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jueves, 23 de junio de 2011

No alcanzo a ser español.



No sé qué quieren los acampados ex acampados del 15 M. No sé bien lo que les indigna que no me indigne a mí. No sé qué fluido glacial les levanta el culo del asiento para ponerse a caminar en masa por las calles de Madrid, Barcelona o Sevilla. No sé qué gente forma esa masa.

Pero sí sé que no son los perroflautas ni los melendis ni los abertzales euskaldunos o terralliures; ni los Obloquegalegos con las rastas por la plaza del Obradoiro comiendo fuego. No son éstos: éstos son viejas glorias del vandalismo; son los herederos de los bárbaros del norte; se comen los hígados de sus víctimas, brindan con chacolí y reciben subvenciones cuando los del PNV tienen el Poder. No: éstos no son los del 15 M.

La otra noche me desperté a eso de las 5 de la mañana soñando en voz alta y diciendo que "lo siguiente es la Universidad y los conservatorios". Mi amada María dice que soy pedante hasta soñando, y puede que tenga razón. Soy pedante, sí, pero me preocupa tanto el asunto del Movimiento del 15 de Mayo que no puedo desprenderme de todo lo que me sugiere.

Soy lector acérrimo de Ortega y Gasset; su preocupación por Europa, por ser europeo a través de llegar a ser español es una preocupación trasladada a mi pobre universo personal. Para Ortega, ser español no es tarea sencilla, como no lo fue (según él) llegar a ser alemán para los alemanes. Según el genial madrileño, los alemanes estuvieron más de 50 años pugnando por llegar a ser alemanes; y esa tarea, en el primer cuarto del siglo XX, aún no estaba realizada en España.

Luego, con la división ideológica y la Guerra Civil (y esto es de mi cosecha: no se culpe a Ortega de esta opinión) se echó a perder la oportunidad de ser español. Los 40 años de franquismo nos llevaron al otro polo de la españolidad, a mi entender. Restaurada la Democracia, el sentimiento de culpabilidad y el prurito de debilidad por los nacionalismos impidieron sentar las bases para comenzar a españolizar España, llegando a extremos insufribles como lo son el terrorismo vasco -apoyado y financiado por las instituciones autonómicas de Euskadi-, la insolidaridad catalana, y, ya en última instancia, el Gran Desastre Económico, cuyo responsable último, en mi opinión, es el Partido Socialista Obrero Español con Zapatero, Blanco y Rubalcaba a la cabeza, triunvirato que pasará a la Historia de la Política Internacional como la peor combinación posible de miopes sociales que dio al traste con una gran nación como lo podía haber sido España.

No me han dejado ser español desde que nací: vine al mundo en la etapa última del franquismo; canté el Cara al Sol en el polideportivo Chapina, con 6 añitos y vestido con calzonas negras y camiseta amarilla de tirantas junto a cinco mil niños más, atemorizado y perdido entre profesores temblorosos porque a lo lejos, en un catafalco como el que le ponen al Papa, estaba Franco, que resultó ser un puntito blanco sobre un fondo oscuro.

Luego, con 15 años y granos en la cara, vino la Democracia acompañada del terrorismo en la tele. Nos avergonzábamos de ser españoles en el instituto, en la facultad, en la tuna, en los bares, en el conservatorio. Nos acostumbramos a que los catalanes y los vascos nos escupieran sobre los textos cervantinos; nos hicieron creer desde el Gobierno que éstos del Norte tenían fuero juzgo, hechos diferenciales y deuda histórica. Como andaluz, sólo me quedó despotricar en los bares y pedir perdón por comerme las eses. Vi pasar la Expo 92 por mi lado, sin afectarme para nada de provecho salvo para ver subir los precios de la cerveza y las tapas; luego la vi ajarse poco a poco, y de lejos contemplé cómo la maleza se comía los edificios de esa isla ajena en donde algunos ganaron tanto dinero a mi costa.

Tengo casi 50 años (uf...) y nunca he podido ser español. No me han dejado los nacionalistas, ni los socialistas, ni los del PP, ni los de Izquierda Unida. En la Constitución Española hay cláusulas, letras pequeñas que mantienen desequilibrios flagrantes, injusticias históricas, desprecios manifiestos hacia una gran parte de mi Nación. Los tribunales no tienen vendas en los ojos, sino microscopios de alta precisión. La prensa, el Periodismo, es desde hace décadas un apéndice de los partidos políticos mejor organizados.

Siento que pronto llegaré al fin de mis días y que no habré podido realizar el sueño de Ortega y Gasset: llegar a ser español. Porque para ello debo sentir, saber, constatar que vivo en una Nación libre, en la que mi voto vale lo mismo que el de un vasco o un catalán; que mi Nación recauda los mismos impuestos en Sevilla que en Pamplona; que con mis impuestos no se va a premiar a los ejecutivos de la Banca que nos llevaron al Desastre; que puedo votar a representantes que conozca -aunque sea de oídas- sin someterme al hermetismo de las listas cerradas.

Los sindicatos y los partidos, en efecto, no me representan; pero no porque no me fíe de sus intenciones, sino porque, al estar instalados en el Poder desde hace tantos años, son un organismo al margen del devenir social real. Un buen día, la Vida se abrió paso al margen de éstos que negocian por mí en Bruselas tan torpemente. No siento que sintamos lo mismo. No me siento comprendido cuando deposito mi trozo de papel impreso en una urna. Sé, cada vez que voy a votar, que voy a morir sin ser español. Lo sé. Lo siento en mis entrañas, y me recorre una pena caliente, mezcla de reproche y cansancio.

No somos franceses; ni alemanes; ni polacos. Pero tampoco somos españoles: no alcanzamos a serlo. No nos dejan serlo. Y no nos dejan alcanzar a ser españoles precisamente desde el Poder. Desde el Poder Legislativo no me dejan ser español; desde el Ejecutivo, menos aún; y no digamos ya desde el Judicial! Un sistema parlamentario trasnochado y lento, lleno de injusticias y desmanes, paraliza mi querencia, mi ansiedad vital por alcanzarme a mí mismo en mi españolidad!

Indignado? Confundido? Atrapado en una mole de mármol inmóvil? ...No sé cómo definir mis sensaciones cuando veo a las señoras mayores que abren el tupper con tortilla en las manifestaciones del 15 M; a los arquitectos de 40 años que han cerrado el estudio y se han echado a acampar con los demás; a los postuniversitarios de barba negra y florida como Carlomagno, que hablan con la serenidad de la resignación a los frívolos medios de comunicación para intentar expresar qué es lo que no quieren.

No sé qué me hace despertarme a las 5 de la mañana despotricando contra la Universidad y los centros de enseñanza, amenazante, profético, despeinado, advirtiéndoles de que van a ser los siguientes. Los siguientes? Es que acaso se ha conseguido algo antes?

No sé qué ocurrirá; sólo sé que aún no soy español. Y por más que no me quieran creer mis amigos portugueses, ingleses o italianos cuando se lo cuento, sé que moriré sin llegar a ser español; porque no me lo han permitido nunca en mi país.

jueves, 2 de junio de 2011

Rubatero, Zapalcaba


Me cae bien Rubalcaba, no lo puedo negar. Me da la pinta de hombre de mundo, listo y con un sentido del humor profundamente desarrollado. No lo niego: me cae bien. Lo distingo claramente de Zapatero, ese hombre deshuesado cuyos trajes, siempre grandes, dejan ver a las claras que, como Agilulfo (el héroe de la novela de Calvino), no hay nadie dentro de él.

Los distingo aún a los dos; por la expresión de la cara: mientras que Zapatero permanece siempre en un rictus de hombre congelado por una glaciación repentina, Rubalcaba defiende su mentón mientras habla, agachando la testa como Lady Di, pero con la expresión prevenida de un Provincial de los Jesuitas que escuchara, escéptico, a un prelado del Opus Dei.

Zapatero fragmenta los discursos; sus pausas dentro de la sintaxis despiezan la información que pretende estar dando y llenan el púlpito de alas implumes, de molleja y vísceras vertidas, de muslos con la piel erizada, de pechugas atadas por la piel; de piezas descoyuntadas, inconexas, que, con mucho trabajo y echando mano de la Gestalt que todos llevamos dentro, aún dejan ver un pollo.

Rubalcaba tiene, usa, maneja una sintaxis enérgica, una imagen contundente; su velocidad de articulación permite agolpar los conceptos en un carnaval barroco de yuxtaposiciones potentes; cántabro, químico, rápido, esdrújulo.

Mi Gobierno (soy español, de momento) se está fundiendo como lo harían los temas comerciales en manos de un experto diyei (dj, para los más jóvenes; disc jockey, para los puristas; pinchadiscos, para los nostálgicos): una canción se está acabando, y en sus compases finales se mezcla con la siguiente; y, por unos segundos, emerge un cataclismo de tonalidades, pulsos y timbres que nos hace desear que se acabe ya de instaurar el nuevo corte para continuar el baile sin necesidad de detener la propia voluntad que nos hace bailar.

Zapatero se calvifica, condensa su discurso; Rubalcaba se estira y añade a su mirada una indefensión de alumna teresiana. Zapatero empieza a bajar el mentón y a unir las manos al hablar; Rubalcaba comienza a volcarse de pierna a pierna, un vuelco cada período de frase.

Zapatero se rubalquiza; Rubalcaba se zapatea. Ambos han asistido, impertérritos, al derroche sobrehumano que esquilmó las arcas del Estado, a la negación de la crisis denunciada por todos, a la resurrección de una ETA agonizante.

Rubatero se zabalquiza; Zapalcaba se rubatiene. Los dos han permitido que las constructoras nos desfonden, que los bancos nos esquilmen; ambos, fundidos en un crisol de debilidad, han premiado a los banqueros y animado después a los del ladrillo; han conseguido que la imagen de España sea cada día un punto más pequeño en el horizonte del olvido.

Rubatero se zapaltea; Zapalcaba se rubaturba. Ambos han bebido chacolí con los estomagantes de Sortu, con los hiperpaletos de Bildu; ambos han alentado a los jueces del terror a abrir las compuertas de la escoria, y ahora se empiezan a aterrorizar de la que se nos vendrá encima a los demás.

Rubatero? Zapalcaba? No veo ahora los límites de uno y los contornos del otro. Dos enormidades de Poder; dos caras de un Jano de parálisis; Pajín, Pajín, sigues ahí? Miembros y miembras, hombres y hombras... Sí: está; están los mismos; siempre están ellos y ellas; siempre Pajín; siempre Pepiño; siempre Chaves con su espanto.

El quince eme somos nosotros: Zapalcaba y Rubatero; Rubatero y Zapalcaba. España aguanta lo que le echen! Pueden con todo, estos españoles! Zapateémoslos! Rubalcabemos con ellos! A las zapatiestas! A las rubaldrías! Uuuuuh! Nadie sospechará que somos la misma dentadura, el mismo fungi-fungi, el mismo rechinar de dientes! A las urnas! A las casas! Zapalcaba! Rubatero! Rubicante! Zapalmundio! Zapachinche! Rubillanto! Zapatín! Rubín! ...Chimpún!

jueves, 24 de febrero de 2011

Atentos.



No es que esté orgulloso de España y los españoles; de hecho, estoy pasando por una extrañísima -por lo inesperada- crisis identitaria nacional; un a modo de lejanía repentina respecto al sentimiento de lo español como valor inherente a mi organismo. Yo, que antes era un español convencido de su españolidad (confuso concepto en el que aglutinaba, de manera subconsciente, a Cervantes, Miguel Servet, Bécquer, Ortega y Gasset, Teresa de Ávila, Falla... Todos ésos, y muchos más, en un batiburrillo intemporal, sobreviviendo -mal que bien- negro sobre blanco); yo, que hasta hace un año era un bastión español en mí mismo, vago ahora por un espacio interior callado e inmenso; y tan vacío como sólo podría estarlo un concejal de Cultura andaluz.

Lo español me resulta ajeno, confuso, borroso, indefinido. Las gentes que ahora pueblan mi país se me presentan sin capacidad para el heroísmo, sin fuego interior alguno, inaccesibles a las quimeras. Ya no creo posibles las luminarias, ni los autos de fe de las propias convicciones, con sus altas hogueras -necesarias para poder resurgir renovados de la propia españolidad. No veo más que liendres, trapos y cabezas gachas. Por donde quiera que mire, el lugarcomunismo se adhiere a mis pantalones como una baba ghostbuster obstinada y cansina.

No estoy pasando, desde luego, mis más felices horas para con mi nación; pero, pese a ello, aún me quedan auroras boreales con las que soñar cuando observo, preocupado y casi con espanto, lo que está ocurriendo en los países de la órbita árabe/musulmana. Aún España ofrece al que la puebla la posibilidad de ganarse el apelativo de hombre, galardón que de ninguna manera pueden obtener los pueblos musulmanes si se obstinan en seguir ocultando el rostro de sus mujeres, impidiéndoles manifestar sus sensaciones, sepultándolas en vida.

Lamento autocitarme, pues no tengo ni entidad literaria ni recursos historiográficos mínimos con los que permitirme hacerlo, pero debo remitirme a un anterior artículo mío, publicado en este mismo blog, y que ustedes pueden consultar.
En este artículo, escrito en junio de 2009 (enfatizo: junio de 2009!!!) y titulado Una guerra civil pendiente, afirmo que los países árabes tienen que dirimir sus profundas diferencias, abolir sus feudales estamentos, quebrar sus terribles desigualdades, liberar a sus mujeres y asumir la Democracia como cura de humildad a través de la cual construir algo que merezca ser llamado Civilización; ganarse, por fin, el complejo y difícil apelativo humano.

El problema es que no tengo claro quién está detrás de toda esta explosión aparentemente revolucionaria. No sé si son los servicios secretos norteamericanos, al alimón con los israelíes, o los Hermanos Musulmanes encubiertos y vestidos de feisbuqueros. Ignoro si detrás de estas revoluciones sucesivas está verdaderamente el Pueblo árabe, cansado, hastiado y reventado de trabajar para cuatro mangantes (sí: mangantes; no magnates), hartos de mirar de lejos el horizonte de Occidente a través de internet, y, como Tántalo, verse morir de sed a pocos milímetros de alcanzar la jarra de leche y miel que día a día colgamos en la red para solaz de todos.

No sé si será casualidad que los primeros regímenes en empezar a caer, o al menos puestos en jaque (hasta el momento), sean aquéllos que no están gobernados por los fundamentalistas: Egipto, Argelia, Yemen, Libia, Bahrein... Puestos a sospechar, parece enteramente una magistral jugada urdida por los chicos de Bin Laden, que volvieran a utilizar las armas de futuro que Occidente les ha proporcionado (como ya hicieron con los aviones, otra conquista occidental), internet y la telefonía móvil, para derrocar de un plumazo certero aquellos países en donde la miseria personal de sus gobernantes ha impedido a éstos de la barba hirsuta, de momento, tomar el Poder y vestir a las pobres mujeres con el sudario vitalicio mientras queman banderas norteamericanas como quien asiste a la tomatina en Buñol.

Es todo muy extraño: escucho la radio a diario; me trago los telediarios y los reportajes especiales que se están haciendo; leo los artículos periodísticos de última hornada en internet y no alcanzo a comprender por qué no hay un análisis profundo de la situación. Tan sólo he escuchado un par de opiniones (por descontado, de dos extranjeros: un político israelí y una profesora universitaria alemana) que me han acercado cinco mil kilómetros, repentinamente, al foco del conflicto. Dos opiniones extremadamente preocupantes que hablan de la posibilidad del final de la Era del Petróleo, del bloqueo general de Occidente; en definitiva: del Caos.

Quizás no haya que alarmarse tanto, pero no deja de espantarme que tuviéramos que acojonarnos en masa con la gilipollez de la gripe A; o que anatematizáramos sin posibilidad de redención a las terneras en la crisis de las vacas locas, y con un asunto de este calibre (nada menos que la posible desintegración de la Cultura árabe tal como la conocemos) no estén las pantallas atestadas de analistas políticos, de sociólogos, de especialistas en el mercado petrolífero.

Qué hace la OPEP? Qué dicen los saudíes de todo esto? Qué se cuece en Irán? Qué previsión tiene el Gobierno israelí ante un eventual crescendo fundamentalista? Dónde están, que no se les ve, los de la barba hirsuta? Qué papel tienen los Estados islamistas en este histórico revuelo? Qué está negociando EE.UU. en estos días con los sucesores de Mubarak? Qué ha pactado el grasiento rey de Marruecos con los norteamericanos? Cómo afectaría una posible invasión de las fuerzas de la OTAN en Libia? Qué respuesta daría la Cumbre de Estados árabes? Estarían coordinadas las acciones de Rusia, Europa y EE.UU. ante un eventual bloqueo en el suministro del petróleo libio?

Y ya, en un nivel micropolítico: para qué cojones pago yo la cantidad bestial de impuestos que pago? Para que mis representantes en el Congreso ni siquiera mencionen el tema, ahora que se hace insoslayable hablar de todo esto? Dónde están los políticos de altura? Dónde los hombres de Estado? Deberíamos exigir información, pues en esta vorágine desencadenada -aún no se sabe muy bien por quiénes- nos va desde la gasolina hasta los envases de plástico, desde ducharnos con agua caliente a viajar en un autobús de línea. Y si me apuran, en esta extraña y desinformada revolución puede que a la postre nos vaya un recorte de libertades extremo como consecuencia de una posible intervención definitiva de internet.

Ojo con lanzar las campanas al vuelo: no sabemos quiénes están detrás de esta movida covulsa. Pese al descontento que sobrevuela mi espíritu en relación a España y los españoles, aún prefiero ser un andaluz anhelante por dignificar mi entorno que un árabe reprimido y temeroso de la imaginación y la dulzura de mi propia mujer. Atentos al más que probable recorte de libertades que pueda resultar de todo esto. Ya nos ocurrió con los aeropuertos.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Satisfecho.



Los cuatro cadáveres de Olot, asesinados a tiros por Pere Puig Puntí, un albañil de 57 años, son algo más que el terrible resultado de una crónica negra. Porque no son cadáveres cualesquiera, no, sino símbolos: nada menos que dos constructores y dos empleados de banco; un padre y su hijo, dueños de una constructora, y el subdirector de una oficina de la Caja de Ahorros del Mediterráneo ("Para facilitarte la vida"), amén de una empleada de la misma. Cuatro cadáveres que, desgarradoramente, encarnan la Construcción y la Banca.

La Construcción y la Banca, como alegorías belle époque rodeadas de tules lascivos, flotando en el Parnaso inalcanzable al que nuestras heridas manos no llegan, han sido ajusticiadas sanguinariamente, domésticamente, impíamente por un albañil de 57 años, cuyas iniciales, P.P.P., evocan el monótono latir de un monitor de la UCI.

Los verdaderos artífices de la Gran Crisis del XXI, que no han sido otros que las constructoras y los bancos, mamporreramente aliviados por el Estado y la Bolsa (y cuyos astronómicos beneficios siguen estando íntimamente ligados a esta bárbara manera de respirar el Mundo a la que el Gran Capital ha venido a parar), han sido linchados simbólicamente en los cuerpos exangües de estas cuatro personas. Y cuando digo simbólicamente no eludo que hay cuatro cadáveres verdaderos, cuatro seres humanos que han perdido la oportunidad de congraciarse consigo mismos antes de morir, cuatro ataúdes rellenos de vida recentísima, cuatro personas reales, cuatro muertos de pueblo.

Lo simbólico es que pertenezcan, por pares, al Gran Par Motor formado por lo que vulgarmente se conoce como el ladrillo y las finanzas, las dos estructuras íntima y visceralmente entrelazadas sin las cuales jamás habríamos llegado a donde por desgracia estamos empezando a llegar: a una profunda depresión; una depresión social, más aún que económica.

Los españoles, cuyo gentilicio es ya tan difuso (qué es, ya, ser español?) sentimos -según una recentísima encuesta a nivel nacional- que somos impotentes, desmañados, incapaces de frenar este runrún salvaje que diariamente nos escupe a nuestras mestizas caras -desde la tribuna incontestable del Telediario- que no llegamos; que nos embargan; que, junto a los laxos griegos, a los indolentes irlandeses y a los portugueses suaves, nos tienen que rescatar (rescatar de qué? De dónde?); sentimos que de nada han servido tantos años de trabajo; que los sacrificios y las apreturas por lo de Maastricht fueron en balde.

Quién se ha quedado tánto dinero? En qué cueva irreal guardan esos alibabás las ilusiones, en forma de hipotecas y créditos, de tántos españoles carrefourianos? Dónde está la energía en que, sin más remedio, se ha transformado todo el trabajo de los profesores, de los médicos, de los taxistas, de las cajeras del supermercado de abajo? Quiénes han malogrado tántos años de poner en práctica siete u ocho de los Diez Mandamientos? Sin ningún género de duda, ellos: las constructoras y los bancos.

Las constructoras, sobornando concejales; los ayuntamientos, conchabados con los bancos, aceptando el órdago; los altos directivos de la Banca, promoviendo riesgos sin miedo a que estallase la vejiga del pez. Congresos de financieras, amamantando putas de lujo, reventando las alacenas de los chefs de la nouvelle cuisine, descorchando Möet-Chandon sobre alfombras tejidas con la patética ilusión de nuestros limitadísimos sueldos.

Han sido muchos años de derroche; mucho, el dinero que ha pasado de nuestras manos a las suyas. Y dónde está ahora? Cómo que han quebrado las constructoras? Cómo que la Banca se declara insolvente? Qué habéis hecho con el pan de mis hijos? Dónde dilapidásteis el fruto de mi renuncia a comprarme un abrigo largo?

Un albañil (nada menos) de 57 años lleva cinco meses sin cobrar; su jefe - que lo es desde hace 20 años-, pese a no haberse declarado en quiebra, no le paga. En la Caja de Ahorros del Mediterráneo ("Para facilitarte la vida") le notifican que, como no está pagando su hipoteca, le van a embargar el piso en donde vive con su padre octogenario. Aficionado a la caza, hombre soltero y reservado, Pere Puig Puntí abre al amanecer el armario donde guarda las cananas; saca la escopeta, la revisa, la limpia y la guarda en el maletero del coche. Entra en el bar donde desayunan su jefe y el hijo de éste; les descerraja un tiro a cada uno; con su ojo cazador, los da por muertos (porque lo están); se sube al coche y se va al banco; apunta al subdirector que le quiere quitar el piso, lo ve suplicar por un instante, afianza la culata en el hombro y lo fulmina; luego, a la de la ventanilla, Dios sabe por qué.

"Estoy satisfecho", ha dicho. Y por todos los infiernos que lo está.

lunes, 26 de julio de 2010

Malnacidos


Han terminado las oposiciones a profesor de Conservatorio. Me he quedado, literalmente, a una centésima de aprobarlas (un 4.99 me han puesto), entre otras razones porque presenté la Programación con un interlineado de 1.5 en vez del que se especificaba en la convocatoria (interlineado sencillo: 1.0) y me la han invalidado. No me quejo: asumo mi responsabilidad.

Pero no voy a hablar de mis oposiciones, sino de las chicas y de los chicos de la Administración; de aquéllos cuyo trabajo consiste, entre otras funciones, en colgar en la página de la Junta de Andalucía las notas, los puntos de la baremación, los destinos provisionales y cualquier otra información que para ellos (y para la mayoría de ustedes) es trivial y para alguno de nosotros es crucial.

El viernes pasado, 23 de Julio de 2010, debían haberse publicado los puntos de la baremación definitiva de los opositores a Enseñanzas de Música. Los que reclamamos hace una semana por los muchísimos errores de baremación cometidos, tuvimos sólo un par de días para hacerlo, un estrechísimo margen que la propia Administración nos impone a fin de agilizar la publicación definitiva de estos baremos.

Saben ustedes? Yo nunca había estudiado más o menos en serio para unas oposiciones. Y en esta ocasión lo he hecho y he conocido de cerca el desgaste personal, emocional, económico y hasta familiar que supone prepararse para una contienda así. Y cuando digo contienda no me refiero a competir contra mis colegas músicos o profesores de música, sino contra la Administración y sus exigencias y estilo decimonónicos: fotocopias compulsadas; escopiafieldeloriginal hasta en las encías; encuadernaciones con una sangría específica sin la cual se despierta el Leviatán; interlineados exigidos por un Júpiter tonante que lanza rayos y te da en el baremo; instancias reclamatorias dirigidas al baremador, en las que, en un lenguaje de Pérez Galdós, hay que besarle los pies al inepto que ha considerado que tu Título de Profesor no está relacionado con tus estudios y por ello no te lo ha baremado. Y así podría seguir varios párrafos más.

Mi pareja ha hecho estas mismas oposiciones, pero en otra especialidad instrumental. Pese a toda suerte de complicaciones, ha obtenido unas calificaciones tan altas que, en principio, ha conseguido una plaza de profesora. Pero hasta que no se publique el baremo definitivo (el que tenía que haber salido a la luz de internet el viernes pasado) no puede celebrarlo. Ni celebrarlo ni lamentarse (en caso de que algo extraño hubiera ocurrido, siendo extraño un calificativo que ya no tiene cabida en las oposiciones andaluzas desde hace decenios).

Ni risas ni lágrimas. Ni alegría ni dolor. Ni celebración ni duelo: así estamos desde hace tres días y tres noches. Y todo ello después de haber pasado un par de meses de los nervios y concretamente las cuatro últimas semanas viajando sin haber dormido, malcomiendo, con diarreas prolongadas y siempre al límite de lo imposible. Después de esta vorágine de ansiedad, nos apuntillan con un retraso de tres días -inscrito en un fin de semana de 44º de temperatura- en el que no acertamos a saber si estamos vivos o estamos muertos.

Nos han convertido, con este impás infame, en unos no-sferatu con los pelos descompuestos. A ella, por haberla sumergido en esta instantánea del péndulo detenido en un extremo; a mí, por empatía y porque no quiero verla así. Y del mismo modo están todos aquellos que han aprobado con buena nota y esperan sólo la confirmación de la Administración para celebrarlo, para saltar por el salón de sus casas como un Iker Casillas triunfante.

Pero no podemos hacerlo. No nos dejan. No nos lo han permitido aquéllos que deberían haber hecho su trabajo antes del viernes pasado. Porque en vez de meter todos los resultados en la página en su momento, se han dedicado a aquello que hacen siempre: a irse a desayunar media con jamón al bar de enfrente de la Delegación; y luego, a eso de la una, a tomarse una cervecita con gambas de Huelva; y más tarde, al cortinglés de Nervión, que se van a llevar el pareo que vi el otro día. Y así, todos los días; todos los medios días de nueve a dos, desplazándose por entre los marmóreos pasillos pulidos con un folio en la mano, languideciendo, corvadas las espaldas ellos, Tamara de Lempicka ellas, mataharis administrativas que eluden sus obligaciones funcionariales, que prolongan la publicación de los baremos, de las notas, de los destinos provisionales, de la amnistía general o la pena de muerte sin recurso posible de los reos/opositores.

Tres días añadidos de silencio, de duda, de espanto mudo. Tres días de dolor o de alegría reprimida por culpa de estos miserables haraganes. Tres días añadidos de ansiedad y de temor. Malditos sean ellos, ellas y sus descendientes hasta la cuarta generación! Maldita sea la leche en sus cafés! Maldito su jamón a media mañana! Hez de la tierra! Asnos inauditos!

Malnacidos!

martes, 20 de julio de 2010

Hiyab, Nicab, Burka, Chador.


Realmente, no deberíamos estar hablando acerca de si respetar o no una religión; de si permitir una costumbre o un rito; la brutal situación que nadie parece alcanzar a ver es que estamos siendo testigos mudos, cómplices silenciosos acaso, de un genocidio mundial sobre el Género Femenino.
Vamos por delante, en Occidente, en los asuntos que competen a la constitución de una sociedad más justa; los Derechos Humanos y la lucha por su aplicación son una conquista de Occidente. Esta aspiración sienta las bases -con todas sus injusticias- de nuestra estructura social, económica y política. Occidente respira por haber sabido gestionar las estructuras que propician su propia Libertad; y, si bien es cierto que no respira bien del todo, sí lo es que sus instituciones, sus ciudadanos, sus estructuras administrativas y sus celebraciones están construidas en torno a la libertad del individuo y a la igualdad entre los géneros. Al menos, por tales conceptos luchamos todos.

Esta complejísima red estructural-emocional es la que permite dar cabida en su seno a ciudadanos de otras culturas y otras costumbres, incluidos aquéllos cuya procedencia y costumbres parecen desmentir las bases político-sociales de los países occidentales que los acogen con toda suerte de garantías; garantías de las que carecen en aquellos estados de los que proceden y de los que, evidentemente, huyen para sobrevivir.

No se trata de discutir sobre la bondad o no de la ablación; ni de si la lapidación de una viuda que ha mantenido una pudorosa relación años después de perder a su marido tiene aún sentido en determinadas zonas geográficas. No hay zona geográfica en el Planeta lo suficientemente al margen de la Inteligencia que pueda dar por buena la tortura, la castración, la muerte a pedradas o la ocultación sistemática de la propia personalidad bajo unos harapos denigrantes por el hecho de haber nacido mujer.

Aquéllos que ocultan a sus mujeres, que les tapan la cara, que les ocultan el pelo, los brazos y hasta los ojos deben ser perseguidos por el Derecho Internacional, juzgados por malos tratos y genocidio; y, acto seguido, ser encerrados en centros especiales de reeducación en donde, tras los años que sean necesarios, alcancen a comprender la barbaridad que han cometido contra su propia estirpe en particular y contra la Especie Humana en general.

En los países en donde el Islam usurpa el sitio que debería ocupar la Política (no digo ya la Democracia) se está desarrollando a diario un genocidio vergonzante en el que los malos tratos sistemáticos están ya bajo la piel de las propias mujeres que los padecen, las cuales, al igual que todas las desgraciadas víctimas de malos tratos, defienden aterrorizadas a sus verdugos, padeciendo ya un síndrome de Estocolmo de tal calibre que resulta evidente la necesidad de cuidados psicológicos y rehabilitación emocional.

Ni el petróleo, ni el terrorismo de Al-Qaeda, ni la situación estratégica en Oriente Medio, ni la implantación de la Democracia son razones suficientes para emprender una guerra contra estas naciones, pues sería una Guerra Mundial de consecuencias imprevisibles, y moriríamos por defender cuestiones que, en el fondo, ocultan intereses vicarios. Pero la liberación de los ochocientos millones de mujeres que están bajo el pie de hierro del Islam sí sería un motivo verdaderamente digno como para lanzar una ofensiva liberadora. No digo que hubiera que hacerlo, pero sí afirmo que ése sí me parece un motivo lo suficientemente contundente como para declarar una guerra. Aunque -ya lo sabemos- las guerras son infinitamente peores que los motivos que las encienden: habremos de esperar a que estos torturadores empiecen a ver la luz.

Mientras tanto, millones de mujeres sufren. Y no sólo por las prendas, que son símbolos; sino por aquello que simbolizan. Porque no sólo el burka es una tortura terrorífica que hunde a la mujer en los abismos de la tristeza y el dolor; también lo son el chador, el nicab y hasta el hiyab; porque el problema, el insulto, el espanto no radica en ponerse un pañuelo en la cabeza o en llevar un velo que oculte el rostro, sino en el motivo inexorable por el que estas pobres mujeres están obligadas a ponérselo: por obediencia estricta. Pero -y peor aún- no por obediencia a su marido, que ya sería incompatible con la propia dignidad de la mujer, sino por obediencia a un rito religioso cuya máxima preocupación parece ser la de evitar por todos los medios que la mujer se exprese, que la mujer ejecute, que la mujer se adueñe de su propia vida.

Lo siento: no puedo llamar hombres a aquéllos que temen tanto a sus propias mujeres que han decidido organizarse para hacerlas callar, para enterrarlas en vida, para sacrificarlas, para lapidarlas, para, en definitiva, destruirlas como seres humanos desde el momento en que nacen. No puedo, no quiero llamarles hombres porque no lo son; desde el momento en que renuncian al desarrollo y la contemplación embriagada de la Mujer, pierden la categoría de hombres para abrazar la de homínidos: homínidos ridículos y vergonzantes; chusma carente de integridad emocional; bastardos aterrorizados, cobardes, temerosos de enfrentarse a su propia contingencia.

Qué forma de vida es ésta? Qué terror indefinido guardan estos maltratadores en su corazón? Es que vamos a permitirles que sigan oprimiendo a sus mujeres (a la Mujer, en general) ante nuestras occidentales narices? Acaso hay que filosofar mucho más para percatarse de que no se trata de dilucidar si es un rito o una costumbre? Pero qué costumbre ni qué narices? Esto es España! Esto es Europa! Los españoles hemos navegado por entre cuarenta años de indignidad, impidiendo que nuestras madres, nuestras novias, nuestras mujeres y nuestras hijas pudieran siquiera abrir un negocio sin la supervisión de sus maridos, como si las mujeres fueran disminuidas psíquicas! Hemos renunciado a la peor parte que teníamos y la hemos ahogado en el recuerdo para poder al fin llamarnos hombres y mujeres libres!

Cómo podemos entonces permitir que estas pobres mujeres, emigradas de países profundamente antidemocráticos, que vienen huyendo de ese dolor y esa vergüenza para dar una oportunidad a sus hijas, tengan que seguir sufriendo en nuestro entorno occidental la opresión, la tortura y la vergüenza de ser llamadas inútiles públicamente por sus maridos? Porque ese velo impuesto, ese chador obligatorio no es otra cosa que un tremendo insulto público: un insulto hacia la Mujer; un insulto hacia el Género Humano, del que la Mujer es, en mi opinión, la parte fundamental y la esencia última.

domingo, 30 de mayo de 2010

Una sucia barretina.


Yo veo el Festival de Eurovisión. Lo veo, si puedo. Me desagrada el sistema de votación (que tarde o temprano acabará abandonando la organización, por la injusticia manifiesta en el reparto de votos obligados que son, desde hace años, aburridísima moneda de cambio de la política territorial), pero el desarrollo del Festival me interesa en muchos sentidos; y no sólo en el sentido musical, que a menudo raya en el feísmo más kitsch, sino -y sobre todo- en el aspecto social: me asombra contemplar qué imagen quieren dar de sí mismos los países más alejados del primer plano de la política internacional; observo los progresos estéticos que se esfuerzan por hacer aquellos pequeños o grandes territorios que aún arrastran conflictos bélicos y extremas desigualdades sociales dentro de sí; me enternece ver cómo suben al escenario personajes inexplicables para la Europa oficial: campesinos tocando flautas autóctonas; danzarines con trajes regionales portando búcaros; tañedores de fídulas y demás instrumentos étnicos amplificados; personajes ataviados y listos para trashumar; señoras sobrealimentadas y en plena menopausia, haciendo gorgoritos más propios de una boda en Kazajistán que de una muestra pop... Esto es lo que me fascina del Festival de Eurovisión!

Casi nunca me gusta la canción que representa a España. En mi opinión, desde la maravillosa "Eres tú", de Juan Carlos Calderón -interpretada por Mocedades-, no ha habido nada igual en la escena de este concurso. Hemos llegado a presentar bodrios de una altura importante; adefesios que hacían pensar, y con razón, que los españoles nos estábamos cachondeando del Festival; incluso este mismo año hemos estado a punto de permitir que nos representara un personaje del lumpen de la prostitución emocional (vulgo: programas del corazón) como es Karmele Marchante: por fortuna, los legionarios de internet, en una movilización sin precedentes, no lo hemos permitido.

La canción "Algo pequeñito", que nos representaba este año, no es fea; a mí, desde la primera audición hace semanas, me recordaba esas baladas del pop inglés de los Sesenta, algo melancólicas pero inquietantes; y ese tres por cuatro en modo menor tras el cual se perciben algunas disonancias cercanas a lo siniestro me evocaba la banda sonora de la magistral película "La Huella", de Mankiewicz; de hecho, al ver a Daniel Diges en el escenario rodeado de soldaditos de plomo que cobran vida, arlequines maquillados a lo Blade Runner y bailarinas movidas con resorte, corroboré la primera impresión que dicha canción causó en mi machacado espíritu.

Desde que la oí, en ningún momento consideré la posibilidad remota de que España pudiera ganar el Festival de Eurovisión con esta canción. No sólo por nuestra situación geográfica, que nos priva de estar rodeado de países pequeños que nos voten por cuestiones socio-políticas; sino porque siempre he creído que una canción, para triunfar en Eurovisión, debe ser extrapolable a las discotecas de toda Europa; debe tener un ritmo contundente, una melodía alegre y pegadiza, un aire desenfadado. No, desde luego, un tres por cuatro en modo menor. Daniel Diges me cayó bien desde el primer momento; lo consideré un libertador que nos había quitado de encima a la Marchante y que podía subir con dignidad a las tablas europeas; pero nada más.

Sin embargo, lo que no podía imaginar era lo que ocurrió: de repente, y cuando aún no había transcurrido ni un minuto, apareció en el escenario un catalufo, un disminuido social; se metió entre Daniel y la bailarina que estaba en primer plano y se puso a canturrear como si fuera parte del espectáculo! Por fortuna, en menos de diez segundos aparecieron los de seguridad del Festival, y el cobarde catalufo salió por piernas de allí. Una vez abajo, flanqueada por dos seguratas que se lo llevaban, la silueta de su barretina se recortaba sobre la luz del escenario.

Pensé que era un independentista catalán que aprovechaba la retransmisión en directo a ciento veinte millones de espectadores para reivindicar su catalanidad impenitente. Luego, los medios de comunicación desmintieron este extremo y aclararon que era un gilipollas profesional, un imbécil especializado en reventar actos públicos: por lo visto siempre se ha paseado con la barretina en la cabeza a la hora de usurpar la atención prestada a otros con mucho más talento; le ha lanzado la bandera del Fútbol Club Barcelona -su equipo- a la cara a más de un jugador de talla internacional; le ha querido colocar en la cabeza la puta barretina nada menos que a Federer; se ha paseado en bolas, con la barretina de los cojones sobre sus cuernos, en eventos deportivos importantes... Enfín (todo junto y acentuado, sí): que, sin haber aprendido a ganarse el respeto de los demás, probablemente por haber tenido una infancia difícil, este catalán disminuido social ha decidido convertirse en el paradigma de lo parasitario cometiendo estos desmanes.

Sinceramente, yo no creo que este tipo esté al margen de la protesta independentista catalana. Es más: estoy convencido de que tiene su público en Cataluña; y mucho. Me imagino a los de Esquerra Republicana, en sus barretinizados pisos, celebrando la ocurrencia de su caganer de cabecera. Hoy,con toda seguridad, es el héroe de la mitad de los catalanes; y la vergüenza de la otra mitad, claro, pues allí hay un montón de gente -más de la mitad de la población- que se avergüenza de estas demostraciones de catetismo.

Me juego el cuello a que este tío no va a parar de hacer galas con la barretina a partir de hoy; le auguro un brillante futuro apareciendo en actos públicos del catalanismo. Estoy convencido de que Carod-Rovira y otros enfermos sociales lo van a adoptar como mascota para premiar lo mucho que nos jodió anoche al resto de los españoles que nos faltara el respeto un imbécil con barretina.

Los gestos no es que sean importantes: es que lo son todo. Lo único que nos distingue verdaderamente del resto de los animales es la capacidad de versificar, la de hacer música y la de simbolizar; los gestos son acciones simbólicas, y en ellos se concentra un precipitado de información, emociones y mensajes; el hecho de que el tarado éste (cuyo nombre me niego a difundir en mi blog) llevara una barretina, dice mucho de él. Y que los catalanes no hayan machacado ya, a estas horas, en los telediarios y en las noticias radiofónicas a este carajote; que los nacionalistas de Convergencia y Unión no lo repudien ipso facto, en menos de 12 horas (anoche mismo deberían haber salido a avergonzarlo públicamente), es un síntoma de que están conformes con el insulto.

Pues bien: yo soy español; la canción de Daniel Diges (que ha demostrado ser un profesional como un castillo manteniendo el tipo hasta el final, con la enorme tensión que debe ser para un cantante actuar en directo ante 120 millones de telespectadores) no era para ganar, pero me representaba a mí y a mi Nación; y no estoy dispuesto a permitir que un cateto nazi-onanista me falte al respeto a mí y a mi país, en público y ante 38 países más que participaban en Eurovisión.

O este tío va a la cárcel una temporada, y además salen Durán y Lérida y Arturo Mas, o Montilla y sus secuaces, inmediatamente, a desmarcarse oficialmente de este insulto a los españoles, o consideraré ese gorro fenicio una prenda infame, digna de ser llevada exclusivamente sobre cabezas como la del hijo de puta que anoche nos escupió a todos a la cara.

Espero una satisfacción por parte de los catalanes; si no, esa barretina se convertirá en mi imaginario, para los restos (y creo que en el de muchos españoles), en lo que fue anoche para vergüenza de todos: una barretina sucia y despreciable.

Eduardo Maestre.