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domingo, 11 de diciembre de 2011

Siente un banquero a su mesa.


Se empieza a enfriar el Sur de España; pero a enfriarse de verdad, no como en noviembre, ese mes en el que uno ve los telediarios y se admira de cómo en Ávila, en Huesca y en Logroño ya están con medio metro de nieve mientras que en Sevilla andamos con una rebequita y ya nos está sobrando a mediodía. No: ahora sí que se siente el frío aquí en el Sur.

Las mañanas cubren de una niebla húmeda y viscosa las hectáreas vacías y despobladas que las constructoras han dejado en barbecho especulativo. Puedo pasear a Aquiles, mi perraco -que es buenísimo-, dejándolo suelto por los solares baldíos de Bormujos; Aquiles salta feliz, corriendo sin temor a que lleguen los aparejadores, los capataces, las excavadoras, los encofradores ni los ferrallistas: en España, de momento, no se construye más.

Llega el frío verdadero; por lo tanto, se acerca la Navidad. Y pese a que la vienen anunciando, como ya es costumbre, desde principios de noviembre, no es hasta estos días fríos cuando empieza a olerse.

Ya queda poco para el sorteo de la Lotería del 22 de Diciembre, pistoletazo oficial e irreversible de las fiestas navideñas. El 22 de Diciembre, único día del año en que el telediario sólo da buenas noticias, relegando por un día la crónica de sucesos en que se han convertido ya, desde hace años, todos los informativos.

Suena la salmodia responsorial de los niños de San Ildefonso, esos niños que son como un crisma de Unicef: un chino, un negro y un latino, todos mirando de frente, cantando las cifras de la Lotería, que es como un introito a la Navidad, la gran fiesta católica que, por ello mismo, comienza como debe ser: con una adoración al dinero y a los bienes materiales en forma de chaparrón de millones.

Pero, ojo: que todos nos zambullamos en el espíritu verdadero de nuestra fiesta más querida y actuemos casi automáticamente (gastando al límite de lo que tenemos, y aún más allá de lo prudente; comiendo como si fuéramos a hibernar tres meses; bebiendo como si nos pudiéramos trasplantar el hígado a finales de enero); que en estas fechas, digo, nos abandonemos a una bacanal de adoración a la Materia en todas sus formas y a la Sensualidad en todas sus variantes no debe hacernos olvidar que hay gente que lo está pasando mal.

Sí, amigos: hay personas que lo están pasando muy mal desde hace ya mucho tiempo; y que tiemblan ante la inminente llegada de la Navidad, porque en estas fechas se acentúa su sufrimiento, se subraya su soledad. Son los marginados, los olvidados por la Gracia; son los prisioneros de las circunstancias económicas que, si de alguna manera a todos nos afectan, a ellos los han crucificado. Sí, amigos: son los banqueros.

No podemos volver la espalda a quienes, por haber confiado en muchos de nosotros concediéndonos unas hipotecas infladas mucho más allá de lo razonable, ahora se ven así; porque nuestros banqueros en ningún momento pensaron que estaban corriendo un riesgo. Fuimos nosotros, en cierto modo, los que, ladinamente, les ocultamos nuestra verdadera situación laboral y económica, haciéndoles creer que podríamos afrontar el pago no sólo de un piso, sino de la compra de un mobiliario nuevo y hasta de un coche; y todo ello dentro de la misma operación hipotecaria.

Les engañamos. Sí: les engañamos; y después, muchos de nosotros no hemos podido (o no hemos querido) cumplir con los compromisos adquiridos. Hemos dilapidado ese dinero (que es como decir su confianza) en gastos superfluos: irnos de copas; tomar tapas; ir al cine; comprarnos algún par de zapatos más de los estrictamente necesarios; empastarnos algún diente; incluso ha habido gente que se ha puesto fundas!!! Pero a dónde hemos llegado? Qué chorreo de dinero ha sido éste?

No, amigos; no podemos volver ahora la cara. Estas personas llevan ya casi tres años intentando achicar agua del heroico barco en el que viajan. Nuestro Estado español les ha inyectado cientos de miles de millones de euros en varias ocasiones; pero no ha sido suficiente. Y que nadie me diga que ése es nuestro dinero! Sí! ...Y qué? Es nuestro dinero el que el Gobierno ha entregado a estos banqueros; sí. Pero repito: y qué? Acaso lo habéis notado en vuestras nóminas? Acaso alguna vez habéis suspirado por ese 25% de nuestro salario bruto que durante años, mes a mes, llevamos entregando al Estado? No mintáis! Porque, pese a ser sustanciosa, nadie ha notado esa merma del salario en su día a día. No me vengáis ahora con que esos cientos de miles de millones de euros entregados a los bancos es dinero público! De acuerdo! Ya sé que esos cientos de miles de millones de euros son nuestros, sí; pero también los banqueros, en cierto modo, son parte de nosotros!

Acaso los banqueros no respiran? Acaso no beben agua para calmar su sed? Es que no aman, como nosotros? Es que no lloran en algún rincón oscuro de sus despachos cuando nadie los ve? Acaso alguien puede asegurar que los banqueros no sufren? Quién tendrá tan mala sangre como para no apiadarse ahora de estos hombres bienintencionados que confiaron en nosotros?

Amigos: no sólo el Estado español, sino el Banco Central Europeo ha vuelto a inyectarles sumas fabulosas; una y otra vez; una y otra vez, en una sangría interminable. Pero de nada sirve, porque los Mercados (que, al fin y al cabo, son también ciudadanos de a pie, como nosotros) no los dejan levantarse de la derrota a la que entre todos los hemos llevado.

Y ahí andan, hundidos, vagando por entre los pasillos alfombrados del Congreso, buscando quien los vuelva a ayudar; pagándose de su bolsillo costosísimos viajes a Bruselas; implorando a unos y otros; contemplando cómo todos les volvemos la cara y les rehuimos los ojos; pasan por nuestro lado, anhelantes, y notan con dolor cómo a su paso, repentinamente, cesan nuestras animadas conversaciones.

No puedo sufrir más esta ignominia! No puedo soportar más tan injusta situación! Esta Navidad, al menos en mi casa, va a ser una verdadera fiesta cristiana! Voy a sentar a mi mesa a un banquero! Y voy a procurar que no se sienta un invitado, sino uno más de la familia! Le pondré por delante dos raciones de pollo (ya no me da el sueldo de interino para cordero) y, para aliviar su sed, abriré cava extremeño (está a un precio magnífico y sabe igual que los cavas catalanes); freiré el doble de patatas congeladas! Y abriré la caja de mantecados del Lidl sólo para él. Porque mi conciencia no me permitiría pasar otra Navidad cerrando las puertas de mi casa y de mi corazón a quien hace pocos años confió en todos nosotros.

No voy a ser yo el que deje a los banqueros solos en Nochebuena. Voy a sentar a mi mesa al menos a uno; y mientras se bebe mi cava y se come mi pollo y mis polvorones, agradeceré al Niño Jesús la oportunidad que me da la Navidad de resarcir, de alguna manera, todo el daño que les hemos hecho.

Feliz Navidad!

jueves, 23 de junio de 2011

No alcanzo a ser español.



No sé qué quieren los acampados ex acampados del 15 M. No sé bien lo que les indigna que no me indigne a mí. No sé qué fluido glacial les levanta el culo del asiento para ponerse a caminar en masa por las calles de Madrid, Barcelona o Sevilla. No sé qué gente forma esa masa.

Pero sí sé que no son los perroflautas ni los melendis ni los abertzales euskaldunos o terralliures; ni los Obloquegalegos con las rastas por la plaza del Obradoiro comiendo fuego. No son éstos: éstos son viejas glorias del vandalismo; son los herederos de los bárbaros del norte; se comen los hígados de sus víctimas, brindan con chacolí y reciben subvenciones cuando los del PNV tienen el Poder. No: éstos no son los del 15 M.

La otra noche me desperté a eso de las 5 de la mañana soñando en voz alta y diciendo que "lo siguiente es la Universidad y los conservatorios". Mi amada María dice que soy pedante hasta soñando, y puede que tenga razón. Soy pedante, sí, pero me preocupa tanto el asunto del Movimiento del 15 de Mayo que no puedo desprenderme de todo lo que me sugiere.

Soy lector acérrimo de Ortega y Gasset; su preocupación por Europa, por ser europeo a través de llegar a ser español es una preocupación trasladada a mi pobre universo personal. Para Ortega, ser español no es tarea sencilla, como no lo fue (según él) llegar a ser alemán para los alemanes. Según el genial madrileño, los alemanes estuvieron más de 50 años pugnando por llegar a ser alemanes; y esa tarea, en el primer cuarto del siglo XX, aún no estaba realizada en España.

Luego, con la división ideológica y la Guerra Civil (y esto es de mi cosecha: no se culpe a Ortega de esta opinión) se echó a perder la oportunidad de ser español. Los 40 años de franquismo nos llevaron al otro polo de la españolidad, a mi entender. Restaurada la Democracia, el sentimiento de culpabilidad y el prurito de debilidad por los nacionalismos impidieron sentar las bases para comenzar a españolizar España, llegando a extremos insufribles como lo son el terrorismo vasco -apoyado y financiado por las instituciones autonómicas de Euskadi-, la insolidaridad catalana, y, ya en última instancia, el Gran Desastre Económico, cuyo responsable último, en mi opinión, es el Partido Socialista Obrero Español con Zapatero, Blanco y Rubalcaba a la cabeza, triunvirato que pasará a la Historia de la Política Internacional como la peor combinación posible de miopes sociales que dio al traste con una gran nación como lo podía haber sido España.

No me han dejado ser español desde que nací: vine al mundo en la etapa última del franquismo; canté el Cara al Sol en el polideportivo Chapina, con 6 añitos y vestido con calzonas negras y camiseta amarilla de tirantas junto a cinco mil niños más, atemorizado y perdido entre profesores temblorosos porque a lo lejos, en un catafalco como el que le ponen al Papa, estaba Franco, que resultó ser un puntito blanco sobre un fondo oscuro.

Luego, con 15 años y granos en la cara, vino la Democracia acompañada del terrorismo en la tele. Nos avergonzábamos de ser españoles en el instituto, en la facultad, en la tuna, en los bares, en el conservatorio. Nos acostumbramos a que los catalanes y los vascos nos escupieran sobre los textos cervantinos; nos hicieron creer desde el Gobierno que éstos del Norte tenían fuero juzgo, hechos diferenciales y deuda histórica. Como andaluz, sólo me quedó despotricar en los bares y pedir perdón por comerme las eses. Vi pasar la Expo 92 por mi lado, sin afectarme para nada de provecho salvo para ver subir los precios de la cerveza y las tapas; luego la vi ajarse poco a poco, y de lejos contemplé cómo la maleza se comía los edificios de esa isla ajena en donde algunos ganaron tanto dinero a mi costa.

Tengo casi 50 años (uf...) y nunca he podido ser español. No me han dejado los nacionalistas, ni los socialistas, ni los del PP, ni los de Izquierda Unida. En la Constitución Española hay cláusulas, letras pequeñas que mantienen desequilibrios flagrantes, injusticias históricas, desprecios manifiestos hacia una gran parte de mi Nación. Los tribunales no tienen vendas en los ojos, sino microscopios de alta precisión. La prensa, el Periodismo, es desde hace décadas un apéndice de los partidos políticos mejor organizados.

Siento que pronto llegaré al fin de mis días y que no habré podido realizar el sueño de Ortega y Gasset: llegar a ser español. Porque para ello debo sentir, saber, constatar que vivo en una Nación libre, en la que mi voto vale lo mismo que el de un vasco o un catalán; que mi Nación recauda los mismos impuestos en Sevilla que en Pamplona; que con mis impuestos no se va a premiar a los ejecutivos de la Banca que nos llevaron al Desastre; que puedo votar a representantes que conozca -aunque sea de oídas- sin someterme al hermetismo de las listas cerradas.

Los sindicatos y los partidos, en efecto, no me representan; pero no porque no me fíe de sus intenciones, sino porque, al estar instalados en el Poder desde hace tantos años, son un organismo al margen del devenir social real. Un buen día, la Vida se abrió paso al margen de éstos que negocian por mí en Bruselas tan torpemente. No siento que sintamos lo mismo. No me siento comprendido cuando deposito mi trozo de papel impreso en una urna. Sé, cada vez que voy a votar, que voy a morir sin ser español. Lo sé. Lo siento en mis entrañas, y me recorre una pena caliente, mezcla de reproche y cansancio.

No somos franceses; ni alemanes; ni polacos. Pero tampoco somos españoles: no alcanzamos a serlo. No nos dejan serlo. Y no nos dejan alcanzar a ser españoles precisamente desde el Poder. Desde el Poder Legislativo no me dejan ser español; desde el Ejecutivo, menos aún; y no digamos ya desde el Judicial! Un sistema parlamentario trasnochado y lento, lleno de injusticias y desmanes, paraliza mi querencia, mi ansiedad vital por alcanzarme a mí mismo en mi españolidad!

Indignado? Confundido? Atrapado en una mole de mármol inmóvil? ...No sé cómo definir mis sensaciones cuando veo a las señoras mayores que abren el tupper con tortilla en las manifestaciones del 15 M; a los arquitectos de 40 años que han cerrado el estudio y se han echado a acampar con los demás; a los postuniversitarios de barba negra y florida como Carlomagno, que hablan con la serenidad de la resignación a los frívolos medios de comunicación para intentar expresar qué es lo que no quieren.

No sé qué me hace despertarme a las 5 de la mañana despotricando contra la Universidad y los centros de enseñanza, amenazante, profético, despeinado, advirtiéndoles de que van a ser los siguientes. Los siguientes? Es que acaso se ha conseguido algo antes?

No sé qué ocurrirá; sólo sé que aún no soy español. Y por más que no me quieran creer mis amigos portugueses, ingleses o italianos cuando se lo cuento, sé que moriré sin llegar a ser español; porque no me lo han permitido nunca en mi país.

jueves, 2 de junio de 2011

Rubatero, Zapalcaba


Me cae bien Rubalcaba, no lo puedo negar. Me da la pinta de hombre de mundo, listo y con un sentido del humor profundamente desarrollado. No lo niego: me cae bien. Lo distingo claramente de Zapatero, ese hombre deshuesado cuyos trajes, siempre grandes, dejan ver a las claras que, como Agilulfo (el héroe de la novela de Calvino), no hay nadie dentro de él.

Los distingo aún a los dos; por la expresión de la cara: mientras que Zapatero permanece siempre en un rictus de hombre congelado por una glaciación repentina, Rubalcaba defiende su mentón mientras habla, agachando la testa como Lady Di, pero con la expresión prevenida de un Provincial de los Jesuitas que escuchara, escéptico, a un prelado del Opus Dei.

Zapatero fragmenta los discursos; sus pausas dentro de la sintaxis despiezan la información que pretende estar dando y llenan el púlpito de alas implumes, de molleja y vísceras vertidas, de muslos con la piel erizada, de pechugas atadas por la piel; de piezas descoyuntadas, inconexas, que, con mucho trabajo y echando mano de la Gestalt que todos llevamos dentro, aún dejan ver un pollo.

Rubalcaba tiene, usa, maneja una sintaxis enérgica, una imagen contundente; su velocidad de articulación permite agolpar los conceptos en un carnaval barroco de yuxtaposiciones potentes; cántabro, químico, rápido, esdrújulo.

Mi Gobierno (soy español, de momento) se está fundiendo como lo harían los temas comerciales en manos de un experto diyei (dj, para los más jóvenes; disc jockey, para los puristas; pinchadiscos, para los nostálgicos): una canción se está acabando, y en sus compases finales se mezcla con la siguiente; y, por unos segundos, emerge un cataclismo de tonalidades, pulsos y timbres que nos hace desear que se acabe ya de instaurar el nuevo corte para continuar el baile sin necesidad de detener la propia voluntad que nos hace bailar.

Zapatero se calvifica, condensa su discurso; Rubalcaba se estira y añade a su mirada una indefensión de alumna teresiana. Zapatero empieza a bajar el mentón y a unir las manos al hablar; Rubalcaba comienza a volcarse de pierna a pierna, un vuelco cada período de frase.

Zapatero se rubalquiza; Rubalcaba se zapatea. Ambos han asistido, impertérritos, al derroche sobrehumano que esquilmó las arcas del Estado, a la negación de la crisis denunciada por todos, a la resurrección de una ETA agonizante.

Rubatero se zabalquiza; Zapalcaba se rubatiene. Los dos han permitido que las constructoras nos desfonden, que los bancos nos esquilmen; ambos, fundidos en un crisol de debilidad, han premiado a los banqueros y animado después a los del ladrillo; han conseguido que la imagen de España sea cada día un punto más pequeño en el horizonte del olvido.

Rubatero se zapaltea; Zapalcaba se rubaturba. Ambos han bebido chacolí con los estomagantes de Sortu, con los hiperpaletos de Bildu; ambos han alentado a los jueces del terror a abrir las compuertas de la escoria, y ahora se empiezan a aterrorizar de la que se nos vendrá encima a los demás.

Rubatero? Zapalcaba? No veo ahora los límites de uno y los contornos del otro. Dos enormidades de Poder; dos caras de un Jano de parálisis; Pajín, Pajín, sigues ahí? Miembros y miembras, hombres y hombras... Sí: está; están los mismos; siempre están ellos y ellas; siempre Pajín; siempre Pepiño; siempre Chaves con su espanto.

El quince eme somos nosotros: Zapalcaba y Rubatero; Rubatero y Zapalcaba. España aguanta lo que le echen! Pueden con todo, estos españoles! Zapateémoslos! Rubalcabemos con ellos! A las zapatiestas! A las rubaldrías! Uuuuuh! Nadie sospechará que somos la misma dentadura, el mismo fungi-fungi, el mismo rechinar de dientes! A las urnas! A las casas! Zapalcaba! Rubatero! Rubicante! Zapalmundio! Zapachinche! Rubillanto! Zapatín! Rubín! ...Chimpún!

jueves, 24 de febrero de 2011

Atentos.



No es que esté orgulloso de España y los españoles; de hecho, estoy pasando por una extrañísima -por lo inesperada- crisis identitaria nacional; un a modo de lejanía repentina respecto al sentimiento de lo español como valor inherente a mi organismo. Yo, que antes era un español convencido de su españolidad (confuso concepto en el que aglutinaba, de manera subconsciente, a Cervantes, Miguel Servet, Bécquer, Ortega y Gasset, Teresa de Ávila, Falla... Todos ésos, y muchos más, en un batiburrillo intemporal, sobreviviendo -mal que bien- negro sobre blanco); yo, que hasta hace un año era un bastión español en mí mismo, vago ahora por un espacio interior callado e inmenso; y tan vacío como sólo podría estarlo un concejal de Cultura andaluz.

Lo español me resulta ajeno, confuso, borroso, indefinido. Las gentes que ahora pueblan mi país se me presentan sin capacidad para el heroísmo, sin fuego interior alguno, inaccesibles a las quimeras. Ya no creo posibles las luminarias, ni los autos de fe de las propias convicciones, con sus altas hogueras -necesarias para poder resurgir renovados de la propia españolidad. No veo más que liendres, trapos y cabezas gachas. Por donde quiera que mire, el lugarcomunismo se adhiere a mis pantalones como una baba ghostbuster obstinada y cansina.

No estoy pasando, desde luego, mis más felices horas para con mi nación; pero, pese a ello, aún me quedan auroras boreales con las que soñar cuando observo, preocupado y casi con espanto, lo que está ocurriendo en los países de la órbita árabe/musulmana. Aún España ofrece al que la puebla la posibilidad de ganarse el apelativo de hombre, galardón que de ninguna manera pueden obtener los pueblos musulmanes si se obstinan en seguir ocultando el rostro de sus mujeres, impidiéndoles manifestar sus sensaciones, sepultándolas en vida.

Lamento autocitarme, pues no tengo ni entidad literaria ni recursos historiográficos mínimos con los que permitirme hacerlo, pero debo remitirme a un anterior artículo mío, publicado en este mismo blog, y que ustedes pueden consultar.
En este artículo, escrito en junio de 2009 (enfatizo: junio de 2009!!!) y titulado Una guerra civil pendiente, afirmo que los países árabes tienen que dirimir sus profundas diferencias, abolir sus feudales estamentos, quebrar sus terribles desigualdades, liberar a sus mujeres y asumir la Democracia como cura de humildad a través de la cual construir algo que merezca ser llamado Civilización; ganarse, por fin, el complejo y difícil apelativo humano.

El problema es que no tengo claro quién está detrás de toda esta explosión aparentemente revolucionaria. No sé si son los servicios secretos norteamericanos, al alimón con los israelíes, o los Hermanos Musulmanes encubiertos y vestidos de feisbuqueros. Ignoro si detrás de estas revoluciones sucesivas está verdaderamente el Pueblo árabe, cansado, hastiado y reventado de trabajar para cuatro mangantes (sí: mangantes; no magnates), hartos de mirar de lejos el horizonte de Occidente a través de internet, y, como Tántalo, verse morir de sed a pocos milímetros de alcanzar la jarra de leche y miel que día a día colgamos en la red para solaz de todos.

No sé si será casualidad que los primeros regímenes en empezar a caer, o al menos puestos en jaque (hasta el momento), sean aquéllos que no están gobernados por los fundamentalistas: Egipto, Argelia, Yemen, Libia, Bahrein... Puestos a sospechar, parece enteramente una magistral jugada urdida por los chicos de Bin Laden, que volvieran a utilizar las armas de futuro que Occidente les ha proporcionado (como ya hicieron con los aviones, otra conquista occidental), internet y la telefonía móvil, para derrocar de un plumazo certero aquellos países en donde la miseria personal de sus gobernantes ha impedido a éstos de la barba hirsuta, de momento, tomar el Poder y vestir a las pobres mujeres con el sudario vitalicio mientras queman banderas norteamericanas como quien asiste a la tomatina en Buñol.

Es todo muy extraño: escucho la radio a diario; me trago los telediarios y los reportajes especiales que se están haciendo; leo los artículos periodísticos de última hornada en internet y no alcanzo a comprender por qué no hay un análisis profundo de la situación. Tan sólo he escuchado un par de opiniones (por descontado, de dos extranjeros: un político israelí y una profesora universitaria alemana) que me han acercado cinco mil kilómetros, repentinamente, al foco del conflicto. Dos opiniones extremadamente preocupantes que hablan de la posibilidad del final de la Era del Petróleo, del bloqueo general de Occidente; en definitiva: del Caos.

Quizás no haya que alarmarse tanto, pero no deja de espantarme que tuviéramos que acojonarnos en masa con la gilipollez de la gripe A; o que anatematizáramos sin posibilidad de redención a las terneras en la crisis de las vacas locas, y con un asunto de este calibre (nada menos que la posible desintegración de la Cultura árabe tal como la conocemos) no estén las pantallas atestadas de analistas políticos, de sociólogos, de especialistas en el mercado petrolífero.

Qué hace la OPEP? Qué dicen los saudíes de todo esto? Qué se cuece en Irán? Qué previsión tiene el Gobierno israelí ante un eventual crescendo fundamentalista? Dónde están, que no se les ve, los de la barba hirsuta? Qué papel tienen los Estados islamistas en este histórico revuelo? Qué está negociando EE.UU. en estos días con los sucesores de Mubarak? Qué ha pactado el grasiento rey de Marruecos con los norteamericanos? Cómo afectaría una posible invasión de las fuerzas de la OTAN en Libia? Qué respuesta daría la Cumbre de Estados árabes? Estarían coordinadas las acciones de Rusia, Europa y EE.UU. ante un eventual bloqueo en el suministro del petróleo libio?

Y ya, en un nivel micropolítico: para qué cojones pago yo la cantidad bestial de impuestos que pago? Para que mis representantes en el Congreso ni siquiera mencionen el tema, ahora que se hace insoslayable hablar de todo esto? Dónde están los políticos de altura? Dónde los hombres de Estado? Deberíamos exigir información, pues en esta vorágine desencadenada -aún no se sabe muy bien por quiénes- nos va desde la gasolina hasta los envases de plástico, desde ducharnos con agua caliente a viajar en un autobús de línea. Y si me apuran, en esta extraña y desinformada revolución puede que a la postre nos vaya un recorte de libertades extremo como consecuencia de una posible intervención definitiva de internet.

Ojo con lanzar las campanas al vuelo: no sabemos quiénes están detrás de esta movida covulsa. Pese al descontento que sobrevuela mi espíritu en relación a España y los españoles, aún prefiero ser un andaluz anhelante por dignificar mi entorno que un árabe reprimido y temeroso de la imaginación y la dulzura de mi propia mujer. Atentos al más que probable recorte de libertades que pueda resultar de todo esto. Ya nos ocurrió con los aeropuertos.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Satisfecho.



Los cuatro cadáveres de Olot, asesinados a tiros por Pere Puig Puntí, un albañil de 57 años, son algo más que el terrible resultado de una crónica negra. Porque no son cadáveres cualesquiera, no, sino símbolos: nada menos que dos constructores y dos empleados de banco; un padre y su hijo, dueños de una constructora, y el subdirector de una oficina de la Caja de Ahorros del Mediterráneo ("Para facilitarte la vida"), amén de una empleada de la misma. Cuatro cadáveres que, desgarradoramente, encarnan la Construcción y la Banca.

La Construcción y la Banca, como alegorías belle époque rodeadas de tules lascivos, flotando en el Parnaso inalcanzable al que nuestras heridas manos no llegan, han sido ajusticiadas sanguinariamente, domésticamente, impíamente por un albañil de 57 años, cuyas iniciales, P.P.P., evocan el monótono latir de un monitor de la UCI.

Los verdaderos artífices de la Gran Crisis del XXI, que no han sido otros que las constructoras y los bancos, mamporreramente aliviados por el Estado y la Bolsa (y cuyos astronómicos beneficios siguen estando íntimamente ligados a esta bárbara manera de respirar el Mundo a la que el Gran Capital ha venido a parar), han sido linchados simbólicamente en los cuerpos exangües de estas cuatro personas. Y cuando digo simbólicamente no eludo que hay cuatro cadáveres verdaderos, cuatro seres humanos que han perdido la oportunidad de congraciarse consigo mismos antes de morir, cuatro ataúdes rellenos de vida recentísima, cuatro personas reales, cuatro muertos de pueblo.

Lo simbólico es que pertenezcan, por pares, al Gran Par Motor formado por lo que vulgarmente se conoce como el ladrillo y las finanzas, las dos estructuras íntima y visceralmente entrelazadas sin las cuales jamás habríamos llegado a donde por desgracia estamos empezando a llegar: a una profunda depresión; una depresión social, más aún que económica.

Los españoles, cuyo gentilicio es ya tan difuso (qué es, ya, ser español?) sentimos -según una recentísima encuesta a nivel nacional- que somos impotentes, desmañados, incapaces de frenar este runrún salvaje que diariamente nos escupe a nuestras mestizas caras -desde la tribuna incontestable del Telediario- que no llegamos; que nos embargan; que, junto a los laxos griegos, a los indolentes irlandeses y a los portugueses suaves, nos tienen que rescatar (rescatar de qué? De dónde?); sentimos que de nada han servido tantos años de trabajo; que los sacrificios y las apreturas por lo de Maastricht fueron en balde.

Quién se ha quedado tánto dinero? En qué cueva irreal guardan esos alibabás las ilusiones, en forma de hipotecas y créditos, de tántos españoles carrefourianos? Dónde está la energía en que, sin más remedio, se ha transformado todo el trabajo de los profesores, de los médicos, de los taxistas, de las cajeras del supermercado de abajo? Quiénes han malogrado tántos años de poner en práctica siete u ocho de los Diez Mandamientos? Sin ningún género de duda, ellos: las constructoras y los bancos.

Las constructoras, sobornando concejales; los ayuntamientos, conchabados con los bancos, aceptando el órdago; los altos directivos de la Banca, promoviendo riesgos sin miedo a que estallase la vejiga del pez. Congresos de financieras, amamantando putas de lujo, reventando las alacenas de los chefs de la nouvelle cuisine, descorchando Möet-Chandon sobre alfombras tejidas con la patética ilusión de nuestros limitadísimos sueldos.

Han sido muchos años de derroche; mucho, el dinero que ha pasado de nuestras manos a las suyas. Y dónde está ahora? Cómo que han quebrado las constructoras? Cómo que la Banca se declara insolvente? Qué habéis hecho con el pan de mis hijos? Dónde dilapidásteis el fruto de mi renuncia a comprarme un abrigo largo?

Un albañil (nada menos) de 57 años lleva cinco meses sin cobrar; su jefe - que lo es desde hace 20 años-, pese a no haberse declarado en quiebra, no le paga. En la Caja de Ahorros del Mediterráneo ("Para facilitarte la vida") le notifican que, como no está pagando su hipoteca, le van a embargar el piso en donde vive con su padre octogenario. Aficionado a la caza, hombre soltero y reservado, Pere Puig Puntí abre al amanecer el armario donde guarda las cananas; saca la escopeta, la revisa, la limpia y la guarda en el maletero del coche. Entra en el bar donde desayunan su jefe y el hijo de éste; les descerraja un tiro a cada uno; con su ojo cazador, los da por muertos (porque lo están); se sube al coche y se va al banco; apunta al subdirector que le quiere quitar el piso, lo ve suplicar por un instante, afianza la culata en el hombro y lo fulmina; luego, a la de la ventanilla, Dios sabe por qué.

"Estoy satisfecho", ha dicho. Y por todos los infiernos que lo está.

lunes, 26 de julio de 2010

Malnacidos


Han terminado las oposiciones a profesor de Conservatorio. Me he quedado, literalmente, a una centésima de aprobarlas (un 4.99 me han puesto), entre otras razones porque presenté la Programación con un interlineado de 1.5 en vez del que se especificaba en la convocatoria (interlineado sencillo: 1.0) y me la han invalidado. No me quejo: asumo mi responsabilidad.

Pero no voy a hablar de mis oposiciones, sino de las chicas y de los chicos de la Administración; de aquéllos cuyo trabajo consiste, entre otras funciones, en colgar en la página de la Junta de Andalucía las notas, los puntos de la baremación, los destinos provisionales y cualquier otra información que para ellos (y para la mayoría de ustedes) es trivial y para alguno de nosotros es crucial.

El viernes pasado, 23 de Julio de 2010, debían haberse publicado los puntos de la baremación definitiva de los opositores a Enseñanzas de Música. Los que reclamamos hace una semana por los muchísimos errores de baremación cometidos, tuvimos sólo un par de días para hacerlo, un estrechísimo margen que la propia Administración nos impone a fin de agilizar la publicación definitiva de estos baremos.

Saben ustedes? Yo nunca había estudiado más o menos en serio para unas oposiciones. Y en esta ocasión lo he hecho y he conocido de cerca el desgaste personal, emocional, económico y hasta familiar que supone prepararse para una contienda así. Y cuando digo contienda no me refiero a competir contra mis colegas músicos o profesores de música, sino contra la Administración y sus exigencias y estilo decimonónicos: fotocopias compulsadas; escopiafieldeloriginal hasta en las encías; encuadernaciones con una sangría específica sin la cual se despierta el Leviatán; interlineados exigidos por un Júpiter tonante que lanza rayos y te da en el baremo; instancias reclamatorias dirigidas al baremador, en las que, en un lenguaje de Pérez Galdós, hay que besarle los pies al inepto que ha considerado que tu Título de Profesor no está relacionado con tus estudios y por ello no te lo ha baremado. Y así podría seguir varios párrafos más.

Mi pareja ha hecho estas mismas oposiciones, pero en otra especialidad instrumental. Pese a toda suerte de complicaciones, ha obtenido unas calificaciones tan altas que, en principio, ha conseguido una plaza de profesora. Pero hasta que no se publique el baremo definitivo (el que tenía que haber salido a la luz de internet el viernes pasado) no puede celebrarlo. Ni celebrarlo ni lamentarse (en caso de que algo extraño hubiera ocurrido, siendo extraño un calificativo que ya no tiene cabida en las oposiciones andaluzas desde hace decenios).

Ni risas ni lágrimas. Ni alegría ni dolor. Ni celebración ni duelo: así estamos desde hace tres días y tres noches. Y todo ello después de haber pasado un par de meses de los nervios y concretamente las cuatro últimas semanas viajando sin haber dormido, malcomiendo, con diarreas prolongadas y siempre al límite de lo imposible. Después de esta vorágine de ansiedad, nos apuntillan con un retraso de tres días -inscrito en un fin de semana de 44º de temperatura- en el que no acertamos a saber si estamos vivos o estamos muertos.

Nos han convertido, con este impás infame, en unos no-sferatu con los pelos descompuestos. A ella, por haberla sumergido en esta instantánea del péndulo detenido en un extremo; a mí, por empatía y porque no quiero verla así. Y del mismo modo están todos aquellos que han aprobado con buena nota y esperan sólo la confirmación de la Administración para celebrarlo, para saltar por el salón de sus casas como un Iker Casillas triunfante.

Pero no podemos hacerlo. No nos dejan. No nos lo han permitido aquéllos que deberían haber hecho su trabajo antes del viernes pasado. Porque en vez de meter todos los resultados en la página en su momento, se han dedicado a aquello que hacen siempre: a irse a desayunar media con jamón al bar de enfrente de la Delegación; y luego, a eso de la una, a tomarse una cervecita con gambas de Huelva; y más tarde, al cortinglés de Nervión, que se van a llevar el pareo que vi el otro día. Y así, todos los días; todos los medios días de nueve a dos, desplazándose por entre los marmóreos pasillos pulidos con un folio en la mano, languideciendo, corvadas las espaldas ellos, Tamara de Lempicka ellas, mataharis administrativas que eluden sus obligaciones funcionariales, que prolongan la publicación de los baremos, de las notas, de los destinos provisionales, de la amnistía general o la pena de muerte sin recurso posible de los reos/opositores.

Tres días añadidos de silencio, de duda, de espanto mudo. Tres días de dolor o de alegría reprimida por culpa de estos miserables haraganes. Tres días añadidos de ansiedad y de temor. Malditos sean ellos, ellas y sus descendientes hasta la cuarta generación! Maldita sea la leche en sus cafés! Maldito su jamón a media mañana! Hez de la tierra! Asnos inauditos!

Malnacidos!

martes, 20 de julio de 2010

Hiyab, Nicab, Burka, Chador.


Realmente, no deberíamos estar hablando acerca de si respetar o no una religión; de si permitir una costumbre o un rito; la brutal situación que nadie parece alcanzar a ver es que estamos siendo testigos mudos, cómplices silenciosos acaso, de un genocidio mundial sobre el Género Femenino.
Vamos por delante, en Occidente, en los asuntos que competen a la constitución de una sociedad más justa; los Derechos Humanos y la lucha por su aplicación son una conquista de Occidente. Esta aspiración sienta las bases -con todas sus injusticias- de nuestra estructura social, económica y política. Occidente respira por haber sabido gestionar las estructuras que propician su propia Libertad; y, si bien es cierto que no respira bien del todo, sí lo es que sus instituciones, sus ciudadanos, sus estructuras administrativas y sus celebraciones están construidas en torno a la libertad del individuo y a la igualdad entre los géneros. Al menos, por tales conceptos luchamos todos.

Esta complejísima red estructural-emocional es la que permite dar cabida en su seno a ciudadanos de otras culturas y otras costumbres, incluidos aquéllos cuya procedencia y costumbres parecen desmentir las bases político-sociales de los países occidentales que los acogen con toda suerte de garantías; garantías de las que carecen en aquellos estados de los que proceden y de los que, evidentemente, huyen para sobrevivir.

No se trata de discutir sobre la bondad o no de la ablación; ni de si la lapidación de una viuda que ha mantenido una pudorosa relación años después de perder a su marido tiene aún sentido en determinadas zonas geográficas. No hay zona geográfica en el Planeta lo suficientemente al margen de la Inteligencia que pueda dar por buena la tortura, la castración, la muerte a pedradas o la ocultación sistemática de la propia personalidad bajo unos harapos denigrantes por el hecho de haber nacido mujer.

Aquéllos que ocultan a sus mujeres, que les tapan la cara, que les ocultan el pelo, los brazos y hasta los ojos deben ser perseguidos por el Derecho Internacional, juzgados por malos tratos y genocidio; y, acto seguido, ser encerrados en centros especiales de reeducación en donde, tras los años que sean necesarios, alcancen a comprender la barbaridad que han cometido contra su propia estirpe en particular y contra la Especie Humana en general.

En los países en donde el Islam usurpa el sitio que debería ocupar la Política (no digo ya la Democracia) se está desarrollando a diario un genocidio vergonzante en el que los malos tratos sistemáticos están ya bajo la piel de las propias mujeres que los padecen, las cuales, al igual que todas las desgraciadas víctimas de malos tratos, defienden aterrorizadas a sus verdugos, padeciendo ya un síndrome de Estocolmo de tal calibre que resulta evidente la necesidad de cuidados psicológicos y rehabilitación emocional.

Ni el petróleo, ni el terrorismo de Al-Qaeda, ni la situación estratégica en Oriente Medio, ni la implantación de la Democracia son razones suficientes para emprender una guerra contra estas naciones, pues sería una Guerra Mundial de consecuencias imprevisibles, y moriríamos por defender cuestiones que, en el fondo, ocultan intereses vicarios. Pero la liberación de los ochocientos millones de mujeres que están bajo el pie de hierro del Islam sí sería un motivo verdaderamente digno como para lanzar una ofensiva liberadora. No digo que hubiera que hacerlo, pero sí afirmo que ése sí me parece un motivo lo suficientemente contundente como para declarar una guerra. Aunque -ya lo sabemos- las guerras son infinitamente peores que los motivos que las encienden: habremos de esperar a que estos torturadores empiecen a ver la luz.

Mientras tanto, millones de mujeres sufren. Y no sólo por las prendas, que son símbolos; sino por aquello que simbolizan. Porque no sólo el burka es una tortura terrorífica que hunde a la mujer en los abismos de la tristeza y el dolor; también lo son el chador, el nicab y hasta el hiyab; porque el problema, el insulto, el espanto no radica en ponerse un pañuelo en la cabeza o en llevar un velo que oculte el rostro, sino en el motivo inexorable por el que estas pobres mujeres están obligadas a ponérselo: por obediencia estricta. Pero -y peor aún- no por obediencia a su marido, que ya sería incompatible con la propia dignidad de la mujer, sino por obediencia a un rito religioso cuya máxima preocupación parece ser la de evitar por todos los medios que la mujer se exprese, que la mujer ejecute, que la mujer se adueñe de su propia vida.

Lo siento: no puedo llamar hombres a aquéllos que temen tanto a sus propias mujeres que han decidido organizarse para hacerlas callar, para enterrarlas en vida, para sacrificarlas, para lapidarlas, para, en definitiva, destruirlas como seres humanos desde el momento en que nacen. No puedo, no quiero llamarles hombres porque no lo son; desde el momento en que renuncian al desarrollo y la contemplación embriagada de la Mujer, pierden la categoría de hombres para abrazar la de homínidos: homínidos ridículos y vergonzantes; chusma carente de integridad emocional; bastardos aterrorizados, cobardes, temerosos de enfrentarse a su propia contingencia.

Qué forma de vida es ésta? Qué terror indefinido guardan estos maltratadores en su corazón? Es que vamos a permitirles que sigan oprimiendo a sus mujeres (a la Mujer, en general) ante nuestras occidentales narices? Acaso hay que filosofar mucho más para percatarse de que no se trata de dilucidar si es un rito o una costumbre? Pero qué costumbre ni qué narices? Esto es España! Esto es Europa! Los españoles hemos navegado por entre cuarenta años de indignidad, impidiendo que nuestras madres, nuestras novias, nuestras mujeres y nuestras hijas pudieran siquiera abrir un negocio sin la supervisión de sus maridos, como si las mujeres fueran disminuidas psíquicas! Hemos renunciado a la peor parte que teníamos y la hemos ahogado en el recuerdo para poder al fin llamarnos hombres y mujeres libres!

Cómo podemos entonces permitir que estas pobres mujeres, emigradas de países profundamente antidemocráticos, que vienen huyendo de ese dolor y esa vergüenza para dar una oportunidad a sus hijas, tengan que seguir sufriendo en nuestro entorno occidental la opresión, la tortura y la vergüenza de ser llamadas inútiles públicamente por sus maridos? Porque ese velo impuesto, ese chador obligatorio no es otra cosa que un tremendo insulto público: un insulto hacia la Mujer; un insulto hacia el Género Humano, del que la Mujer es, en mi opinión, la parte fundamental y la esencia última.