosas y oscuras ingenierías paraeconómicas, jodiendo la economía mundial en pocas semanas. Lo demás, ya lo saben ustedes: quiebras en cadena; cierre masivo de empresas y negocios (pequeños y medianos, que son los verdaderamente fundamentales); descenso en picado del consumo; y destrucción masiva de puestos de trabajo.
Aquí, en España, nuestro particular folclore coloreó la situación otorgándole tintes de verbena. El Gobierno, tras negar la evidencia durante meses, reaccionó tarde y mal. Cuando lo hizo, fue a través de inyecciones brutales de capital (nuestro capital) a los bancos y cajas, principales responsables de la crisis; y luego, perdonando y condonando a las constructoras, y contratando a mansalva a los otros corresponsables e instaurando el tristísimo Plan E, que consiste en abrir zanjas por las mañanas para volverlas a cerrar por las tardes, convirtiendo a cada albañil en una insospechada Penélope, esperando a un Ulises que no llegará jamás.
Y una vez invertida -y esquilmada- una parte importante de las arcas del Estado en salvar de la quema a los bancos y a las constructoras (los verdaderos malos de la película), nuestro Gobierno decide que los dineros que les faltan para cuadrar el balance de esta ruina, provocada por su imprevisión y su debilidad, los va a sacar subiéndonos los impuestos a los que nada hemos tenido que ver con estas prácticas -los excluidos de los grandes beneficios- hasta cifras leoninas. Yo ya pago el 25% de mi sueldo en impuestos directos; pago impuestos indirectos por haber llenado el depósito de gasoil de mi coche para ir a trabajar, durante años, de una ciudad a otra; y por fumador (que lo he dejado hace mes y medio), he pagado millones en impuestos; y por vivir en Sevilla, la Ciudad de los Impuestos; y por tener un coche viejo; y por ser propietario (jajajaja... Propietario!) de un piso pequeño. En definitiva: pago impuestos por vivir.
Pero, por lo que se ve, no han sido suficientes los impuestos que he pagado; no hemos contribuido lo necesario como para que el Estado creara y mantuviera un cuerpo específico de vigilancia que nos defendiera de los grupos macroeconómicos y sus piratas; una Policía Económica que nos salvaguardara de los desmanes de la Banca, las constructoras y los tahúres de la Bolsa, cuya lujuria desenfrenada, tras permitirles amasar fortunas cósmicas, cifras irreales, nos ha sumido a todos en esta tristeza de pequeños locales de barrio cerrados y colas soviéticas ante las puertas del INEM.
Ahora, además de pagarles a estos cabrones la juerga, la coca, las putas y el champán, hay que pagarles la resaca y el ibuprofeno. No importa; guárdense sus carteras, queridos especuladores: pago yo.
martes, 8 de septiembre de 2009
Hemos ganado.
Anoche vi un reportaje magnífico del ya modélico programa Documentos TV: La Revolución Sexual en China. Me ha emocionado. Todos esos chinos pasando por la euforia que hace 30 años pasamos los españoles: primero, en la Apertura del Franquismo; y luego, en la Movida de los Ochenta, que no fue otra cosa que sexo, sexo y más sexo, al fin!
Yo considero que Occidente se caracteriza con claridad por unos pocos aspectos: el primero de ellos -pero no el más definitivo- es el sustento de la Democracia como forma -ya natural- de gobernarnos (salvo en el País Vasco hasta hace poco, y en Andalucía desde hace lustros); y en el otro ángulo de la casa, la posibilidad de disfrutar de una libertad sexual que va desde el actual neopuritanismo yankee hasta la absoluta licencia para follar (y gracias sean dadas a los dioses) que tenemos en España.
Los países que no pertenecen a ese extremadamente delicado concepto que es Occidente no son aquéllos cuyos gobiernos no son democráticos; los últimos acontecimientos en Honduras, las filípicas del hermano de Fidel en Cuba, o las manifestaciones andropáusicas del cacique Hugo Chaves son realidades desalentadoras en este sentido. Pero siento a estos países como parte de Occidente, pues en ellos, y pese a la coexistencia paralela de tradiciones más o menos mojigatas, existe una natural libertad sexual: no se oculta el rostro de la mujer; no se las sepulta en vida con un sudario; la mujer tiene libertad de acción y decisión con respecto a su propio cuerpo. Esto es fundamental para distinguir Occidente del resto del planeta.
El maravilloso reportaje que vi anoche acerca de la revolución sexual en China enendió una luz de esperanza en mi cabeza. Si los chinos, que son nada menos que 1.300 millones de seres humanos, han comenzado su imparable liberación sexual (porque tal conquista no hay quien la pare, y no tiene vuelta atrás), está cantado el final del autoritarismo postmaoísta. Con suerte, de aquí a pocos años veremos las primeras elecciones democráticas en el gigante asiático; probablemente sean las últimas como China, antes de su desintegración en países menores, como ocurrió con la Unión Soviética. Pero habrán conquistado su completa libertad.
Desde hace unos años, la tímida apertura política y -sobre todo- la enorme eclosión económica de China me hacía contemplar este país como un aspirante al entorno occidental. Pero desde anoche, y visto lo visto, considero a China, con todas sus rémoras sociales (que acabarán desapareciendo) como Occidente.
Impactado por tal descubrimiento, agarré papel y lápiz y me puse a sumar, con la Wikipedia por delante, los habitantes que conformamos lo que considero Occidente: 803 millones de europeos; 927 millones de americanos; 35 millones de australianos (qué pocos!); 350 millones de exsoviéticos (rusos, georgianos, ucranianos, etc.); 130 millones de japoneses (que son más occidentales que la Reina de Inglaterra)... Y 1.300 millones de chinos! La suma total es de más de 3.500 millones de seres humanos dentro de la órbita occidental. La población mundial, a finales de 2008, era de 6.671 millones de almas. Es decir: en mi cábala y con mis cuentas de la vieja, somos algo más de la mitad del planeta los que nos debatimos con nuestra propia capacidad de elegir; somos ya más de la mitad los que no tenemos más remedio que plantearnos cada día cómo vivir nuestra propia libertad, con toda la complejidad que tal situación nos plantea.
Somos más de la mitad. Un proceso así, es imposible de detener; salvo que haya alguna catástrofe cósmica. Pero si el siglo XXI se desarrolla sin cataclismos que asolen al Género Humano, considero que la guerra contra los fundamentalismos, las atrocidades, los credos castradores y el victorianismo está decidida. La batalla por la capacidad para decidir si uno quiere -o no- ser un infeliz, está decantada.
Para mí, desde que anoche vi esas discotecas chinas, esas fiestas de almohadas de las adolescentes, esos jóvenes chinos reclamando con serena expresión su libertad para cepillarse a -y ser cepillados por- sus compatriotas, la guerra por la Libertad y la Dignidad Humana se ha decantado ya por Occidente.
Para mí, ya hemos ganado.
Yo considero que Occidente se caracteriza con claridad por unos pocos aspectos: el primero de ellos -pero no el más definitivo- es el sustento de la Democracia como forma -ya natural- de gobernarnos (salvo en el País Vasco hasta hace poco, y en Andalucía desde hace lustros); y en el otro ángulo de la casa, la posibilidad de disfrutar de una libertad sexual que va desde el actual neopuritanismo yankee hasta la absoluta licencia para follar (y gracias sean dadas a los dioses) que tenemos en España.
Los países que no pertenecen a ese extremadamente delicado concepto que es Occidente no son aquéllos cuyos gobiernos no son democráticos; los últimos acontecimientos en Honduras, las filípicas del hermano de Fidel en Cuba, o las manifestaciones andropáusicas del cacique Hugo Chaves son realidades desalentadoras en este sentido. Pero siento a estos países como parte de Occidente, pues en ellos, y pese a la coexistencia paralela de tradiciones más o menos mojigatas, existe una natural libertad sexual: no se oculta el rostro de la mujer; no se las sepulta en vida con un sudario; la mujer tiene libertad de acción y decisión con respecto a su propio cuerpo. Esto es fundamental para distinguir Occidente del resto del planeta.
El maravilloso reportaje que vi anoche acerca de la revolución sexual en China enendió una luz de esperanza en mi cabeza. Si los chinos, que son nada menos que 1.300 millones de seres humanos, han comenzado su imparable liberación sexual (porque tal conquista no hay quien la pare, y no tiene vuelta atrás), está cantado el final del autoritarismo postmaoísta. Con suerte, de aquí a pocos años veremos las primeras elecciones democráticas en el gigante asiático; probablemente sean las últimas como China, antes de su desintegración en países menores, como ocurrió con la Unión Soviética. Pero habrán conquistado su completa libertad.
Desde hace unos años, la tímida apertura política y -sobre todo- la enorme eclosión económica de China me hacía contemplar este país como un aspirante al entorno occidental. Pero desde anoche, y visto lo visto, considero a China, con todas sus rémoras sociales (que acabarán desapareciendo) como Occidente.
Impactado por tal descubrimiento, agarré papel y lápiz y me puse a sumar, con la Wikipedia por delante, los habitantes que conformamos lo que considero Occidente: 803 millones de europeos; 927 millones de americanos; 35 millones de australianos (qué pocos!); 350 millones de exsoviéticos (rusos, georgianos, ucranianos, etc.); 130 millones de japoneses (que son más occidentales que la Reina de Inglaterra)... Y 1.300 millones de chinos! La suma total es de más de 3.500 millones de seres humanos dentro de la órbita occidental. La población mundial, a finales de 2008, era de 6.671 millones de almas. Es decir: en mi cábala y con mis cuentas de la vieja, somos algo más de la mitad del planeta los que nos debatimos con nuestra propia capacidad de elegir; somos ya más de la mitad los que no tenemos más remedio que plantearnos cada día cómo vivir nuestra propia libertad, con toda la complejidad que tal situación nos plantea.
Somos más de la mitad. Un proceso así, es imposible de detener; salvo que haya alguna catástrofe cósmica. Pero si el siglo XXI se desarrolla sin cataclismos que asolen al Género Humano, considero que la guerra contra los fundamentalismos, las atrocidades, los credos castradores y el victorianismo está decidida. La batalla por la capacidad para decidir si uno quiere -o no- ser un infeliz, está decantada.
Para mí, desde que anoche vi esas discotecas chinas, esas fiestas de almohadas de las adolescentes, esos jóvenes chinos reclamando con serena expresión su libertad para cepillarse a -y ser cepillados por- sus compatriotas, la guerra por la Libertad y la Dignidad Humana se ha decantado ya por Occidente.
Para mí, ya hemos ganado.
jueves, 27 de agosto de 2009
Un país de performers.

Viendo los sanfermines, y sufriendo el despliegue de medios nacionales e internacionales prestando toda su atención a semejante partida de catetos con chapela; comprobando que se retransmiten en directo, cada mañana, por la televisión pública, las carreras desaforadas de doscientos paletos navarros, periódico en mano, uno se pregunta a quiénes tiene por compatriotas. Pero luego llega la tomatina de Buñol, y uno contempla con estupor cómo 40.000 personas bailan a ciegas en un baño de sangre, rogando a sus convecinos que los rieguen con agua por Dios para quitarse los miles de litros de tomate aplastado que llevan en sus poros. Y aún no han acabado de limpiarse de rojo las calles cuando sale en la tele la merenguina, en Lliria, que es lo mismo que la tomatina pero con merengues pegajosos. O la nit del alba, en donde se lanzan cohetes desde los balcones de las viviendas, y luego toda la noche aguantando petardos. O el toro de la vega, pobre animal alanceado por los catetos de Valladolid... Y ¿cómo se llama el pueblo ése que celebra el fin de año en agosto, desde hace poco? Sí, hombre: que salen en la tele, con serpentinas y pelucas doradas tomando uvas y bebiendo champán caliente y chorreando de sudor en pleno verano... Valientes gilipollas!
Dios mío! En qué país he nacido? A qué se dedican mis propios paisanos, los ilustres sevillanos? Cuántos de ellos se visten de nazareno, o de costalero, o de flamenca, o de feriante con su caballo y todo, para contribuir a esta continua performance en que se ha convertido España? Parece como si cada ciudad, pueblo o villorrio de mala muerte tuviera que inventarse una sandez más grande aún que la anterior con tal de salir en la tele haciendo el panoli. ¿No pueden estarse tranquilos en sus casas, o en los bares? ¿Es necesario cortar el tráfico de la ciudad para dar rienda suelta a sus necesidades protagonistas?
Cualquier extranjero que visitara España hace más de un siglo, regresaba a su país impresionado, para bien o para mal, por la performance española por excelencia: la fiesta de los toros. Pero no podía tacharnos de aplastatomates, tiramerengues, pirómanos, suicidas a la carrera o subnormales sin calendario. Hoy día, la tauromaquia es ya lo de menos; mire uno por donde mire, vaya al pueblucho que vaya, siempre encontrará un grupo de catetos dispuestos a inventar una barbaridad más grande que la del pueblo de al lado con tal de salir en el telediario al menos un minuto.
Parece que ya no interesa la actividad individual y genuina. No, al menos, a los medios de comunicación. Lo que no es histriónico y chillón se confunde con lo aburrido. A los alcaldes y concejales, embotada su ética por los continuos tratos con las constructoras, no se les cae la cara de vergüenza de ninguna de las maneras, y permiten que sus conciudadanos hagan el imbécil con el apoyo económico e infraestructural del Ayuntamiento.
Somos, técnicamente, un país de chuflas. Los payasos del circo Ringling lo tienen cada vez más difícil con nosotros, porque España se ha convertido, en los últimos años, en un país de performers.
lunes, 22 de junio de 2009
Una guerra civil pendiente.
Lo que hoy -a mediados de junio de 2009- está ocurriendo en Irán no es sólo por la sospecha-tufo que emana de que el Gobierno iraní haya amañado las elecciones; ni una simple algarada coordinada (como sabía que, tarde o temprano, dirían los fundamentalistas) por la CIA y sus afectos europeos. No es, ni siquiera, una protesta intelectual dirigida por los universitarios con móvil e internet redirigido desde un proxy extranjero; sino (ojalá) el inicio de un movimiento macrohistórico que guarda dentro el germen de lo que hace años llevo llamando, en los bares y en las cenas en casa de los amigos que me aguantan, una guerra civil pendiente.
Yo creo que los musulmanes tienen larvada desde hace décadas una guerra contra los fundamentalistas: su guerra; una revolución contra este extraño feudalismo del siglo XXI: su revolución; un paso de gigante que libere a sus mujeres del deshonor de tener que ocultar su pelo, su cara, sus opiniones e incluso todo su cuerpo. Los musulmanes tienen que dejar de mirar con recelo a Occidente y darse cuenta de que no es a los norteamericanos ni a sus aliados europeos a los que tienen que tirar piedras, sino a las aparatosas ventanas de sus señores feudales, a las torres insultantes de sus mezquitas rebozadas de sangre: pedradas contra el dolor de pelvis que produce la vergüenza de ocultar a sus mujeres; contra la ignominia de nacer, crecer, reproducirse y morir bajo la asfixiante mirada de unos iluminados que lo son porque sí.
Desde el imborrable espanto de la destrucción en directo de las Torres Gemelas mientras comíamos el último gazpacho de aquel verano de 2001, se inció en mi cabeza una búsqueda inmediata de explicación para todo aquello y lo que vino después. Y siempre he vuelto, como las moscas contra el cristal, a la misma respuesta: los musulmanes tienen una gran guerra civil pendiente, tras la cual -y sólo así- podrán respirar en libertad y recuperar la capacidad de construcción que tuvieron en su época dorada, en la que la Ciencia, la Medicina y la Matemática se refugiaban bajo los techos árabes, conformando un bastión último de Humanismo entre la barbarie ultracatólica que asolaba Europa.
Irán ha empezado por protestar contra unas elecciones probablemente trucadas, pero hay algo más profundo que empieza a moverse en los países islámicos; algo que, de prender en la mecha última de dignidad que les queda -como hombres y mujeres que son, antes que cualquier otro aspecto religioso-, puede incendiar toda esa farsa mediocre con olor a pies que representa el fundamentalismo, elevando una pira de libertad que se verá desde los confines de Europa hasta América.
Irán parece haber dicho ¡basta! Los talibán y toda su mugre castrante y llena de un profundo horror a la Vida con mayúsculas pueden empezar a temblar. Podría haber empezado una guerra: su guerra civil pendiente.
Yo creo que los musulmanes tienen larvada desde hace décadas una guerra contra los fundamentalistas: su guerra; una revolución contra este extraño feudalismo del siglo XXI: su revolución; un paso de gigante que libere a sus mujeres del deshonor de tener que ocultar su pelo, su cara, sus opiniones e incluso todo su cuerpo. Los musulmanes tienen que dejar de mirar con recelo a Occidente y darse cuenta de que no es a los norteamericanos ni a sus aliados europeos a los que tienen que tirar piedras, sino a las aparatosas ventanas de sus señores feudales, a las torres insultantes de sus mezquitas rebozadas de sangre: pedradas contra el dolor de pelvis que produce la vergüenza de ocultar a sus mujeres; contra la ignominia de nacer, crecer, reproducirse y morir bajo la asfixiante mirada de unos iluminados que lo son porque sí.
Desde el imborrable espanto de la destrucción en directo de las Torres Gemelas mientras comíamos el último gazpacho de aquel verano de 2001, se inció en mi cabeza una búsqueda inmediata de explicación para todo aquello y lo que vino después. Y siempre he vuelto, como las moscas contra el cristal, a la misma respuesta: los musulmanes tienen una gran guerra civil pendiente, tras la cual -y sólo así- podrán respirar en libertad y recuperar la capacidad de construcción que tuvieron en su época dorada, en la que la Ciencia, la Medicina y la Matemática se refugiaban bajo los techos árabes, conformando un bastión último de Humanismo entre la barbarie ultracatólica que asolaba Europa.
Irán ha empezado por protestar contra unas elecciones probablemente trucadas, pero hay algo más profundo que empieza a moverse en los países islámicos; algo que, de prender en la mecha última de dignidad que les queda -como hombres y mujeres que son, antes que cualquier otro aspecto religioso-, puede incendiar toda esa farsa mediocre con olor a pies que representa el fundamentalismo, elevando una pira de libertad que se verá desde los confines de Europa hasta América.
Irán parece haber dicho ¡basta! Los talibán y toda su mugre castrante y llena de un profundo horror a la Vida con mayúsculas pueden empezar a temblar. Podría haber empezado una guerra: su guerra civil pendiente.
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